21 de Abril de 2017

Viajar en bicicleta
Joel Flores

Es casi un lugar común escuchar a ciertos escritores decir que existe un abismo de diferencias entre los libros y las series de televisión; que uno puede aprender y disfrutar más de los primeros que de las segundas, que las series son las telenovelas actuales y se está olvidando que el verdadero arte de contar historias está en las páginas de las novelas y relatos y no en el arte del guión, las actuaciones y la producción de los programas televisivos. 

Estos juicios no solo recuerdan al siglo XIX, cuando los pintores denostaban rabiosamente contra la cámara fotográfica, porque capturaba el realismo a blanco y negro en todos sus detalles, y se creía que desplazaba, en cierta medida, la manufactura de los pintores de la época; el mismo juicio recuerda a los profesores de nuestra adolescencia que, algo amenazados por el avance tecnológico y digital que se daba con la sociedad de la información, aseguraban que el verdadero conocimiento solo podía extraerse de los libros y no de los soportes digitales que hoy en día predominan en la pantalla de nuestras computadoras. Y recuerda también ese duelo casi innecesario que lectores han supuesto entre el libro y el ebook, donde a su parecer uno es mejor que otro, o es más placentero leer en las páginas palpables y no en la sólida pantalla de las tabletas electrónicas.

Decir que una cosa es mejor que otra es presumir un grado mínimo o mayor de desconocimiento. Si las historias están en todas partes, el contador de las mismas encontrará formas variadas de capturarlas y mostrarlas. En eso radica el arte de contar. En mi experiencia como maestro de escritura creativa, Netflix, HBO y otras compañías televisivas me han ayudado a entender visualmente conceptos tan básicos de la retórica de la ficción, pero sobre todo, a crear empatía con los estudiantes al ejemplificar estas herramientas. Series como Los Sopranos, Six Feet Under, Breaking Bad, Lost, Game of Thrones, True detective y más hacen compañía a novelas canónicas de la literatura universal, sin distanciarse una con otra, conformando un tesoro que el espectador o el lector puede ver y leer para aprender cómo se construye una trama y la carga dramática o emotiva de los personajes. 

Motivado por estas ideas, pero gracias también a la recomendación de algunos de los estudiantes, hace dos semanas vi la serie juvenil 13 reasons why, una adaptación de la novela de Jay Asher que Netflix recién estrenó hace un mes y, por lo visto en internet, tiene ya mucha audiencia. Para hacerle honor a la verdad, la serie me gustó y me llevó a escribir esta columna que, más que reseñarla o mostrar los motivos que me agradaron, intenta explicar ciertos mecanismos ocultos de la narrativa que alcancé a visualizar durante los 13 episodios. Para, de esta forma, darle un punto más al argumento de que las series, si cambiamos de mirada, pueden enseñarnos a escribir mientras las disfrutamos, o al menos a convertirnos en lectores activos que van rastreando elementos de la narrativa.  

Antes de empezar, quiero aclarar que 13 reasons why no cabe dentro de la lista de mis 10 series favoritas de todos los tiempos. Aunque es entretenida, intentar insertarla sería traicionar a nombres importantes de la pantalla chica. La serie es buena, recomendable para los preparatorianos, incluso para los maestros que imparten clase en ese grado. Por ello puede entrar muy bien en la lista de las 40 que apenas estoy conformando. Y quizá sea más por su argumento y estructura que por el tratamiento de la historia. 

1.- Ya en un artículo publicado aquí hace semanas escribí sobre la importancia de las primeras líneas en las novelas y cuentos. En ellas el escritor se juega el todo por el todo, pues esas palabras deben contener los mecanismos necesarios para que el lector no abandone la historia. El comienzo de 13 reasons why contiene la misma magia que muchas de las novelas que nos enganchan. Un conflicto que ofrece el misterioso suicidio de Hanna Baker, una joven de 17 años, que comienza a hablarnos desde ultratumba a través de 13 cintas que grabó y dejó antes de reventarse las venas. Perdón: ya adelanté el final. Pero el final en esta serie no es lo más importante. Lo que importan son las cintas de la confesión. El destino de ese material ronda entre las manos de los estudiantes que, de manera soterrada entre los rumores escolares, están involucrados en la muerte de Baker. El secreto del suicidio se va revelando poco a poco hasta que las cintas llegan Clay Jensen, un adolescente retraído que, como si luchara contra sí mismo, escucha las primeras grabaciones para que nosotros, los espectadores, vayamos descubriendo que las 13 grabaciones no son más que las 13 razones que llevaron a Hanna a tomar su decisión, pero también sepamos quiénes la orillaron a hacerlo y cómo. De esta forma, el secreto de la historia, ese dato escondido del que muchos novelistas como Gardner o Vargas Llosa han escrito, se sugiere que se revelará en las últimas grabaciones. Por ende el espectador, inmerso en esa promesa, queda en vilo y espera descubrirlo mirando atento las 10 anteriores que, si me apuran, bien pudieron recortarse a 6.

2.- Sin embargo, tal como alguna vez aconsejó Borges en su papel de maestro del cuento, toda narración es un viaje literario. Si no hay viaje, no hay historia y el mejor ejemplo de ello está en las novelas griegas como La Odisea. ¿Cuáles son los deseos de Ulises? Volver a Ítaca y reencontrarse con Penélope. Si la novela tratará solamente el reencuentro, es decir el final, no habría literatura. Las historias suelen engancharnos y conmovernos porque nos llevan de un lugar a otro, porque nos insinúan una realidad apenas visible y luego nos la revelan por entero para provocarnos un cambio, como pasa en todo final de un viaje. ¿Con qué nos quedamos? Con la experiencia. Ese cúmulo de sensaciones que cambiaron nuestra forma de ver el mundo y a las personas. El viaje es descubrimiento y aprendizaje. En esta serie nuestro guía es Clay Jansen, un joven Dante montando en su bicicleta en busca de su difunta Beatriz; las cintas figuran como el mismo infierno, pero conformado por el acoso y la violencia sicológica que se genera en las aulas de las escuelas, la adolescencia, el fenómeno mediático de las redes sociales. Si Clay no escucha las cintas para viajar al pasado, algunas veces en su propia casa, otras yendo a los sitios que la misma Hanna marcó en un mapa para recrear los acontecimientos, no existirían las razones de la muerte de la adolescente y su historia habría quedado enterrada.

3.- Lo cual nos lleva a hablar sobre el tema, pues en un primer momento en esta dosificación morosa de contenido, suponemos que el acoso escolar es en realidad el argumento de la serie. Pero no, existe la cereza del pastel y ella es tan perturbadora que vale la pena soportar ciertos episodios que rayan en el tedio y la desesperación para conocerla. Disculpen, pero Jansen suele tardar demasiado en descubrir lo que nosotros ya sabemos, al punto que, más de una vez, podemos decirle: “amigo, abre un poco más los ojos y déjate de ver el ombligo”. La violación o las violaciones podría decirse que son el verdadero tema de la historia; no el hecho como tal, sino la urdimbre de la misma, quién fue el verdugo y la normalidad con que la tomó éste y quienes tienen conocimiento de los hechos. Pero también, y es aquí donde la serie alcanza niveles relevantes, la complicidad silenciosa de los adolescentes, la falta de consciencia cívica, de lealtad, de compromiso y responsabilidad, defectos casi de origen que permean a las nuevas generaciones, al hacerle daño al otro y no responsabilizarse de sus actos. Otro punto a favor del argumento, es la poca habilidad de los maestros, consejeros y directivos para detectar los secretos que hay detrás de las conductas misteriosas de sus alumnos y la falta de estrategias adecuadas para, una vez descubiertas, asesorarlos. Pareciera que la novela de  Asher no sólo fue escrita pensando en los adolescentes, sino en los maestros. Esto se muestra en cada uno de los capítulos de la serie: los personajes fungen como una carga emotiva o resortes que de cierta manera impulsaron a que Hanna Baker enterrara la navaja de afeitar en sus brazos.

4.- Pero ¿cómo están acomodados estos acontecimientos? Aquí viene lo interesante, en la estructura, pues sin una planificación, la historia no logra sus propósitos. Si bien, la serie puede resumirse en 7 acontecimientos claves que me ahorraré contar aquí, porque prefiero hablar a grandes rasgos de su armazón, el cual está hecho por dos líneas: la del presente y la del pasado. Esto puede representarse dibujando una horizontal: la de Clay escuchando las grabaciones; y otra también en horizontal pero ondulante encima de la primera, ésta cual regula la tensión de la trama, potencia el nudo y da antecedentes para el clímax; esta segunda línea funge como la voz narrativa de Hanna confesando su historia cada vez que Jansen se arma de valor, se deja de ver el ombligo y escucha las grabaciones. De manera que ambas se unen poco a poco para fundirse en una sola, pues entre más escucha Clay las cintas, más conoce la verdad. 

Los guionistas, esos maestros a los que uno podría aprenderles mucho si dejáramos los prejuicios en casa, esta estructura se llama ramificada y tiene como objetivos representar en detalle una sociedad completa o un estadio detallado de la misma bajo la mirada de su protagonista.  Así, el cometido de las dos líneas narrativas tienen como propósito ensamblar los acontecimientos del pasado con los del presente sin confundir al espectador, para mantener vivo el impulso narrativo y la esperanza de una conclusión violenta o desesperada. Los trece capítulos, esos saltos al pasado que pronto vuelven al presente, dotan de una nueva perspectiva al protagonista. Lo cual nos lleva a un aprendizaje: si escribes, lo importante no es apresurarte para llegar más rápido al final, sino potenciar cada uno de los detalles que configurarán ese final en la mente del lector. En esta serie, como en algunas buenas novelas, lo importante no es llegar al suicidio de Hanna, sino los detalles: cada uno de los casetes son migas de pan desperdigados en el camino, como esas pistas que nos llevan, sí las unimos al tenerlas todas, a comprender las verdaderas razones por las cuales se quitó la vida. Su muerte, trágica pero necesaria, es el regalo para el lector por haber llegado hasta allí.

5.- El punto de vista narrativo: uno de los mejores consejos de Truman Capote sobre la escritura es cuando dijo que escribir una verdadera historia se basa en un ejercicio de honestidad e intimidad hacia el otro; es decir, una historia se muestra entrañable y genera empatía porque el autor la escribió como si hubiera pasado en serio, como una honesta confesión que termina trastocando las fibras sensibles de quien la escucha. Ese consejo está llevado casi a pie juntillas en 13 reasons why. Aunque la serie está salpicada de recursos Dawson's Creek, esos dramas insufribles entre adolescentes que algunas veces se antojan innecesarios, así como cabos sueltos que para un ojo más crítico pueden ser descuidos imperdonables, el punto de vista narrativo tiene momentos determinantes que te mantienen viéndola. Cualquiera puede contarnos una historia personal. Pero no cualquier puede hacer que convirtamos en nuestra una historia que no nos sucedió pero nos contaron. 

Si el arte, aquel que trastoca al espectador y remueve sus fibras sensibles, nace después de la crisis y la tragedia, las trece grabaciones de esta serie son la última obra de una suicida. No sólo dan razón de su fuga, sino un mensaje a los otros sobre la maldad humana y los puntos de inflexión que pueden quebrar a los adolescentes y llevarlos a la muerte. No es un diálogo, como diría Quevedo, con doctos y profundos libros juntos, pero sí una conversación con los muertos, donde aprendemos con los ojos bien abiertos del caos que nos dejan los difuntos.