20 de Enero de 2019

Mar de historias
Cristina Pacheco
El silencio abarca todos los rincones de la casa donde, hasta hace algunos años, se escuchaban los pasos de Perla, su risa, su incesante parloteo muchas veces enmarcado por signos de interrogación. Fastidiosa, preguntona, deja trabajar a mamá, le ordenaba Justina sin demasiado énfasis y sin imaginarse que un día iba a pesarle esa quietud que hoy le parece una neblina densa. Tiene que escapar de ella antes de que la asfixie.

Hace rato que Justina apagó la máquina de coser. No ha podido concentrarse en su trabajo. Ha estado pensando que hoy Perla cumpliría... ¿Cuántos años? Inútil preguntárselo cuando sabe muy bien que el tiempo para su hija ya no cuenta, está detenido, roto. Más allá del último minuto sólo quedaron imposibles.

Toma el suéter colgado en el respaldo de su silla y se dirige a la puerta. Al abrirla respira el aire frío que sacude las ramas de los árboles frente a su casa. Junto al fresno, Perla insistió en enterrar a la tórtola que encontraron muerta en la banqueta, una mañana. Eso pasa por la contaminación, dijo un hombre sin detenerse. Sepultarla y señalar con una piedra el sitio donde había quedado el animalito les tomó varios minutos.

Madre e hija tuvieron que hacer a toda prisa el camino a la escuela: cinco cuadras largas que siguen siendo para Justina uno de los ejes de su vida. Las recorre por necesidad –el mercado, el banco, la farmacia, la tintorería...– pero también, cuando la tortura la ausencia, para revivir las mañanas en que llevaba a su hija y a Ramón a la escuela. Siempre iban algo retrasadas, pero más aquella mañana en que Perla sepultó a la tortolita. Justina sabe que no quedan ni rastros del ave y, sin embargo, cuando sale o vuelve a su casa, se detiene ante el fresno y procura reconstruir aquel momento lejano.

II

 

Justina se da cuenta de que comete un error aferrándose a sus recuerdos, pero no puede evitarlo. Su doctora le ha dicho que con esa actitud será difícil que supere la depresión. Le recomienda esforzarse y aceptar el presente sin dolerse a cada momento ni sentirse culpable por ver hacia el futuro. Además, la desgracia ocurrió hace tiempo. ¿Y por eso debe olvidarse de su niña? Imposible. Encuentra su presencia en todas partes: la casa, las calles, junto al fresno. En sus ramas se columpian momentos de la infancia de su hija.

De esa sensación no habla con nadie, pero se le hace más viva cuando mira los juguetes de su Perla, su ropa, sus cuadernos. A Justina la emociona hojearlos, también se divierte mirando los torpes dibujos mal iluminados con que la niña ilustraba sus cambiantes aspiraciones a futuro: bailarina, piloto, cultora de belleza, dentista, maestra, costurera (Esta es mi mamá en su máquina.)

Su hija pudo haber ejercido cualquiera de esas profesiones, pero le faltó tiempo para eso y muchas cosas más, entre otras, ir al mar. Justina muchas veces le prometió llevarla a conocerlo. Las dificultades económicas siempre le impedían realizar el proyecto y su hija dejó de creerle.

 

III

 

Aquel año –aborrece precisarlo– sí iba a poder llevarla al mar. Para vencer el escepticismo de Perla le compró un traje de baño, una gorra, un pato inflable y chanclitas que parecían de cristal. La niña ansiaba estrenarlo todo cuanto antes, pero su madre le decía: No seas impaciente. Espérate a que estemos en la playa. Ya no falta mucho para que nos vayamos. La enfermedad llegó semanas antes de que hicieran maletas. La muerte llegó mucho antes de que emprendieran el viaje. Los días oscuros llegaron antes que los días de sol. ¿Por qué te fuiste, amor, por qué te fuiste...? –pregunta Justina al silencio, a la ausencia, al vacío.

Perla no llegará jamás a respirar la brisa marina, a correr en la playa, a maravillarse con los tesoros que el mar obsequia a los niños. Las ilusiones de Perlita están con ella, dormidas, descansando. Sólo viven en la memoria de Justina: las cuida, las recrea aunque la dañen. No siempre es así. Hoy, mientras recorre el camino a la escuela de sobra conocido, recordarlas le trae paz, alegría. Imagina a su niña tomada de su mano, conversando con ella, acribillándola a preguntas o comentándole algo sobre su programa de la tele preferido: Animales.

A Perla le fascinaban. Quería tener un oso, un elefante, una ballena. Terminó conformándose con un perrito de peluche al que llamó Ramón. Lo llevaba hasta las puertas de la escuela, allí lo despedía y luego le encargaba a su madre que se lo trajera a la hora de la salida. Justina piensa en el juguete. Está en la cama de Perla, junto con la mochila donde permanecen los cuadernos con manchones, la escritura torpe y los dibujos. Bailarina. Piloto. Maestra. Cultora de belleza. Dentista. Costurera (Esta es mi mamá en su máquina.)

 

IV

 

Justina se sorprende al verse a unos metros de la escuela. Sobre su reja hay una manta: Se imparten clases para personas de la tercera edad. Una mujer se iguala a su paso y le pregunta afable a qué curso viene. A ninguno.La mujer sigue adelante: Yo estoy en el taller de redacción. Cuando llegué el maestro me preguntó cuál era mi proyecto y se lo dije: escribir todo lo que me ha sucedido, una especie de memorias. Ya empecé y me doy cuenta de que al contar las cosas uno las vive otra vez.

Justina felicita a la desconocida, le desea buena suerte y se aleja. De camino a su casa piensa en la mochila, en los cuadernos en blanco. Allí podría escribir la historia de Perla. Dedicará un capítulo a su viaje a la playa. Nunca ocurrió y tendrá que imaginarlo todo. El mareo en el avión. El asombro de Perla ante el mar. Sus juegos con la espuma de las olas. La siesta al atardecer. El cangrejo y la piedra. ¡Qué susto! La foto en el barquito. El viaje de regreso.

Justina considera que su proyecto es absurdo. Aun así, piensa llevarlo a cabo: al menos le brindará una oportunidad de cumplirle a su hija su más grande sueño y rescatarla, aunque sea por breves momentos, del otro, del último, del que ya nunca regresará.