25 de Agosto de 2019

Mar de historias
Cristina Pacheco

En memoria de Georgina Benítez

El centro del caserío sigue siendo la capilla rústica, edificada con el dinero y el esfuerzo de la comunidad. En tiempos lejanos allí se oficiaba misa el primer domingo de cada mes; luego, conforme la región se fue despoblando, las celebraciones se espaciaron y un día quedaron definitivamente suspendidas. Muy poco después, para garantizar su seguridad, las imágenes religiosas que durante años habían ocupado los nichos fueron trasladadas a la iglesia de San Simón de la Cueva, el pueblo más cercano. Llegar allá significaba un viaje de cuatro horas por brechas sinuosas y polvorientas. 

En la aldea no había escuela. Un quincallero que regularmente llevaba sus productos a la comarca sugirió hacer algunas modificaciones a la capilla para darle función de aula. El rechazo fue unánime: que la tuvieran invadida las arañas, los gatos y las palomas era preferible a que los niños la ocuparan y le hicieran destrozos. 

Además, esa no era la solución correcta. Si en verdad los aldeanos estaban dispuestos a subsanar una carencia tan grande lo indicado era construir un salón –después ya se vería si dos o tres más–, pero antes necesitaban asegurarse de que contarían con un maestro. La precaución era explicable: sin registro oficial y por la lejanía, rara vez eran enviados profesores a la aldea, y cuando alguno llegaba a presentarse, su estancia era muy breve. 

II 

Imposible permitir que los niños crecieran en tales condiciones de abandono. Había que hacer algo para darles los mínimos conocimientos que les permitieran no nada más sobrevivir, sino mejorar, como Fulano o Zutano que habían emigrado a la ciudad y ahora contaban con buenos trabajos. No los habrían conseguido sin un aprendizaje básico. 

Consciente de la magnitud del problema, Benigna, criada e instruida por las monjas de San Simón, se ofreció a dar clases a los niños mientras las autoridades competentes les destinaban un maestro. Por difícil que fuera, su nuevo encargo no sería más complicado que el anterior: despertar entre los presos del pueblo el interés por la lectura y la escritura. Con la guía de la monja tutora, sus esfuerzos no resultaron inútiles: tuvo la dicha de ver a un reo escribir su nombre completo y la fecha de su liberación. 

III 

A falta de un sitio adecuado, Benigna empezó a dar clases bajo la sombra de un fresno copioso y en un horario muy cómodo –de ocho a 10 de la mañana–, de tal forma que a sus alumnos les quedaba tiempo suficiente para ayudar a sus familias en las tareas domésticas o del campo. 

Desde el principio, la única puntual fue la profesora. Los niños, poco habituados a la disciplina, iban apareciendo con varios minutos de diferencia, sin prisa, llevando sus banquitos de tres patas, un cuaderno y un lápiz, o sin nada. 

Sin pase de lista ni mucho menos, Benigna comenzaba la clase tañendo la campanilla que había olvidado un acólito después de la última misa en la capilla. A partir de ese momento, hasta las 10 de la mañana –minutos más, minutos menos– el viento arrastraba la voz de la maestra instruyendo a los niños y después la tonada con que ellos repetían el abecedario o las tablas de multiplicar a fin de memorizarlos. 

Conforme avanzaba la mañana, a ese coro se iba sumando un acompañamiento de ladridos; rebuznos; mugidos; cacareos; los gritos de las mujeres comunicándose a distancia, de una casa a otra, y el silbato del tren, siempre lejano. 

Benigna anunciaba el fin de las clases recurriendo por segunda ocasión a la campanilla. Después del primero, los débiles tañidos se volvían inaudibles ante el desbordado alboroto de los niños, felices por recuperar su libertad luego de casi dos horas a la sombra del árbol, bajo un cielo impecable, con las montañas al fondo y ¿más allá? Quién sabe. 

IV 

Después de mucho esperar, los lugareños recibieron la noticia de que, en cuanto fuera posible, llegaría un profesor a la comunidad. Ese breve comunicado fue un estímulo para emprender la edificación de la escuela. En animado intercambio de pareceres, lo primero que se hizo fue elegir el sitio donde iba a colocarse la asta bandera. 

Entre ese momento y el día que comenzó la construcción del aula pasaron varias semanas. Como el maestro anunciado no llegaba, los trabajos se hicieron cada vez con mayor lentitud y hubo semanas en que los costales de cemento y los alteros de ladrillo eran sólo el refugio de toda clase de bichos. A ese ritmo, la escuela se convirtió en un vago proyecto sin fecha precisa de término. 

Todo siguió como antes: Benigna continuó, feliz, su labor como maestra. Gracias a su empeño los niños aprendieron a leer, a escribir, una que otra canción, pero nunca a ser puntuales: atrapar lagartijas o mariposas con frecuencia los desviaba de su ruta hacia la escuela. 

La capilla, con puerta de tablones y asegurada con un par de trancas cruzadas, sigue en pie, pero le falta buena parte del techo. El fresno, como siempre, proyecta su redondel de sombra repleta de gorjeos. Sobre el montículo elegido para la asta bandera creció, densa, la yerba. Siendo aún joven, hace años que Benigna murió. Hombres muy ancianos, únicos habitantes del caserío, aluden a su infancia como a “los buenos tiempos de la maestra Beni”. En su tono se mezclan nostalgia, ternura y alegría.