25 de Agosto de 2019

Opinión
Carlos Bonfil

Nostalgias crepusculares. Hay varias formas de entender (y eventualmente disfrutar) Había una vez… en Hollywood (Once Upon a Time… in Hollywood), el largometraje más reciente de Quentin Tarantino. Las dos primeras remiten al título mismo de la cinta. El inicio habitual de muchos cuentos de hadas (“Había una vez…”) sugiere que el realizador habrá de permitirse algunas libertades propias del género fantástico al evocar un espacio tan cargado de mitologías e ilusiones, como Holllywood, y una época (finales de los años 60), marcada por fenómenos tan contrastantes como los tres días de amor y paz de Woodstock y el más estremecedor suceso de nota roja en esa ciudad de los sueños, la orgía de sangre y odio que protagonizó una secta iluminada, La familia, liderada por Charles Manson, que ejecutó con saña a varios personajes del mundo fílmico, entre ellos a una Sharon Tate embarazada, esposa de Roman Polanski. El título es también un homenaje transparente al cine del italiano Sergio Leone (Érase una vez en América, 1984; Por un puñado de dólares, 1964), uno de los fetiches culturales de Tarantino, y junto con Sergio Corbucci (Django, 1966), realizador de los spaghetti-westerns que Había una vez… en Hollywood emula y parodia de manera gozosa e infatigable. 

Otra clave de interpretación incluye la deriva autobiográfica del propio Tarantino, quien aquí rinde tributo a la ciudad de Los Ángeles, su fascinación de infancia y el lugar de sus años formativos. Con un impulso parecido al de su colega mexicano Alfonso Cuarón, el propósito es recrear la atmósfera de los primeros deslumbramientos del cinéfilo precoz, y solazarse con el neón multicolor de las rutilantes marquesinas que anunciaban los éxitos de temporada, vueltos hoy títulos inconseguibles o simples referencias vintage. ¿Difícil imaginar una premiere de gala para un éxito porno –Deep Throat, por ejemplo– en una gran sala de cine? Eso era muy posible en el Hollywood que conoció Tarantino a los nueve años. No es aventurado afirmar que la nueva cinta del realizador –la penúltima en su lista de 10 que deberá conformar, por decisión propia, su filmografía completa–, sea en efecto su proyecto más personal, la suma de sus entusiasmos artísticos, el canto de cisne adelantado y astutamente diseñado para dejar el escenario en pleno esplendor mediático. Estrategia muy hollywoodense, si las hay. También muy respetable. 

Eso nos lleva precisamente a otra vertiente temática de la película. Tarantino rinde homenaje también a esos personajes ignorados, los dobles de las estrellas, los stunts men, que desde el anonimato deben contribuir al realce de las proezas físicas de los actores que no pueden arriesgarse a un accidente en carne propia (no sólo por vanidad, sino por los altos costos de los seguros y por las dilaciones en el rodaje). Así, los personajes centrales de Había una vez… son dos grandes estrellas (Leonardo DiCaprio y Brad Pitt) interpretando (el primero cercano a los 50 años; el segundo, rebasándolos holgadamente), a Rick y Cliff, respectivamente: dos amigos cómplices en la desventura de la misma invisibilidad mediática y que jocosamente son, en tanto figuras de utilería, uno el remplazo de ese otro que a su vez suplanta al actor principal que todos aplauden. La ironía es tan grande que incluso en los hechos verídicos que narra la cinta –la saga criminal de Charles Manson– los dos serán personajes accesorios de una fantasía delirante, jamás de un suceso real. La vuelta de tuerca narrativa en el último segmento de la cinta es la sorpresa que Tarantino depara maliciosamente a sus seguidores, y en ella concentra todo su brío y su arsenal humorístico. También su carga de incorrección política en materia de misoginia y racismo. Las mujeres, los hippies y los mexicanos, e incluso un Bruce Lee histérico y arrogante, se llevan la peor parte en este despliegue de adrenalina anglosajona, muy buen look y mucho muy blanca, que haría las delicias de un Donald Trump espectador, quien evidentemente dejaría también de ver la dura ironía, el lúcido autosarcasmo que encierra toda la película. 

Había una vez… en Hollywood es, en el fondo, el relato taciturno y amargo de una experiencia de fracaso. La triste vivencia profesional de dos trashumantes en la meca de los sueños que no pueden decir que alguna vez fueron algo (dos has been), pues sustancialmente nunca fueron nada. El patético saldo de un ideal de supremacía blanca frente a una América interracial hoy beligerante y orgullosa. La gloria inútil de los triunfadores de ayer incapaces de reconocer la crisis cultural por la que atraviesa un Hollywood condenado a repetirse a sí mismo, y con él una nación entera. La cinta de Tarantino alude a ese desencanto crepuscular generalizado, desde el registro falsamente documental de un suceso de nota roja, pero también desde la evocación luminosa y lúdica de una época parecida a muy pocas otras, y por ello tan recurrentemente evocada en el cine actual. 

Brad Pitt y Leonardo DiCaprio ofrecen interpretaciones notables, mientras Margot Robbie (Sharon Tate) y un Bruce Dern como invidente anciano que goza el sexo y la televisión con el cínico desparpajo de un personaje de la serie Breaking Bad, completan un reparto de primera. La incansable mofa que Hollywood hace de sí mismo en esta cinta tal vez sea el mejor signo de un imperioso afán, muy suyo, de renovación obligada. 

Twitter: CarlosBonfil1