19 de Agosto de 2018

Mar de historias
Cristina Pacheco
Hubo testigos. Les consta que el Rafael que bajó del taxi no era la misma persona que había salido por la mañana rumbo a la procesadora. Parecía más alto y menos delgado: otro hombre. Una sonrisa satisfecha alegraba su rostro anguloso e inexpresivo. Con el infaltable portafolios colgando de su mano, caminó hasta su vivienda con el paso incierto de quien está achispado. Otra novedad, otro cambio.

En la puerta del 808 se detuvo, como si dudara en entrar. Al fin lo hizo. Minutos más tarde se oyeron gritos femeninos y aplausos solitarios. Imposible mantenerse ajenos a tales expresiones de euforia, raras en una mujer por lo general adusta e irritable: Blanca, la hermana de Rafael. A partir de que su mujer lo echó de la casa –razones desconocidas–, él le pidió asilo por una semana. Ese plazo se ha prolongado diez años.

II

Cesaron las manifestaciones de entusiasmo y Blanca apareció en la puerta del 808 con una cajita de terciopelo negro entre las manos. Después de besarla, la enarboló como si se tratara de un trofeo ganado en la batalla. Poco a poco los vecinos –todos vendedores de peltre y de retazos– fueron apareciendo. Ante el grupo, ya numeroso, Blanca abrió el estuche para que todos vieran su contenido: una medalla de oro, redonda y deslumbrante como el sol que se anhela en días nublados. La incredulidad impuso silencio.

Satisfecha por el efecto que había producido, Blanca llamó a su hermano, pero ya no con el término habitual –Flaco–, sino como Rafa: “Ven, cuéntales. Yo no puedo: estoy tan emocionada... El aludido se retorció las manos hasta que logró hablar: La empresa me otorgó esa medalla como reconocimiento a mis veinte años de servicio. La verdad, no sé si la merezco...

Blanca lo reprendió: Por inseguro. Mil veces te pedí que cambiaras de actitud y no me hiciste caso; de otro modo, a estas alturas habrías ganado no uno, sino diez reconocimientos. Se escucharon risas y un grito: No alcanzo a ver la medalla. Pásenla.

Poner una joya tan valiosa en manos de los vecinos y algunos desconocidos que se habían sumado al grupo, era peligroso. Blanca dispuso que integraran una fila. En orden podrían ver la medalla. Cuando terminó aquella especie de ceremonia, Rafael y Blanca invitaron a sus amigos más íntimos a pasar a su vivienda para un pequeño brindis: antesala de la fiesta que iba a celebrarse por la noche, pero con el portón cerrado para que no se colaran los raterillos del rumbo.

Nerviosa, más devota que nunca, Blanca puso el estuche con la medalla en el sitio más seguro: la repisa atestada de vírgenes y santos. De allí nadie se atrevería a bajarla. A cambio de su seguridad la medalla perdía lucimiento, pues nadie iba a poder verla. Rafael encontró la mejor solución: enmarcarla y ponerla en el muro principal de la sala, a buena altura.

III

Por la noche, a través del portón, escaparon los rumores de la fiesta y el motivo: celebrar que Rafael hubiera recibido el más alto reconocimiento que otorga la procesadora: el resplandor del triunfo envolvió a los habitantes de un barrio de perdedores esforzados e incansables.

La fiesta se prolongó toda la noche. Para el domingo ya se había restituido la normalidad. Sin embargo, no faltaban los visitantes que acudían a la vivienda 808 para pedir a Blanca que les permitiera ver la medalla. Tanta curiosidad preocupaba a Rafael. Por las noches, con el mayor sigilo para no despertar a su hermana, se levantaba para asegurarse de que el trofeo seguía en su sitio, pero sobre todo para contemplarlo: veinte años de su historia estaban concentrados en el hermoso disco de oro.

Aunque aún era joven, dudaba de que contaría con tiempo y fuerzas suficientes para hacerse acreedor de otras medallas como la que acababa de recibir, tan significativa por encima de su valor material. Nunca había pensado en ese aspecto, pero Celorio, a la luz de un rumor de despidos, se lo hizo ver: Si entras en el recorte ni te apures: mandas fundir la medalla y la vendes como oro. Con el chingamadral de lana que te den podrás irla pasando mientras encuentras trabajo.

Celorio no era el único que pensaba en esos términos. En momentos críticos causados por las dificultades económicas, Blanca le decía a su hermano: No es justo que vivamos así cuando tenemos una fortuna colgada en la pared. Vamos fundiendo la medalla. Los parientes, que de pronto empezaron a visitarlos, aunque nadie se los pidiera opinaban acerca del trofeo: No tienten al diablo, no tengan eso aquí: guárdenla en el banco. En el hotel donde trabajo hay caja fuerte: puedo pedir que nos permitan guardarla allí.

Rafael empezó a sentir que la medalla era de todos menos suya. Por si fuera poco, en secreto empezó a temer que Blanca, en uno de sus malos momentos, hiciera fundir la medalla sin consultárselo, amparada en su condición de hermana mayor y protectora.

IV

Una tarde, Blanca rompió su costumbre de no molestar a su hermano en horas de trabajo y lo llamó: El dueño piensa deshacerse de la vecindad. Dice que, si queremos, puede vendernos las viviendas a muy buen precio y con un enganche bajo. Jamás tendremos mejor oportunidad. Si fundiéramos tu medalla...

Rafael no escuchó más. Blanca tenía razón, pero sintió que no debía ceder. Usó la hora de la comida para volver al 808, tomar la medalla y llevarla con un valuador. Sí es de oro, y del bueno..., dijo el experto.

En vez de reintegrarse al trabajo Rafael regresó a su vivienda. Lo hizo despacio, a pie, para dar tiempo a que Blanca volviera de su chamba. Mientras, él maduraría el plan que iba a poner a salvo su único tesoro. En cuanto estuvo frente a su hermana, con expresión compungida, le dijo: Lo siento. La medalla no es de oro, sólo tiene un bañito. Valdrá, cuando mucho, quinientos pesos.

La decepción de Blanca se convirtió en llanto y expresiones violentas contra los jefes de su hermano. A partir de ese momento, sin darse cuenta, volvió a llamarlo Flaco. El cuadro con la medalla fue a dar al cuarto de Rafael. Por las noches, cuando sabe que su hermana duerme, contempla el trofeo que ya sólo le pertenece a él.