20 de Abril de 2017

El último lector
Rael Salvador

“El silencio de la muerte es el peor de los silencios”. Roberto Bolaño.

Si es así, quiero estar libre de todo consuelo.

No ocupo de cien masacres, seguidas de mil infiernos… y un bombero, un policía, un paramédico o un fotógrafo con los restos de un niño moribundo cargado en brazos.

La paradoja ética de no encontrarme en ningún bando: de los que matan y son asesinados; de los que son asesinados y matan. Polos en tensión política, que hacen de la religión algo homicida; extremidades que se acechan y se repelan, que se conflagran y destruyen: bordes terminales, en los que no hay reconciliación ni en ellos mismos.

El hombre rebajado a la insensibilidad, convertido en un arcángel sonriente que devora carroña… y que, belleza en el acierto de la demencia, Lincoln llamó “los mejores ángeles de nuestra naturaleza”.

Otros 68 niños masacrados no es poco, menos cuando las desmesura abarca cifras que rayan en lo inverosímil ridículo. ¿Abanderó ya el planeta la rabia del infanticidio? ¿Se dio cuenta que no es sólo una fotografía sentimental? ¿Qué los más recientes crímenes de Alepo –126 comensales, 68 infantes entre ellos, de los 350 mil (100 mil de ellos civiles) que lleva el conflicto en Siria desde 2011–, es un asunto que nos implica y nos corresponde?

Si se es héroe por accidente –“no es héroe quien desea ser héroe”, determinó Sartre–, se hace por lo tanto indispensable la catástrofe, la tragedia, ese núcleo de fatalidad que estalla en desgracia y se expande en desdicha, como sucedió con el coche bomba que penetro en la zona de espera, donde se comía, con el pretexto de entregar ayuda humanitaria...

(Me viene a la memoria aquella escena en la que, al aterrizar el helicóptero norteamericano en el patio de la escuela, la maestra se acerca y, disimulando apoyo, avienta al interior del aparato su Nón Lán –sombrero vietnamita– con una granada camuflada y hace estallar todos los amparos de la ética… pero se trata de Apoclypse Now (1979), una película que si algo tiene que ver con la realidad es la recreación vesánica de la locura en el hombre).

Horror, con error anunciado: al dejar atrás su hogares, estas almas también abandonaron la vida. ¿Por qué? Si el ataque perpetrado nos resulta indigno, más indigno es saber que la caravana de autobuses que transportaban a esos niños y sus familias, evacuaba también a milicianos en activo…

La primera ley que marca Bernard-Henri Levy para entender un grave problema bélico –que no lo desaparece el tiempo ni lo oculta la distancia– es llamar a las cosas por su nombre: al pan, pan, y al culo, culo… “Y atrevernos a decir esa palabra terrible: Guerra”.

Ya, en su momento, nos lo advirtía John F. Kennedy: “Si la humanidad no acaba con la guerra, la guerra acabará con la humanidad”. Mas de lo discutible a lo visionario, nos desatendemos de los hechos: “Los pueblos nunca saben, ni ven, sino lo que se les enseña y muestra, ni oyen más de los que se les dice”, nos recuerda también el periodista argentino Mariano Moreno.

Ávidos de relatos, los medios de comunicación ahora –once again– arman el melodrama con las incineradas flores del apocalipsis: “El héroe con cámara de Alepo” (El mundo). ¿Qué nos queda? ¿El optimismo de la inseguridad? ¿El pesimismo de un rayo de luz? ¿La violencia utilitaria? ¿Ver la guerra como la oportunidad de convertirnos en adalid?

De ser así, deseo encontrarme libre de todo consuelo.

raelart@hotmail.com