30 de Junio de 2017

Viajar en bicicleta
Joel Flores

Existen dos preocupaciones bastante visibles en los nuevos escritores nacidos durante la década del ochenta en Latinoamérica. Una es la escritura de libros de relato con estructura seriada, de novela falsa donde cada uno de los cuentos pueden leerse como capítulos, y la otra es el uso de la autoficción y el rescate de temas intimistas, que exploran las raíces filiales o la identidad nacional o familiar que pueda ayudarlos a entender el sentido de pertenencia dentro de un país o de una comunidad. Ambos rasgos se muestran en Los jóvenes no pueden volver a casa, el primer libro de cuentos de Mario Martz (Nicaragua, 1988), un escritor que se inició en la poesía hace más de cinco años con el poemario Viaje al reino de los tristes.

Los jóvenes… está integrado por nueve historias cortas, la mayoría narradas por una voz en primera persona del singular, que deja un aftertaste de haber leído en cada cuento la misma historia, es decir, la del joven nacido en una familia disfuncional, donde el padre ausente huyó para encontrar vida en Estados Unidos, o donde los padres son sobrevivientes del periodo más cruento de la historia nicaragüense, que fue la de las dictaduras impuestas por la derecha, para crear hijos desencantados, sin casa, ni patria que los cobije.

El recurso del monólogo interior o del narrador en primera persona del singular hace más fácil identificar los anillos que unen al menos tres o cuatro relatos gracias a la aparición constante de un protagonista (también un joven que no puede volver a casa), que está buscando saber cómo es su padre, pero no con la intención de arreglar las cuentas pendientes y retomar la relación que jamás tuvieron; sino la de saber en qué tipo de persona se convirtió el hombre que dio de sí para crearlo, y cómo es su vida luego de haberse unido a otra mujer y haber tenido nuevos hijos.

Esta historia funge como centro del libro y la acompañan otras más que parecen ser el leitmotiv de los abandonados, ya sea el duelo de una pareja de padres orientales que llegan a Managua buscando el paradero de la extraña desaparición de su hija, la pareja de hermanos que vaga de hogar en hogar porque el propio se ha desvanecido a causa de los fracasos políticos y sociales del sistema político que controla el rumbo de Nicaragua, o la pareja de esposos que terminan separados porque no existe ningún anillo emocional que los ayude a seguir juntos, ni siquiera el haber tenido una hija, o la pareja de hermanos que no saben que lo son, pero se aman con toda la amistad y tratan de sobrellevar la orfandad.

Libro de jóvenes sin casa, de migrantes que salen del país y no quieren regresar o de padres que se desentienden del futuro de sus vástagos, el debut de Mario como narrador es persuasivo. Hay en su literatura el entendimiento de dos tradiciones literarias, la de la forma narrativa del cuento acuñado por el realismo sucio norteamericano y el rescate del lenguaje centroamericano de Rubén Dario. Esas elipsis impecables tipo Carver, los diálogos entre expulsadosa la Cheever, y los silencios algunas veces demasiado elocuentes de Tobias Wolf, así como la musicalidad de las palabras para nada lejana del argot de los centroamericanos, donde el voceo tiene la musicalidad de la amistad.

Dentro de los nueve cuentos hay dos notables, al menos con los que me quedaría para incluirlos en una antología que represente el imaginario colectivo de Centroamérica. Me refiero a “Elisa vuelve a casa” y “Los jóvenes no pueden volver a casa”. El primero es el de una chica cristiana que se aferra a irse a vivir a Madrid, para encontrarse con su comunidad religiosa, para trabajar dignamente y para servir al Señor. Ella dura varada durante un tiempo en el aeropuerto, porque el avión a España lleva semanas retrasado. Allí conoce a otro chico que visita ese aeropuerto con el único deseo de salir de Nicaragua, o de poder encontrarse entre la gente que llega y sale del país el conducto para escapar. Elisa cumple sus sueños de irse. El chico intenta alcanzarla. Pero luego de muchos fracasos, vuelve a saber de Elisa por la tragedia que la devolvió a Nicaragua, una tragedia ocasionada por el odio racial contra los sudamericanos en Europa. El otro relato es la relación entre dos hermanos que no se saben que lo son y están a punto de cometer incesto, porque siempre se han visto atraídos fisicamente, pero hay algo en ellos, quizá el hilo delgado de la sangre que los une, que los hace separarse y no verse hasta la muerte de su mismo padre.

Con estos nueve relatos, Nicaragua no sólo ha dado un narrador que seguro afinará más sus herramientas y dará una buena literatura en poco tiempo, también han honrado a uno de los poemas más hermosos de Jorge Teillier, al ofrecernosun compendio de “jóvenes que no pueden volver a casa, porque ningún padre los espera y el amor no tiene lecho donde yacer”, ni la patria una familia que dar.