21 de Julio de 2019

Editorial
la Jornada

La obtención, por parte de seis estudiantes mexicanos de bachillerato, de una medalla de plata, tres de bronce y dos menciones honoríficas en la 60 Olimpiada Internacional de Matemáticas (OIM) celebrada recientemente en Reino Unido, es una de esas noticias que da gusto comentar. Esta especie de campeonato mundial de esa disciplina para alumnos de secundaria se celebra desde hace 60 años, y en él participan actualmente jóvenes de más de un centenar de naciones, lo que da una idea del nivel de preparación que poseen quienes destacan en las diferentes pruebas.

Los premios y reconocimientos que se alcanzan en representación de un país siempre resultan satisfactorios, cualquiera sea la materia de que se trate, pero cuando pertenecen al ámbito de la ciencia cobran especial relevancia porque se relacionan de manera directa con el futuro de ese país, con sus posibilidades de crecer y prosperar de manera autónoma con recursos propios. Un grupo de brillantes alumnos en alguna rama de las ciencias no sólo habla bien de ellos, sino también del ámbito institucional en que se desenvuelven, que les pudo brindar un espacio adecuado de desarrollo.

Lo anterior está estrechamente vinculado con la necesidad de dotar de recursos a los organismos en los cuales el estudio, los descubrimientos y el trabajo científico tienen lugar, a fin de que el proceso de generación y transmisión del conocimiento no tropiece con obstáculos administrativos que le dificulten o le impidan desenvolverse con libertad. Y en términos de los países, es una labor cuya solvencia debe cuidar celosamente el gobierno. Si la investigación científica corre por cuenta de la iniciativa privada, difícilmente pueden esperarse grandes beneficios colectivos, porque el propósito –legítimo, por cierto– de aquélla es obtener beneficios para sí misma y no hacer obra social, como no sea de forma tangencial.

Esto viene a cuento porque los estudiantes galardonados en la OIM pudieron concurrir al certamen gracias a la buena disposición de un particular (el director de cine Guillermo del Toro) y no a los fondos oficiales que les deberían haber garantizado el viaje a Reino Unido. Aunque existen discrepancias acerca del monto que la Secretaría de Educación Pública entregó para facilitar la participación de los jóvenes (cinco varones y una chica) en la competencia, lo cierto es que sin el aporte del cineasta probablemente no hubieran podido concursar en la singular Olimpiada. Y esto sí que no es una buena noticia.

Es indudable que la estrategia llevada a cabo por el actual gobierno con el fin de sanear el gigantesco aparato del Estado mexicano, en muchos sectores inficionado por la corrupción, implica severos ajustes y exhaustivas revisiones. Pero sería deseable que el financiamiento a sectores tan vitales como el de la ciencia recibiera un tratamiento más cuidadoso (con todos los controles y candados que fuera preciso establecer), porque de allí no sólo surgen premios que nos llenan de orgullo, sino también bases para tener un país con menos desequilibrios.