15 de Abril de 2018

Mar de historias
Cristina Pacheco

A estas alturas he sido demostradora de toda clase de productos en varios supermercados. Un tiempo me dediqué a una marca de salchichas, otro a un yogurth cero calorías, luego a un detergente biodegradable y más tarde a un aceite de girasol enriquecido con nutrientes. Ahora estoy promoviendo un queso botanero de dos sabores: piñón y arándano.

Este trabajo no es tan descansado ni tan sencillo como parece. Hay que estar de pie muchas horas y poner buena cara todo el tiempo, aunque me duelan los pies. Además, tiene un aspecto muy triste: la actitud de algunos clientes. Me acerco a ellos para ofrecerles un trocito de queso y varios me lo rechazan como si estuviera regalándoles veneno; otros, en cuanto ven que me acerco ponen cara de ¡ay, qué lata!, o pasan rápido sin decir con permiso ni tener la precaución de no golpearme con el carrito. Para ellos, una promotora no existe como persona. Nos ven como un estorbo y nada más.

Otra cosa que me desagrada de este trabajo es que nos están rotando todo el tiempo. Después de algunas semanas de estar en un supermercado, cuando el personal ya te conoce y te saluda, la agencia te manda a otro que a lo mejor queda mucho más lejos, pero ¡ni modo! Hay que obedecer y empezar de cero.

II

En este súper es en el que he estado durante más tiempo. El sitio me gusta y saludo a todos los que trabajan aquí. La chaparrita que a veces atiende la caja rápida siempre que pasa junto a mí me dice: Ninfa: ¡échale ganas!Eso me alegra porque siento que al menos alguien me toma en cuenta y no me considera un molestia, porque comprende que estoy trabajando.

Con la práctica uno va conociendo a la clientela y sólo por la forma en que aceptan las muestras sabemos si nos van a comprar o no el producto. Hay una señora, ya muy grande, muy pintadita, que viene a diario entre doce y una de la tarde. Ella sí acepta con mucho gusto el trozo de queso que le ofrezco. Lo saborea, promete que un día va a comprarlo y luego se dirige hacia donde está la promotora de jugos y hace lo mismo: toma la prueba, la disfruta y se aleja despacio empujando su carrito con dos o tres cosas que de seguro pagará con su tarjeta de ayuda para adultos mayores.

Conste que no la critico. Entiendo que a su edad no pueda trabajar y que con el poco dinero que recibe no le alcanza para darse el lujo de comprarse un cartón de jugo o un queso. Si por mi fuera, le regalaría uno, pero es algo que no puedo permitirme.

III

Hoy en la mañana me llamaron de la agencia para informarme que sólo hasta el fin de quincena seguiré trabajando aquí. Me cambian a un súper en Lindavista. Lo bueno es que mi casa queda por la avenida de los Cien Metros, así que gastaré menos en pasajes. Con lo que ahorre podré cambiar de lentes, porque con los que traigo veo mal.

Lamento dejar este súper, entre otras cosas porque ya no veré a clientes con los que me había familiarizado. Por ejemplo, una pareja de jóvenes. La muchacha es muy morena y él sumamente alto y pálido. Basta con ver su físico para darse cuenta de que no es de aquí, pero además habla un idioma rarísimo que yo nunca había oído. De repente él toma algún producto, se lo muestra a ella y hace un gesto que significa: ¿Cómo se llama esto en español? Su novia le responde despacio. No creo que nadie en el mundo haya dicho con tanta dulzura cebolla, desodorante, papel sanitario, limón, jitomate, chirimoya.

El muchacho es el encargado de empujar el carrito e ir llenándolo. Casi siempre compran lo mismo: verduras, fruta, cervezas, pasta, una botella de vino y algunos productos para la limpieza. Al encaminarse a la caja se detienen frente al área de flores y eligen un ramo. Mientras lo seleccionan ríen, se murmuran cosas al oído y se besan con discreción.

Cuando se van no puedo evitar imaginarme que esas flores, divididas en dos manojos, adornarán su recámara y la mesa del comedor, o simplemente el mantel que extienden en el piso para comer. Son muy jóvenes. Pueden soportar mil incomodidades y, además, disfrutarlas.

La primera vez que vi a esa pareja me despertaron muchos recuerdos bellos. Tuve la impresión de que esos muchachos, de los que no sé nada más, eran como ángeles que habían aparecido en mi panorama con la misión de regresarme la fe en el amor que perdí hace mucho tiempo.

Por la noche, cuando salí de trabajar, hice algo que llevaba años de no hacer: compré un ramo de claveles. Enseguida me sentí renovada y alegre. Me gustaría decirles a esos enamorados el efecto que tuvo sobre mí ver sus expresiones de amor y de ternura, cuando por todas partes sólo encuentro muestras de violencia, crueldad y odio.

IV

Cada supermercado tiene su estilo, un olor especial y cierto tipo de clientela. Rápido tendré que adaptarme a la de Lindavista, aprender a aceptar sus actitudes, ya sean amables o impacientes. Me gustaría que entre el nuevo grupo de personas a las que trataré apareciera una pareja que me inspirara a comprar un ramo de flores que embellezca mi vida, mi casa y mi corazón.