21 de Julio de 2019

Mar de historias
Cristina Pacheco

Como siempre que llega al negocio Celia entra en la oficina donde trabaja su hijo Federico, lo besa y después, entre saludos, se dirige a su mesa. Le gusta porque durante años la compartió con su esposo José Antonio –ya fallecido– y también porque desde allí puede ver todos los movimientos en el restaurante y el desempeño de sus empleados. La estima. La respetan. La atienden. La mantienen informada y, aunque ella no esté directamente encargada del negocio, piden su autorización para cualquier cambio.

Desde hace nueve años es Federico quien se encarga de que el establecimiento funcione. Si su madre quisiera podría tomarse un buen descanso: lo merece después de tantos años de trabajo. Siempre que él aborda el tema doña Celia le dice que, si de verdad la conoce, no vuelva a mencionar el asunto. Él mejor que nadie sabe cuánto disfruta del trajín del restaurante, la amistad con algunos de sus clientes y la compañía de sus empleados.

La mayoría son mujeres, algunas muy jóvenes. Conoce sus necesidades, sus reacciones. A veces, aunque no quiera, también sus historias porque, sin proponérselo, escucha sus conversaciones. Esta mañana oye la que sostienen Rebeca y Mónica:

II

–Todo se le juntó a la pobre de Irma: su mamá acaba de cambiarse a Vidrio Plano; con su hermana Rosa ya no puede contar porque tuvieron un disgusto muy fuerte y Chayo, la vecina que antes la ayudaba con sus niños, consiguió trabajo de portera en un edificio por la Del Valle. Como te imaginarás, mi amiga está preocupadísima porque no sabe qué hará con sus niños durante las vacaciones. La comprendo, aunque ya no tengo ese problema porque mis hijos son adultos. Quiero ayudarla, pero no sé cómo ni qué decirle.

–Que ya no le piense y, aunque tenga que hacer un gastito, mande a sus niños a un curso de verano. Si se tarda más no encontrará lugar. Yo acabo de inscribir a mi Jade en una escuelita, a dos cuadras de la casa. El lunes empieza a ir. Como las mises llegan desde muy temprano, les pregunté si podía dejarle a mi muchachita cuando pasé al trabajo. Me dijeron que sí. El problema es que los niños salen a la una y mi turno acaba a las cuatro. ¿Crees que don Federico me daría permiso de salir un poquito antes de la hora de comida para que vaya por la niña y la lleve a la casa?

–Oye, Mónica, ¿y quién te la va a cuidar después de esa hora?

–Ya lo pensé: Sixto. Como no tiene trabajo le pediré que se quede con su hija mientras vuelvo del trabajo.

–¿Sabes? Acabo de darme cuenta de una cosa: mientras que para muchas personas la llegada de las vacaciones significa descanso y felicidad, para otras representa un montón de problemas: desde dónde dejar a los hijos mientras están en la chamba, hasta tener que decirles que este año otra vez no los llevarán de paseo.

–Afortunadamente mi Jade todavía está muy pequeña. No tengo que explicarle por qué, aunque sean vacaciones, nos quedaremos en la casa.

–Pues aprovecha porque después, cuando esté grandecita, vas a tener ese problema. Al menos yo sí lo tuve con mis hijos: como sus primos salían a la playa todas las vacaciones, se enojaban muchísimo porque nosotros no podíamos sacarlos ni por aquí cerquita, ya no digas al mar. Los pobres se la pasaban aburriéndose en la casa o cargando bultos en el mercado. Nomás de pensarlo siento culpa y me dan ganas de llorar.

–No seas tonta. Uno qué más quisiera que darles lo mejor a sus hijos, pero a veces las circunstancias no lo permiten.

–Su padre y yo infinidad de veces se lo explicamos, pero lo entendieron mucho después, cuando empezaron a trabajar y vieron que el dinero no se barre con la escoba y jamás rinde.

–Pasando a otra cosa: ¿a qué horas crees que sería bueno que hable con doña Celia?

–Ahorita no. Mejor en la tarde, pero antes de que don Federico se siente a comer con ella para que no piense que lo estás haciendo de menos.

–Por Dios que eres bien colmilluda, amiga. Cuando sea grande quiero ser como tú... Y apúrale porque ya llegaron unos clientes.

III

Desde su mesa doña Celia da indicaciones a sus empleados y los observa, sobre todo a Mónica: quien vea la forma en que atiende las mesas no imagina que detrás de su sonrisa está la preocupación que la ha desvelado desde que se acercaron las vacaciones. Cosa que nunca antes había hecho, se pregunta si su madre habrá padecido los mismos sinsabores cuando terminaban las clases. La respuesta es: No.

Reconoce que su familia pertenecía a ese grupo de personas para quienes el término “vacaciones” significaba tener una serie de experiencias sencillas y muy gratas: empezando por la emoción de subirse al tren rumbo al pueblo para ir de visita a la casa de la abuela. Abrazarla, oler en su rostro las capas de polvos de arroz “Tabú Rachel dorado”, conmoverse ante el hecho de encontrarla cada vez más pequeña, mientras ella expresaba su asombro al encontrarme “más altita” que el año anterior.

Celia recuerda que después aparecían las dos sirvientas –más bien parte de la familia– que iban a saludar a los recién llegados y a decirles cuánto las alegraba su visita. Cumplida la ceremonia volvían a la cocina vieja: techo de bóveda, brasero de ocho hornillas, paredes renegridas por el humo y, sobre la alacena rústica, las grandes cazuelas donde se habían cocinado platillos para ocasiones memorables: bodas, bautizos, cumpleaños. El de su abuela lo celebraban en las vacaciones de una manera muy sencilla: temprano Las mañanitas interpretadas con voces roncas, los abrazos, el coro de buenos deseos y la solemne entrega de la cuelga. Celia murmura la palabra cuelga: confía en que en su pueblo aún signifique “regalo”.

Se aparta de sus recuerdos al ver que Mónica se dirige a su mesa. A la simpatía que siempre ha sentido por esa muchacha se suma ahora un profundo reconocimiento: gracias a ella volvió a disfrutar las vacaciones de su infancia. El tren, la abuela, el cumpleaños, la cuelga...