18 de Julio de 2019

Columna
Abraham Nuncio

Sólo por ignorancia o mala fe, algunos pueden llamarse a sorpresa y aun, a escándalo, por los movimientos y acciones registrados en el primer medio año del gobierno que encabeza López Obrador.

En poco más de un siglo, los mexicanos hemos tenido cuatro cambios de gobierno que han significado transformaciones y giros significativos: los de Madero, Carranza, Cárdenas y el del propio López Obrador.

No bien asumió Madero el poder –un poder con rasgos innovadores y de orientación democrática–, la disputa de las facciones revolucionarias se manifestó, así como las intrigas entre los miembros de su gabinete. Conciliador, pero ingenuo, aceptó que la mayoría de sus integrantes proviniera del antiguo régimen. Lo mismo ocurrió con los generales de mayor rango e influencia en el Ejército.

Acostumbrada cierta prensa a servir los intereses creados durante el porfiriato, a Madero lo hizo objeto, sistemáticamente, de ataques, muchos de ellos calumniosos, sangrientos y cargados de odio. Nada que en estos días nos sea extraño. De El Imparcial, El País, El Mañana, Multicolor y un largo etcétera, hoy tenemos las versiones del siglo XXI en una clara labor de zapa al nuevo gobierno. Ya El Mañana proponía a Victoriano Huerta como el protagonista que traería, nuevamente, la paz y “el progreso a la nación”.

A Venustiano Carranza no le fue mejor incluso siendo el primer presidente en el contexto de la Constitución de 1917. Apenas cuatro meses después de asumir el mando se registró una extensa huelga en Puebla y Tlaxcala. A ella siguen movimientos militares de las activas y diversas fuerzas revolucionarias, y no sólo: también de las sobrevivencias porfirianas encabezadas por Félix Díaz en Veracruz (algo que hoy también vemos en personajes de gobiernos de la derecha aparentemente partidarios de la legalidad democrática).

Carranza verá a lo largo de su periodo rebeliones militares, tumbos de la economía, críticas y movilizaciones de la Iglesia católica, de los empresarios opuestos a los derechos laborales y de los campesinos legislados en la nueva constitución. Pero lo peor: las ambiciones de poder de sus propios generales, uno de cuyos complots lo hace sucumbir en Tlaxcalantongo.

Lázaro Cárdenas tendrá que lidiar con enemigos similares; señaladamente la derecha fortalecida, que terminará por crear su partido, el más longevo, y que no dudará en aliarse a los intereses de las compañías petroleras antes y después de la expropiación de la industria en 1938. Mantienen su influencia o tienen cierta vigencia episodios y actores vinculados a los Tratados de Bucareli contrarios a nuestra soberanía petrolera, la guerra cristera, el maximato, la iniciativa callista de la educación socialista, la oposición militante de los patrones –los de Monterrey con gran ímpetu– a las organizaciones emergentes de obreros y campesinos, y otros escollos a los que no son ajenos los intentos de asonadas, como la de Saturnino Zedillo.

Una de las primeras acciones de Cárdenas, a efecto de contar con un equipo sintonizado con su gobierno, será pedir la renuncia de su gabinete en pleno. La prensa que responde a las tradiciones y tendencias de los gobiernos anteriores no dejará de ulular y acusar de traidor a Cárdenas por esa y cualquiera otra acción importante o alguna minucia. ¿No nos suena a últimas noticias? Luego sus patrocinadores serán los principales beneficiarios –hasta el boom petrolero, 40 años después–, del acto por el que en su momento lo condenaron acremente (de manera enfática, Manuel Gómez Morín, abogado de decenas de empresas, asesor de las petroleras británicas y líder del PAN).

En esos tres gobiernos inaugurales de una nueva época se localiza, una y otra vez, a los principales causantes de las dificultades, ambiciones desmedidas de poder, desestabilización y complots para reinstalar a los gobiernos anteriores plagados de actos impopulares, atropellos legales, despojo, asesinatos, pobreza, pérdida de soberanía y de valores reales. Ellos han sido, en primer lugar, los gobiernos de Estados Unidos y sus aliados nacionales, un sector de los empresarios, y actores como la Iglesia católica, el sindicalismo corrupto, el Ejército y la prensa identificada con ellos. Pero quienes les han dado efectividad a sus aviesos (y tontos) propósitos son aquellos a quienes se les puede considerar el frente interno de cada uno de los gobiernos a los que han podido doblegar. Hasta ahora, el único que ha salido airoso de tales embates ha sido el de Lázaro Cárdenas.

El gobierno de López Obrador intenta establecer formas y prácticas de gobierno que renueven lo podrido y carente de vigor social y calidad de vida que nos dejaron los anteriores gobiernos. No sin errores, es cierto. Pero quienes lo atacan, con razón o sin ella, pretenden que en seis meses componga –claro, sin su colaboración– lo que esos gobiernos desvencijaron en seis sexenios. Sus intentos no fructificarán a menos que, como en los gobiernos de Madero y Carranza, puedan contar con un frente interno favorable a sus propósitos.