19 de Agosto de 2019

Columna
Bernardo Batiz

El PRI se achica, casi desaparece, pero deja su estilo, su herencia; prácticas en política que tenemos que desterrar lo más pronto posible; pautas de comportamiento que han sido en nuestra vida pública como una segunda piel, arraigadas, naturales, formas de hacer política alejadas de la democracia que ordena la Constitución y contrarias a las reglas éticas que debiéramos tener siempre presentes por patriotismo y dignidad.

El Partido Revolucionario Institucional (PRI) no nació abajo, en el pueblo, no fue organizado por un grupo de ciudadanos interesados en buscar el poder con objetivos comunes y principios compartidos, que es más o menos la definición clásica de un partido político. El PRI nació por un acto premeditado, bien pensado, del poderoso del momento, fue decisión de autoridad, de arriba hacia abajo. En 1928, el jefe máximo de la Revolución, Plutarco Elías Calles, determinó su creación como fórmula para unificar a las diversas facciones, grupos y grupúsculos políticos que proliferaban en el país, enfrentándose unos a otros por cacicazgos y cuotas de poder; fue una decisión del gobernante y para conservar el poder; los ciudadanos no participaron en la decisión, ni tenían fuerza para hacerlo; fue un arreglo de generales y gobernadores, bajo la férrea mano del jefe. Con el reparto de cuotas y territorios, se acabaron los enfrentamientos armados, los asesinatos y las persecuciones entre caudillos y facciones; el partido tuvo desde entonces una organización vertical y una disciplina inquebrantable, basada en la complicidad y en la protección recíproca.

Pasados 90 años, el “invencible” cayó al golpe de una votación popular abundante e intachable, empujada por diversas causas, una de ellas el hartazgo de la ciudadanía por la opacidad y la corrupción de los últimos gobiernos, pero sin duda también porque se presentó en el escenario un partido distinto, recién fundado, con un líder de oposición que durante más de 20 años se enfrentó al sistema sin aceptar arreglos o concesiones, sin doblegarse ante amenazas y persecuciones, como sí lo hicieron otras fuerzas opositoras cuyos dirigentes se avinieron, pactaron, se acomodaron para acceder al poder. Me refiero principalmente al PAN, que pactó con el gobierno de Carlos Salinas con la ilusión de que estaba, a través de unas confusas “cartas intención”, asumiendo en parte una responsabilidad de gobierno.

Cuando nació el partidazo, como fue bautizado, estaban de moda en Europa las corrientes nacionalistas de derecha, que al correr de pocos años darían origen a los fascismos de distintos matices que gobernaron en varios países, destacadamente en Alemania, Italia y España; no es coincidencia ni ocurrencia de Calles el haber incluido el término nacional en el nombre de la organización naciente. Se ha dicho que cuando Calles fue desterrado por Lázaro Cárdenas el libro que llevaba bajo el brazo, para leer en el avión en que salía de México, era Mi lucha, de Adolfo Hitler.

El adjetivo, que de alguna manera ligaba al partido de Estado con la derecha europea, por supuesto no le gustó a Lázaro Cárdenas, quien conservó la estructura partidista pero cambió el nombre por Partido de la Revolución Mexicana, le dio otra orientación ideológica, más a la izquierda, más revolucionaria. El último, el actual, lo recibió en 1946 con un giro a la derecha; se conservaron los sectores obrero (CTM), campesino (CNC), desapareció el sector militar y apareció el nuevo, de organizaciones populares (CNOP).

Los cambios de línea y de nombre respondían a la Ley del péndulo –las cosas van de la extrema izquierda a la extrema derecha y viceversa–, y si bien la orientación difería, conservó características que lo han marcado siempre: nunca dejó de ser un partido de Estado; se apropió de los colores de la bandera nacional; su dirigente máximo fue siempre el poderoso en turno, el presidente de la República; su forma de conservar el poder no era democrática; participó en elecciones, eso fue algo que debemos reconocer; nunca dejó de convocar a comicios, pero tampoco jugó limpio y se aprovechó de los recursos del Estado para ganar siempre.

Un dirigente formal del PRI, Carlos Madrazo, en 1964 dijo: “No queremos rebaños que van y vienen, queremos ciudadano”s; ese tabasqueño intentó democratizar al partido estatal, lamentablemente no pudo lograrlo, murió en un extraño accidente de aviación.

Ahora deja de ser partido de Estado, pero su estilo de hacer política, la complicidad de los gobiernos que llegan con los que se van, la compra de votos –no sólo de ciudadanos, sino de legisladores y de partidos completos–, el control por medio de la dádiva de los medios de comunicación y los arreglos en la oscuridad de las oficinas de gobierno, no acaban de desaparecer. Como escribí en un artículo de hace un año, se encienden luces ámbar, un cambio de fondo implica no sólo derrotar al PRI, sino desterrar sus prácticas tan perversas y tan arraigadas.

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