13 de Septiembre de 2017

Columna
Elizabeth Villa

Una de las consecuencias del crecimiento del oeste norteamericano que tuvo relación con Baja California y el turismo que fluía hacia Tijuana, fue la aparición de una literatura de viajes producida por aventureros, científicos, naturalistas, ejecutivos retirados y periodistas, todos ellos residentes en los estados del suroeste norteamericano. Las publicaciones aparecieron durante la Segunda Guerra Mundial y hasta fines de la década de 1960 y se editaron en varios lugares, especialmente en Nueva York y Los Ángeles. De manera simultánea a la aparición de estos libros, las cualidades de la península bajacaliforniana fueron descritas ampliamente en artículos de revistas de divulgación como CoronetDesertFlyingFour WheelerForthnightSunset y Westways. Coinciden todas ellas en construir la imagen del desierto como un lugar desolado y atractivo para la exploración. Sus números contienen artículos que relatan aventuras de viajeros que se adentraron en la misteriosa tierra de la Baja y regresaron ilesos. En sus páginas se publicaban también fotografías y poemas paisajísticos que celebraban la belleza del desierto.

En conjunto, estos libros y revistas construyeron un género de literatura que siguió la estructura de las publicaciones llamadas log of Baja, promovidas por The Automobile Club of Southern California. Todos estos registros contenían una descripción temática o cronológica del viaje que iniciaba en un punto de los Estados Unidos cercano a la frontera y que culminaba con su retorno. Incluían un mapa que ilustraba el recorrido realizado por los autores así como fotografías de los hallazgos más impactantes para el cronista. Tanto los libros como los artículos estaban bien cuidados en sus formas: buen papel, buena tipografía y excelentes imágenes e ilustraciones de portada. Estaban diseñados para llamar la atención del lector y conseguían presentar un perfil estético del desierto californiano.

Una de las causas de este interés por la península se derivó de la concentración de una gran cantidad de talento científico en centros de investigación de California, como The California Institute of Technology's Jet Propulsion Laboratory, The Scripps Institute of Oceanography y The Radiation Laboratory en la Universidad de California. The Scripps Institute financió durante mucho tiempo viajes de reconocimiento y registro, y participó junto al Museum of Natural History en el establecimiento de The Vermilion Sea Field en Bahía de Los Ángeles, lugar donde se realizaban estancias de investigación científica. También la Universidad de California contribuyó a este interés. En el verano de 1964 ofreció un curso dedicado al estudio de Baja California, ofertado de manera extensiva en cuatro de sus campus. El clímax del seminario fue un recorrido por la península, que tenía como destino la ciudad de La Paz. De este viaje y muchos otros similares surgieron bitácoras de registro que se convirtieron en libros de gran aceptación entre los turistas extranjeros.

Pero la crónica de frontera que representó The log of Baja también se construyó por un interés genuino y como respuesta a las necesidades primordiales de los individuos. El deseo de aventura y el orgullo de “haber conquistado Baja” se manifiestan en el discurso de estos registros. Alan Zoch, de Santa Monica, se ufanaba en un artículo aparecido en la revista Forthnight de haber atravesado en burro la península, si es que tal hazaña era posible. Otros, como Randall Henderson, narraban las peripecias acaecidas para llegar a lugares remotos como el Cañón del Diablo. No obstante, dejaban claro que la aventura no era para todos. Era necesario contar con un vehículo bien equipado que permitiera trasladarse sin dificultad en medio de la aridez del camino. En este sentido, el Jeep, vehículo todoterreno desarrollado para las operaciones de la guerra, fue el instrumento que hizo posible que muchos de estos viajes over the Baja estuvieran dotados de un embriagador sentimiento de conquista.

Además de los entretenidos episodios que narran estos registros, también puede percibirse en su discurso cierto encanto por la desolación del paisaje y una actitud de serena contemplación y subyugación ante la naturaleza. Los viajes también estaban motivados por la ilusión del encuentro con una sociedad preindustrial. Baja California representó para estas generaciones de californianos la frontera salvaje de Norteamérica, a la que había que visitar antes de que la modernización acabara con ella. O.W. Timberman, un ejecutivo retirado residente de Arizona, expresaba en su libro Mexico's diamond in the rough, que su motivación para realizar el viaje por la península fue el resultado de un fuerte deseo por encontrar un lugar lejano, libre de las multitudes y las carreras de la vida diaria. Creía estar siguiendo el modelo de aquellos que construyeron la nación americana: “buscando nuevos espacios para construir hogares y granjas, venciendo aquellos obstáculos y peligros que se interpusieran en la conquista de nuestros sueños.”

La trayectoria que recorrieron los cronistas que registraron la Baja se convirtió con el tiempo en un circuito turístico que partía de San Diego, cruzaba la frontera por Tijuana y tomaba el camino hacia Ensenada. A partir de ahí, el camino de la aventura comenzaba. En el poblado de Santa Rosalía se embarcaban con todo y vehículo hacia Topolobampo, Sinaloa, donde emprendían la ruta de regreso hacia Guaymas, Sonora para conectarse con la carretera que en poco más de seis horas los dejaba de nuevo en Nogales, una de las puertas de entrada a “la civilización”.