22 de Mayo de 2019

Columna
Leonardo García Tsao

Este martes marcó el día más esperado por todos los fanboys en Cannes, pues fue el estreno de Once Upon a Time… In Hollywood (Érase una vez… en Hollywood), el más reciente opus de Quentin Tarantino, que estuvo rodeado por un velo de misterio pues el prognato director se sintió obligado a tuitear a los espectadores del festival que no le estropeáramos su sorpresa al resto del mundo. Bah. Lo que la película demuestra con contundencia es que QT, como se le dice en Hollywood, es un cartucho gastado, un mamarracho reducido a tics superficiales, sin ningún tipo de rigor o disciplina como cineasta. 

Según se sabe, la acción se sitúa en 1969 y enfoca a un actor de segunda (Leonardo DiCaprio, nunca tan sobreactuado) y su fiel compañero, el stuntman (Brad Pitt) que lo dobla. Cerca de la casa del primero, en Cielo Drive, vive la pareja formada por Sharon Tate (Margot Robbie) y Roman Polanski. Dos horas y media de película después, ambas trayectorias se van a unir la fatídica noche del 8 de agosto. La gran sorpresa es que, como ya lo hizo en Bastardos sin gloria (2009), Tarantino cambia la historia para banalizarla y convertirla en un chiste malo, lleno de violencia de caricatura. 

Lo que abunda es el gusto del realizador por escenificar escenas de western, su manía por la música pop sesentera, su fetiche por los pies femeninos, su tendencia a desperdiciar buenos actores en papeles incidentales –aquí Al Pacino, Kurt Russell, Timothy Olyphant, Dakota Fanning, Bruce Dern, Damian Lewis, et al cumplen con cameos– y su debilidad por la verborrea en los diálogos, que dejaron de ser ingeniosos más o menos a la altura de Kill Bill (2003). Ya apareció el primer petardo de esta edición del festival y corrió a cargo de Tarantino. 

Conocido en México por películas fantásticas como El huésped (2006) y El expreso del miedo (2013), el talentoso director sudcoreano Bong Joon Ho ha intentado ahora un registro realista en Gisaengchung (Parásito), una divertida sátira social cuyo tema es similar al de Nosotros, de Jordan Peele, en tanto que enfrenta a dos familias, una privilegiada y otra marginada. 

El enfrentamiento no es frontal ni violento, como en la película de Peele, sino que es insidioso. La familia de los pobres se filtra poco a poco a ocupar puestos diversos en el lujoso hogar de los Park. Los primeros son vulgares y oportunistas, mientras los segundos son pretenciosos condescendientes que de continuo usan frases en inglés (“you know what I mean?”). ¿Quiénes son los parásitos titulares? 

Al igual que Tarantino, Bong ha pedido en el pressbook de la película no revelar lo que ocurre a continuación. Vamos a hacerle caso. Baste decir que el rencor social acumulado –por ejemplo, el señor Park (Lee Sun Kyun) se queja sobre el mal olor de sus empleados (“huelen a trapo hervido”)– conduce a un final violento. Sin embargo, uno suponía una resolución más salvaje por el marcado contraste entre las dos familias. Precisamente falta el sentido del delirio que el cineasta ha mostrado en sus anteriores películas. 

Twitter: @walyder