14 de Agosto de 2019

Columna
Luis Linares Zapata

Retorna el viejo dilema de consolidar el crecimiento para, después, repartir la riqueza generada o su contrario: repartir para inducir el crecimiento. Alrededor de este tipo de diferendos se desenvuelve, por estos días, la disputada actualidad del país. Las diferencias que han surgido, en medio de visiones encontradas, van dando forma a posturas que solicitan y hasta exigen acuerdos.

Ya en el siglo XIX en Dinamarca fue tomando forma la conciencia de incluir, orgánicamente, a los individuos caídos en los dramáticos bolsones de pobreza y marginación que, por esos inhumanos días, afectaban a dicha nación. Poder hacerlo les dotó con la energía indispensable para conseguir el desarrollo compartido del que ahora presumen ante el mundo. Aquí, durante la lucha revolucionaria, surgió la inquietud de incorporar a los excluidos y sus demandas. Fue un intento que tuvo concreciones, pero, desafortunadamente, insuficientes. No fue sino hasta el gobierno del general Cárdenas que se retomó, con enérgicos actos restitutivos de derechos, el impulso de trabajar por una sociedad más igualitaria. En ese periodo se incorporaron al desarrollo mayores contingentes de trabajadores del campo y la industria que contribuyeron, con logros notables y sólidos respaldos, al crecimiento económico con más justicia.

El Presidente de la República ha ido difundiendo el que otrora tituló modelo alternativo de nación. En ese conjunto de propuestas, guiadas por una visión abarcadora, se apuntala al Plan Nacional de Desarrollo. La narrativa que ahí se plasma, concreta, con seriedad y precisión, varios de los programas distributivos ya en marcha. Y no sólo en esas propuestas se atisban nuevos derroteros sino, también, se enchufan otras muchas decisiones de índole meramente política. Es, en este primordial terreno donde no ha habido dudas ni titubeos, sino enérgicas acciones que han causado estupor en amplios sectores de la población. En especial entre aquellos que obtenían beneficios y ventajas indebidas. Se trata, con tales actos de autoridad, de modificar, de trastocar, de abandonar rituales y malformaciones financieras u organizativas que se prestaban a conductas equivocadas.

Las ondas desatadas por la enérgica marcha, iniciada desde la cúspide del nuevo poder, se han esparcido por innumerables rumbos de México. En la mayoría de los casos donde se han ejecutado dichas iniciativas –con duros e implícitos cambios– la ciudadanía ha dado su apoyo de manera entusiasta y renovada. Se aprecian, desde la amplia base de la pirámide poblacional, coincidencias sustantivas con la marcha de la nueva administración. Surgen así y de manera continua, expresiones y acuerdos aún en medio de la incertidumbre causada por los sucesivos y veloces cambios. Aquellos que dieron su indiscutido respaldo en las urnas a las propuestas de transformación radical no se han sentido defraudados. Por el contrario, se les han ido uniendo otros muchos que expresan, de forma abierta, sus coincidencias con la marcha del gobierno. Las sonoras oposiciones que han expuesto los afectados o, también, los que disienten por concepciones distintas, forman, de variada manera, el entramado consustancial de la vida democrática. Navegar en medio de críticas es ya un distintivo que norma la actualidad plural de esta nación. También lo es el respeto mostrado, sin trabas o injerencias, entre los poderes de la unión, a diferencia de tiempos pasados, por fortuna en vías de extinción. Sendas formaciones de ciudadanos que ahora aspiran a construir un México distinto al conocido no se sienten relegados y tampoco abandonados. Por el contrario, a cada paso certifican que, el Presidente está, todos los días, con ellos y para ellos. Esta constancia se aprecia como la forma de gobernar que escogieron al votar por Morena y su candidato. La serie, bien conocida y estudiada de sondeos de opinión, ha ido certificando tal concordancia con el copioso mandato de las urnas.