18 de Julio de 2019

Columna
John Saxe-Fernández

Desde el inicio de este sexenio y aunque tal sea el mandato constitucional que los hacendistas de ayer burlaron, por 36 años, la Secretaría de Energía enarbola las banderas del interés público nacional. Son planteos que causan escozor a calificadoras, al big oil y al establishment republicano, a pesar de que el nacionalismo económico tiene en EU profundas raíces y no es patrimonio exclusivo del nacional trumpismo, pero hay sus diferencias. Quien revise la historia económica y político-ideológica del vecino pronto descubrirá, entre otras sorpresas que ese fenómeno ha estado presente desde tiempos de Washington y Hamilton hasta estos días de agresivo unilateralismo arancelario. De la mano de Kolko, LaFeber o Chomsky, el público lector pronto se topará con abundantes ejemplos de proteccionismo y agresiva unilateralidad arancelaria y bélica de EU, de cara a la competencia británica y luego europea, japonesa, rusa o china.

Esa élite no confía en la mano invisible del mercado. La centralidad de la guerra que cubre más de 95 por ciento de su existencia como nación está en la base del monumental despliegue del Estado y de la preferencia de esa élite por el puño del Pentágono o por la criminalidad de servicios de espionaje como la USAID. Tampoco los fétidos vientos de abierto supremacismo blanco y de nazifascismo que expulsa la Casa Blanca, son importados. Proceden de la entraña de su racismo y expansionismo territorial sobre las naciones indígenas de la América del Norte y de México. Ese expansionismo territorial, su legislación racial y leyes de ciudadanía admirados por el liderato nazi fueron inspiración para las leyes raciales nazis de Nuremberg (1935) y modelo para la brutal praxis del espacio vital hitleriano. Ver James Q. Whitman en Hitler´s American Model, Princeton University Press, 2017.

EU rechaza eso de “agregar valor al crudo” o peor, lo de “recuperar el manejo de funciones esenciales a Pemex” lo que en efecto se refiere a echar atrás el vaciado de operaciones y de la gestión del petróleo perpetrado paso a paso por los hacendistas para la privatización vía los contratos de servicios bajo la directriz imperial de “conducir a Pemex a un punto de venta”, enarbolada bajo la vigencia de un régimen acreedor a ultranza, resultado no de imperativos de la globalidad, sino de la torpe negociación de la crisis deudora de entonces (1982). Y para “eso” el reclutamiento de hacendistas locales vía empréstitos de “ajuste estructural” cuyas comisiones han sido tan jugosas que llevaron a Joseph Stiglitz, ex primer economista del Banco Mundial, a revelar al periodista Greg Palast, que “lejos del ajuste estructural debían denominarse “empréstitos de sobornización”. Stiglitz dijo a Palast que la esencia del mecanismo privatizador “se puede llamar con más precisión la sobornización. En lugar de oponerse a la venta de industrias estatales, Stiglitz me dijo que los líderes nacionales –usando como excusa las exigencias del FMI– liquidan alegremente sus empresas de electricidad y de agua”. “Podías ver cómo se les abrían los ojos” ante la posibilidad de una “comisión” de 10 por ciento, pagada en cuentas suizas, por el simple hecho de haber bajado “unos cuantos miles de millones” del precio de venta de los bienes nacionales”. Ver Greg Palast, El globalizador que desertó, en voltairenet.org

De aquí que las medidas para recuperar la fortaleza del sector petroeléctrico resulten pecados no tanto contra los dogmas sagrados de algunos hacendistas locales, sino contra los grandes intereses monopólicos del big oil lo que transforma a los hacendistas locales en meros country managers de empréstitos y contratos leoninos de “servicios”. Son actos sacrílegos por ser parte del esfuerzo histórico por revertir la desindustrialización y privatización del gas, el petróleo de Pemex y la electricidad de la nación. Para el big oil la política de revertir la desarticulación administrativa de Pemex es merecedora de la condena de las calificadoras, máxime si se trata de promover el renacimiento en México de encadenamientos productivos en el área de la petroquímica, brutalmente agredida junto a miles de pequeñas y medianas firmas. Si se agrega “la aspiración de generar empleo vía la transformación del petróleo”, entonces se entenderá por qué para ellos esas son “actividades de bajo desempeño” y por qué desde el inicio del gobierno de Morena, Trump y las calificadoras S&P, Fitch y Moody’s actuaron al unísono. Son las firmas que guardaron silencio en medio del ensordecedor saqueo del sector.

La matriz de Citibanamex sintetizó con prístina religiosidad su aval a las calificadoras: “Creemos que Pemex no se volverá más eficiente ni rentable, ya que asignará capital a actividades de bajo rendimiento, no mejorarán significativamente los procesos operativos y de gestión y preferirá: realizar la mayoría de las actividades por si solo en lugar de asociarse con el sector privado”. (El Universal,16/Feb/2019)

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