13 de Agosto de 2019

Columna
Vilma Fuentes

Los cambios de estación, primavera, verano, otoño e invierno tienen un papel importante en las costumbres y comportamientos de residentes en los países europeos y particularmente en Francia. En la actualidad, con los luminosos días del verano, es la época de las vacaciones. Quienes poseen los medios suficientes y la oportunidad preparan desde buen tiempo atrás la organización de su vida personal o familiar durante estos momentos privilegiados. Algunos sueñan con salir de viaje, ir a orillas del mar, encontrar una playa, rentar un pabellón o llegar a un terreno de camping para instalar su tienda de campaña. Esta ruptura, con el tiempo ordinario y las obligaciones de los horarios del trabajo cotidiano, se ha vuelto un rito que toma ahora un carácter casi sagrado.

Las vacaciones, o los asuetos, son como el domingo de la vida. Temporada de dicha: el individuo recupera la dignidad de una existencia más libre. Debe recordarse que no fue sino a la llegada al poder del Frente Popular, en 1936, cuando se dio el acontecimiento, quizás el más destacado, de recuerdo inolvidable, que fue la creación de asuetos pagados. Fue una revolución, tanto política como social, la cual modificó de manera profunda las costumbres de las poblaciones urbana y rural. Por vez primera los trabajadores podían llevar a sus hijos a ver el mar. Ese mar que muchos nunca habían visto. Los pequeños citadinos descubrían el campo o la montaña. Los novedosos paisajes, el vasto panorama, eran al mismo tiempo sueño y descubrimiento. De esta experiencia brotaron relatos, libros, novelas y películas. Incluso un escritor de vanguardia, tan sofisticado como Samuel Beckett, parece sentir la nostalgia de este tiempo afortunado cuando escoge como título de una de sus piezas de teatro: Oh, les beaux jours.

En nuestros días, el desarrollo incontrolable de la circulación automotriz provoca embotellamientos monstruosos, cercanos a la catástrofe, durante las grandes salidas de vacaciones ocurridas siempre en las mismas fechas 31 de julio, 30 de agosto, cuando en todas las carreteras quienes parten se cruzan con quienes regresan de su asueto veraniego. Esto también da lugar a numerosos filmes, en particular del género cómico, donde brillan comediantes tan populares como Louis de Funès, quien ahora tiene un museo con su nombre, el cual acaba de crearse en Saint-Raphaël, al sur de Francia. La ruta que conduce a esta agradable ciudad balnearia es la ‘‘Nationale 7”. Tiene incluso una canción exitosa que lleva el título de Nationale 7 porque esta carretera se ha vuelto el símbolo de la salida hacia el sur, el sol, las vacaciones. A pesar de los embotellamientos, los famosos bouchons (tapones), donde se puede quedar atrapado durante horas, nadie resiste al deseo de partir al sur.

El magnetismo del sur y del Mediterráneo no atrae sólo a los franceses. De toda Europa, y principalmente de los países europeos del norte, Alemania, Holanda, Dinamarca, Suecia o Noruega, descienden considerables gentíos nórdicos urgidos de ir a rostizarse bajo el sol. Es un fenómeno interesante observar la obsesión de las personas de color pálido de perder esta palidez gracias al bronceado. Sociólogos y etnólogos tienen ahí un vasto tema de estudio sobre la evolución de las sociedades. Antaño, en la corte de Inglaterra por ejemplo, todos los esfuerzos estaban dedicados a protegerse para evitar los rayos del sol que podrían provocar manchas, oscurecer la delicada piel y hacer perder la noble palidez aristocrática. Hoy los valores se han invertido: hay que broncearse. Esta moda, bastante reciente y hoy extendida al mundo entero, hace pensar que nadie está satisfecho de sí mismo y de su propia naturaleza. Unos desean, a cualquier precio, perder su palidez natural que les parece enfermiza, mientras de otro lado, un star como Michael Jackson, dilapidó fortunas y salud para blanquear.

Las vacaciones abren las puertas a los sueños, pero también a un viento de locura.

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