mundo | 02 de Abril de 2018

La economía está muy mal, pero todo lo demás muy bien, afirma. Foto cortesía de Elena Poniatowska / La Jornada

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Elena Poniatowska / La Jornada

Si Marcel Proust resucitara se encantaría con el escritor mexicano, doctor en literatura comparada de la Universidad de Columbia, Rubén Gallo. Seguro lo invitaría al castillo de Guermantes o a “déjeuner” con el barón de Charlus, que en realidad es un retrato fiel de su amigo Reynaldo Hahn, quien vivió toda su vida en París.

A Rubén Gallo, profesor y director de estudios latinoamericanos de Princeton, gran amigo de Vargas Llosa, cuyos archivos ya están resguardados en la biblioteca de la Universidad de Princeton (como también lo están los de Octavio Paz y Carlos Fuentes), se le ocurrió escribir un libro sobre los cinco latinoamericanos que incidieron (¡y a qué grado!) en la vida de Proust: el venezolano Reynaldo Hahn, quien fue su pareja; el argentino Gabriel de Iturria, quien fue pareja de Robert de Montestiquiou; el barón de Charlus, de A la búsqueda del tiempo perdido; José María de Heredia, poeta nacido en Santiago de Cuba, y finalmente Ramon Fernandez, quien escribió su nombre sin acentos y fue un mexicano estudioso de Bergson y publicó estudios filosóficos sobre Moliere, Gide y Proust pero colaboró con los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

Otro mexicano es uno de los personajes de A la búsqueda del tiempo perdido, de Proust, el pintor Antonio de la Gándara. Por lo tanto, Rubén Gallo confirma que hay un Proust tropical, quien además hizo inversiones en México en nuestra bolsa de valores. Incluso sabemos, gracias a Rubén, que Marcel Proust invirtió algo de su fortuna (que nunca fue mucha) en la compra de acciones mexicanas en 1910 (no era precisamente el momento) que adquirió justo antes de que estallara la Revolución. Naturalmente perdió su dinero.

El estudioso Rubén Gallo encontró en la correspondencia de Proust una frase: Ahora México tiene un presidente nuevo: Madero, parece que va a cambiar el país y otra en otra de sus cartas: “Ahora Madero ha sido asesinado, llegó Huerta…” Así que Proust siguió los altibajos de la Revolución Mexicana pero no porque le interesara la suerte de zapatistas o villistas, sino porque su efecto en sus inversiones eran un desastre. Conocí a Rubén Gallo hace muchos años porque su primer y precioso libro, México DF: Lecturas para paseantes, lo hizo venir a casa a instancias de Monsiváis para buscar un texto que formara parte de su manuscrito. Luego regresó alguna vez con su amigo de muchos años Terence, arquitecto y gran admirador de Luis Barragán. Ahora me visita con otro libro sobre la Cuba actual que tiene en la portada la famosa foto del Che Guevara con su gorra vasca y el incendio de su mirada pero los labios pintados de rojo. Su título es casi científico: Teoría y práctica de La Habana, porque en estos últimos años Rubén Gallo ha estado viviendo en Cuba, entre las palmeras, la playa y el malecón lleno de ciclistas. Su devoción por los helados de Copelia es tan grande que el ensayista y maestro de Princeton visita con frecuencia al caimancito que flota a medio Caribe y Julio Cortázar bautizó y asoleó con su cariño.

–Pasé seis meses en Cuba el año pasado y ahora en 2018 pasé también tres meses.

–Pero ¿cómo puedes dejar tu cátedra en Princeton tanto tiempo?

–Es que es parte de mi trabajo. La vez que estuve seis meses fue para hacer un curso en La Habana con estudiantes de Princeton, después hice un seminario de verano con otros estudiantes de la misma universidad. Casi todo lo que escribo últimamente está relacionado con Cuba. En Princeton propuse hace cuatro años proyectos que podían hacerse en La Habana y en otras ciudades de Cuba y desde que los aceptó he estado viajando con enorme entusiasmo y llevando a estudiantes estadunidenses que se sienten tan atraídos por la isla como yo. Una de las cosas que me encantó de La Habana es que me recordó al México de mi infancia. Cuba se parece ahora al México de la década de los años 70, que tenía muchos problemas, sobre todo económicos, pero contaba con una sociedad muy sana, cálida, de mucha solidaridad, mucho afecto. Todo mundo se saludaba en la calle. Incluso cuando ibas a comprar un periódico, las tortillas, el pan, te despedían diciéndote: Que le vaya bien, una familiaridad muy padre que creo se ha perdido.

La economía está muy mal, pero todo lo demás muy bien
“En Cuba todos hablan contigo, te entretienen con sus grandes ocurrencias, se dirigen a ti en el café, en el malecón, en la calle, una cosa muy refrescante. Son pícaros, se meten contigo, otra de las cosas que hemos perdido con las redes sociales. Yo creo que todo el mundo puede aprender mucho de Cuba. Cuba te brinda apoyo, amistad, risa. Es un país que tiene muchas carencias económicas pero, fíjate, un taxista me dijo algo muy bonito: ‘Bueno, aquí lo que está mal es la economía y todo lo demás funciona muy bien’. En cambio, en Ciudad de México nadie te ve, mucho menos te sonríe: todos hablan con su celular, no existes, nadie te mira.

“Ya sé que un país se mide por su bienestar económico. Si tú ves al México de los últimos veinte años, ha dado un salto impresionante: somos la economía número 11 del mundo, pero los derechos humanos están por los suelos. Cuando ves el número de muertos, de asesinatos, feminicidios, cárteles de droga, desaparecidos, los 43 de Ayotzinapa, se te hiela la sangre. Nuestro país es un horror. Si ves las estadísticas, México nunca ha estado mejor en producción económica, producto interno bruto y demás indicadores de prosperidad. Se ven centros comerciales llenos de gente, tiendas enormes, restaurantes de cualquier parte del mundo, cafés, todos los aparatos electrodomésticos posibles e imposibles, pero al mismo tiempo nadie te habla, la gente está totalmente deshumanizada. ¿Cuáles son los valores de los mexicanos? Antes, cuando teníamos carencias, se pensaba más en los demás, había una comunidad. Cada vez que regreso constato que la solidaridad se ha perdido, sobre todo en las nuevas generaciones, que viven con la oreja pegada a su celular.

“Yo había ido varias veces a La Habana en 2002, en 2004, en 2006. En 2014, me tocó la declaración de Raúl Castro y Obama del restablecimiento de relaciones Cuba-Estados Unidos y sentí que estaba viviendo un momento histórico. Vi a la gente en la calle abrazándose, todo mundo muy ilusionado pensando que venía un cambio. Los cubanos han sufrido muchísimo, han estado en el centro de todos los traumas del siglo XX y de la guerra fría. Me emocionó caminar a su lado en el malecón porque vi a un pueblo castigado por la historia que de repente recobra una gran esperanza. Ese abrazo de Obama y Raúl Castro hizo que durante varios meses hubiera una energía enorme en La Habana. ‘Yo quiero vivir esto –dije–, quiero ser parte de este cambio’.

“Viví en El Vedado, que es como la colonia Roma de La Habana, y aunque hubo muchas fallas de alimentación, vi cómo la gente salía adelante. El salario promedio es de 30 dólares al mes para alguien que trabaja para el Estado, pero los cubanos tienen mucho ingenio y, como ellos dicen, resuelven. Todos pueden tener su trabajo de contador, de enfermero, pero hacen algo más; alquilan un cuarto en su casa o si tienen un coche lo usan como taxi; las señoras hornean galletas y las venden. Los cubanos tienen mucha creatividad para sobrevivir. Los que sí la pasan mal son los jubilados, que viven con 10 o 15 dólares al mes. A partir de los 60 años se jubilan y la vida se les hace cuesta arriba, excepto a los que tienen parientes en Estados Unidos. En eso, Cuba y México se parecen. Son los dos países que tienen frontera con Estados Unidos; México tiene frontera terrestre y Cuba, frontera marítima. Somos dos países que hemos vivido esa relación terrible que significa tener a Estados Unidos de vecino. Puede ser lo mejor o lo peor del mundo.

“Las remesas son uno de los grandes ingresos del país, como lo son en México. Muchos cubanos que han decidido quedarse en su isla tienen parientes en Estados Unidos que los ayudan, como sucede en México. En Cuba, 70 por ciento de las personas trabaja para el Estado y recibe sueldos estatales, pero desde 2011 también hay trabajo por cuenta propia. Raúl Castro autorizó 100 oficios, que se ejercen legalmente, con licencia y todo. Antes, alguien que rentaba un cuarto en su casa era tolerado pero considerado ilegal, ahora saca una licencia y puede hacerlo. El mercado negro ha desaparecido. Los cubanos que trabajan por su cuenta se llaman cuentapropistas y pueden ser choferes, guías de turistas, cocineros y hasta forrador de botones o dandys y figurantes con su licencia de dandy. En La Habana vieja –muy arreglada por Eusebio Leal– hay hombres vestidos con un traje del siglo XIX fumando puros que se toman una foto contigo y les das un dólar. Por la calle oyes gritos de ¡Se reparan colchones! Precisamente por las carencias económicas –porque no hay importaciones y pocas tiendas– la gente no desperdicia. Cuba es uno de los ejemplos de país sostenible porque todo lo recicla y a todo le da el mayor uso posible.

Tráfico de retretes
“Al lado de esas carencias, si vas en carretera, a la orilla te venden fruta, plátanos, guayabas, esas frutas maravillosas llamadas caimitos, marañones y otras. Como no hay bolsas de plástico te las ofrecen en unas canastas hechas a mano, de hoja de palma, una obra de arte. La creatividad lleva a los cubanos a eliminar nuestra horrible realidad del plástico. Usan un verbo que me gusta mucho: ‘resolver’: ‘Resolví una lata de pintura’. Por ejemplo, cuando el gobierno construye hoteles en Varadero, los albañiles desaparecen parte de los materiales y los venden en el mercado negro. Hay gente que me dice: ‘¡Qué horror! Eso es un crimen’ y yo respondo: ‘Sí, pero en México el mercado negro es de drogas, cocaína, heroína y crea muertos, desaparecidos y decapitados’. Yo preferiría que en mi país hubiera un mercado negro de retretes extraídos de la construcción de un hotel y no de drogas vendidas por gente sin escrúpulos.

“Cuba tiene una política de cero tolerancia con las drogas. Al que le encuentran mariguana lo meten tres años a la cárcel. Eso crea una sociedad muy sana, porque la gente convive con una botella de ron y todo lo demás es conversación, baile, música, pero no drogas, que en México han matado la cordialidad y las maneras de antes. En Cuba, nadie te saca una pistola. Todo mundo va ligando y echándose piropos, pero hay una seguridad absoluta. Mariela Castro, la hija de Raúl Castro que dirige el Cenesex (Centro Nacional de Estudios de la Sexualidad), defendió los derechos de las minorías sexuales y apoya a los travestis, a los trans. Encabezó la primera marcha gay en La Habana. Tengo una amiga travesti, Francis, que responde a mi ‘¿Dónde estás?’ con un: ‘En Copelia comiendo helado’, ‘¿Con quién?’ ‘Con todos’. En una película Últimos días en La Habana, de Fernando Pérez, salen a la luz todos los temas antes prohibidos porque en Cuba ya no hay censura.”

Seguro Marcel Proust habría sido feliz en Cuba, no sólo porque pierde su asma (o su alma), sino porque ya no habría tenido que disfrazar su homosexualismo. O quién sabe. El catedrático Rubén Gallo siempre buscará coincidencias maravillosas entre Europa y América Latina y descubrirá antes que nadie que el primer lector de Freud en México fue Salvador Novo y el segundo, el juez Raúl Carrancá y Trujillo, especialista en derecho penal, quien llevó el caso de Ramón Mercader, asesino de Trotski.

Al despedirse, Rubén Gallo anuncia su próximo proyecto de verano: Cuatro poetas mexicanos en La Habana: Luis Felipe Fabre, Pablo Soler Frost, Juan Carlos Bautista y Daniel Saldaña.

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