29 de Marzo de 2018

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Rael Salvador

LIZA AMBROSSIO / Ir de la devoción a la ira y viceversa

Cuando el venoso curioseo de la vista se torna albino, ceguera blanca que ensayaba Saramago, como testículos en su embalaje, dos ojos poseen la realidad por cada ojo que nos observa.

Podría decir, donde Hitler tenía sólo uno, la fotógrafa Liza Ambrossio ha puesto dos… y aún así las palabras no alcanzan para describir esta imagen, para ofrecer cuerpo a este embrión futurista que resulta ser un Leviatán en la bulimia de la glotonería visual (bulimia y glotonería, dos iris en un mismo ojo).

Más allá de lo venial y lo sagrado, tomando como carretera existencial los deslices húmedos de lo traumático, Liza Ambrossio (Ciudad de México, 1992) sabe que dentro de ese cerebro binario habitan “todos los dioses, todos los cielos y todos los infiernos”, tal como lo estipula el aliento subyacente del Corán, recitación persa de los orígenes de lo visible que no se puede observar en este mundo, sino a partir de la conducta de errática de lo humano.

Con herramientas que exilian la invariabilidad aburrida de lo uniforme, sus fotografías apoyan la llama de la imaginación en un pedestal de paja y queroseno, ofrendando así vuelo a los misterios del subconsciente: fogonazos de terapia plástica ante la indiferencia monomaniaca de cualquier obsesión alegre.

Podría decir: es la mirada de ir de la devoción a la ira y viceversa… y espejearme en el adagio anónimo: “El odio es un combustible tan poderoso como el amor”.

A partir de huellas y hallazgos, registro natural de la conversación que todo inspecciona, las imágenes de Liza Ambrossio también recuperan ecos de acontecimientos que se concentran en el traumatismo del alma en sepia: ceremonias familiares que revelan la arqueología del presente, para transmutar lo que hemos sido –infantes domesticados en el miedo adulto– en constelaciones filosofales: claros aciertos de la luz, recobrando las bellezas del deseo.

La tristeza de la luz no mata, sólo encamina hacia la muerte, que no es nada… Pero que algo nos significa, cuando teológicamente Alda Merini refiere lo siguiente: “¿Qué es Nada, me decía,/ sino la presencia de Dios/ que se revela en nuestro vacío,/ ese espacio hueco creado/ en nosotros por Dios,/ para extender sus voz sin límites?”. Napoleón, viendo con ojos vacunos la verdura insomne de sus enmohecidos tapices, inhaló por la mirada el Arsénico de Sheele.

Su cara, en un prolongado enjambre de quejidos, adquirió la torpe imagen de las hojas secas. Sólo su mano, ante el dolor de lo visual, mantuvo la firmeza en la barriga, rubricando así su locura para la posteridad…

Y ahí, en ese gesto y en esa mirada, observo el resplandor oportuno de Liza Ambrossio: la luz pulverizada en malaquita (azurita, carbonato de cobre), en su tono radioactivo, que sirvió exclusivamente para ofrendarle aureolas de insondable luminosidad a los Budas.

También fue el color estallado en expansiva serenidad del dulce manto del profeta Mahoma, cuando el verdete simbolizaba, con sus miles de vírgenes desnudas y obsequiosas, el Jardín del Amor.

He entrevisto en una misericordiosa pesadilla, sólo por unos preciosos instantes, esta luminiscencia sónica en los hallazgos fotográficos de la artista mexicana, fotógrafa que se desplaza como embajadora de una visual esquizofrenia lúdica, llamada Liza Ambrossio.

raelart@hotmail.com