14 de Marzo de 2019

El último lector
Rael Salvador

Los Ensayos de Montaigne guarda páginas inconmensurables que no son otra cosa que oro espiritual en la comprensión de lo humano.

Siempre estamos observando y criticando lo que nos resulta inadecuado o adverso, insultante o desproporcionado y, chicle para todas horas, así mordisqueamos nuestra propia rabia hasta sacarle la última gota de espuma envenenada.

Tomemos en cuenta que, más allá del chaleco explosivo, el componente químico de una bomba humana es su fácil rencor, el odio suscrito a la confusión, la animadversión desesperada, el miedo a lo diferente, el blanco como finalidad alucinada.

Montaigne refiere que los auténticos cazadores saben que el verdadero objetivo de la caza es la búsqueda de la presa, el ejercicio y aprendizaje de ir tras ella: “La persecución y la caza corren propiamente de nuestra cuenta: no tenemos excusa si las efectuamos mal y fuera de propósito. Fallar en la captura es otra cosa. Porque hemos nacido para buscar la verdad; poseerla corresponde a una potencia mayor (…) El mundo es sólo una escuela de indagación. Lo importante no es quien llegará a la meta, sino quién efectuará las más bellas carreras”.

Cualquier vieja sabia de aldea, como mi abuela, dirá que “el viaje es la aventura de su transcurso, el despliegue fantástico y disfrutable que reta, paso a paso, a la imaginación preconcebida, jamás la llegada, el arribo o el destino”.

Ahora que los perros abren sus hocicos –cuando la más de las veces se la pasaron escondidos para lamerse las heridas–, los ladridos retumban como reumático coro de vecindario.

Perros que no saben ya por cual lado del pelo defecan.

El cruel Arístenes, de la ateniense escuela Cínica, conociendo la perenne estupidez de la condición humana, aseveraba: “Un hombre ignorante, inculto, da lo mismo que hable o se pedorree”.

Al político en turno se le ve como un individualista incorregible, una blasfemia querida, beneficiosa por obligación, que se debe en su totalidad a los reclamos del vulgo, el cual se hermana más en la barbarie que unido en hacia el bien común.

Cuando uno piensa que la realidad definitivamente tiene que ajustarse a nuestros caprichos, lo más probable es que la realidad se haga a un lado y nos deje un vacío donde sólo anidará la especulación de esa realidad.

Esto sucede con mayor frecuencia de lo que uno imagina.

La gente no lo ve, no lo comprende, no es sensible a ello; pero la realidad se las arregla sola y nos entrega oportunamente sus evidencias en forma de cadáver.

Los comunicadores, acariciados por el lomo y cantando loas al cielo de tener un empleo, colocan con la tinta de sus plumas los cortinajes de humo.

La información se maquila, se manipula, se tergiversa, ofreciéndole otra significación al lenguaje, otra cara al sol de la realidad.

Empañando con el lodo de la conveniencia, la ventana del periodismo muestra su gesto fingido, favoreciendo sólo a aquellos que no les conviene que la realidad tenga un nombre propio.

En contraposición de la bondad del engaño, la realidad es una decisión egoísta.

raelart@hotmail.com