17 de Abril de 2019

Columna
Javier Aranda Luna

A un escritor debemos la sobrevivencia de Notre Dame en un siglo XIX encandilado por la nueva arquitectura levantada a costa de las demoliciones, las profanaciones, las irreverencias de escuelas y academias parisinas contra la arquitectura medieval. Al mismo escritor debemos el rescate de su oscura profecía escrita en griego antiguo en una de sus paredes, "Fatalidad", y que fue borrada de la piedra por el "buen gusto".

Alarmado por las demoliciones de edificios y fachadas medievales en el París del siglo XIX, Victor Hugo escribió numerosos panfletos en favor de la arquitectura gótica. "Es desolador ver en qué manos ha caído la arquitectura medieval y cómo tratan los amasadores de yeso del presente la ruina de este gran arte".

Se quejaba de que en la gran ciudad, la ciudad letrada, en la capital de la prensa y del pensamiento, un grupo de albañiles llamados arquitectos demolieran a pico y pala hermosos edificios y sustituyeran detalles arquitectónicos.

Se preguntaba: "¿quién ha puesto fríos cristales blancos en lugar de aquellas vidrieras de colores?" Le preocupaba que ya "se hablaba de arrasar la admirable capilla de Vincennes para hacer con las piedras no se que fortificación".

Tenía muy claro que tres eran los jinetes del Apocalipsis para cualquier monumento histórico de París… el tiempo que les hace mella de manera insensible, las revoluciones políticas y religiosas y, finalmente, las modas, "cada vez más grotescas y tontas".

“En nombre del ‘buen gusto’ –nos dice en una parte de su novela–, han aplicado descaradamente sobre las heridas de la arquitectura gótica, sus miserables perendengues.

“Desde hace unos días hay un andamio en la torre de Saint-Jacques-de-la-Boucherie y en cualquier momento el pico se pondrá a trabajar. Han encontrado un albañil para construir una casita blanca entre las venerables torres del Palacio de Justicia. Han encontrado otro para cantar Saint-Germaine-des-Pres, la abadía feudal de tres campanarios… todos esos albañiles se creen arquitectos, son pagados por la Prefectura… todo el daño que el mal gusto puede hacer al buen gusto ellos lo hacen”.

El éxito de su novela entre los lectores comunes y la crítica no sólo frenaron la fiebre de las demoliciones parisinas sino estimuló una corriente en favor de la arquitectura y los monumentos antiguos. Hugo pretendía inspirar a la nación "el amor por la arquitectura nacional". Ese "arte maravilloso hasta el momento desconocido por unos y, lo que es todavía peor, mal apreciado por otros".

Con Nuestra Señora de París,Victor Hugo resemantizó el mito de la bella y la bestia y del amor constante más allá de la muerte. Recordemos que en la novela, después de la ejecución de Esmeralda, Quasimodo muere por voluntad ceñido al cuerpo de su amada. Son sus nupcias negras con el cadáver de una novia vestida de blanco.

Si Hugo conjuró con su novela la fatalidad de las demoliciones contra la arquitectura gótica, nada pudo contra la incuria de nuestros días. La mejor imagen de Notre Dame será ahora como lo fue desde 1832 la trazada por el genio de Víctor Hugo, el mejor defensor, como decía, de las causas perdidas.