18 de Mayo de 2019

Editorial
la Jornada
Encuadrada en un complejo escenario que va más allá de las relaciones económicas México-estadunidenses, y aun del acuerdo firmado en noviembre pasado entre nuestro país, Canadá y Estados Unidos (el llamado T-MEC), la decisión de Donald Trump de eliminar los aranceles al acero y aluminio mexicanos viene a demostrar, una vez más, que en materia de economía los socios y los competidores son un mero producto de las circunstancias. 
 

Fue Wilbur Ross, secretario de Comercio de Estados Unidos, quien a nombre de su gobierno anunció, en junio del año pasado, que en adelante las importaciones de aluminio y acero procedentes de México sufrirían un gravamen arancelario de 10 y 25 por ciento, respectivamente. La medida no respondía a una necesidad de orden económico; de hecho, se trataba de una especie de represalia política porque el ocupante de la Casa Blanca estaba inconforme con la forma en que transcurrían las conversaciones con sus socios de la región (México y Canadá) en torno al acuerdo sobre el pacto que vendría a remplazar al TLCAN. La declaración de Ross en el sentido de que Trump tenía autoridad “para hacer lo que desee en materia comercial” colocaba a la medida más cerca del capricho que de la racionalidad comercial. Pero además no apuntaba a los afectados directos, sino a China, verdadero “enemigo principal” de la actual administración de Washington, decidida a impedir que su competidor asiático eventualmente exportara acero y aluminio a través de México y de Canadá. 

La reconsideración de Trump y la revisión del castigo arancelario dan cuenta de que el gravamen no era de gran utilidad para Estados Unidos y de que el presidente de la todavía primera potencia empieza a variar ligeramente su actitud frente a México, incluso cuando algunas veces, y más que nada pensando en los próximos comicios y en las fobias de su electorado “duro”, retome su tono belicoso. Los republicanos en el gobierno parecen haber advertido que, en su guerra estratégica con Pekín, seguir hostilizando a nuestro país equivaldría a acercarlo más a China. Mientras tanto, México continúa incrementando su penetración en el mercado de EU y exportando al norte productos que se apartan de los tradicionales. lo que mejora mes a mes los términos de la balanza comercial mexicana. 

En este punto cabe señalar la acertada política que el actual gobierno de México está mostrando en la siempre complicada relación con su similar de Washington, enfatizando los puntos de potencial acuerdo y sorteando con destreza los conflictivos. Un ejemplo de ello es el enfoque que se le ha dado al comentado levantamiento de los aranceles: en lugar de presentar la disposición como un triunfo de los negociadores mexicanos en este asunto concreto –entre los cuales Jesús Seade, subsecretario para América del Norte, ha destacado por su notable capacidad de maniobra–, han preferido celebrar la tersura con que se está llegando a acuerdos, así como la perspectiva de que el T-MEC reciba la aprobación del parlamento canadiense y los congresos mexicano y estadunidense, instituciones que tienen que darle el carácter de definitivo al nuevo instrumento comercial.