24 de Mayo de 2019

Editorial
La Jornada

El gobierno de Estados Unidos lanzó ayer un nuevo paquete de subsidios por 16 mil millones de dólares para, en palabras del secretario de Agricultura, Sonny Perdue, asegurar "que los granjeros no padezcan por los injustos aranceles de represalia impuestos por China y otros socios comerciales". El funcionario se refiere a las tasas con que el país asiático respondió a la andanada arancelaria iniciada por el presidente Donald Trump el año pasado, y acrecentada por el propio magnate hace dos semanas hasta gravar con 25 por ciento importaciones chinas por un valor de 200 mil millones de dólares.

Este incremento en los subsidios a sus productores, acompañado por la restricción creciente a la entrada de productos desde el exterior, es una señal más de que Washington abandona el libre comercio que fue impulsado –cuando no impuesto– por el propio gobierno estadunidense desde las últimas décadas del siglo XX.

Debe considerarse que más allá de los desplantes electoreros de Trump, el aislacionismo ha sido una poderosa tendencia histórica en Estados Unidos, hoy reforzada por el nacionalismo reaccionario que ha servido a su actual presidente como plataforma ideológica. Por lo demás, esa tendencia rebasa el ámbito estadunidense: mientras ahí toma la forma de andanadas verbales y económicas contra China, México e incluso la Unión Europea, al otro lado del Atlántico ha desencadenado procesos políticos tan disparatados como el retiro de Gran Bretaña del bloque continental –el denominado Brexit, que llega ya a su segundo año de atascamiento– o el preocupante ascenso de una ultraderecha eurofóbica. De vuelta al continente americano, en su Cono Sur asistimos al desmantelamiento de los procesos de integración regional emprendidos durante la década pasada por la mayoría de las naciones sudamericanas, encabezados por los liderazgos progresistas que gobernaron sus mayores economías, Brasil y Argentina.

Todos estos movimientos dan cuenta del arribo de una realidad mundial distinta, en la cual la cooperación y los intercambios deben ser reformulados en términos de un rediseño de los bloques, alianzas y sociedades. Para México, lo dicho prescribe una inevitable reorientación de los tratos comerciales existentes que pasa por la búsqueda de nuevos socios y relaciones que permitan responder a un escenario en el cual su primer socio comercial se apea del libre comercio.

En conclusión, sería temerario suponer que el proteccionismo desplegado por Trump es una tormenta pasajera. Por ello, aunque el comercio bilateral con nuestro vecino del norte conservará una importancia de primer orden por cuestiones de cercanía geográfica, integración económica e interdependencia en múltiples niveles, cifrar en lo sucesivo el desarrollo del país en la relación comercial con Estados Unidos sería una apuesta de altísimo riesgo y ajena a las señales de la realidad.