13 de Agosto de 2017

Editorial
La Jornada

Hace poco más de un mes varias decenas de manifestantes de la más rancia y violenta ultraderecha estadunidense protestaron, en la virginiana ciudad de Charlottesville, porque las autoridades locales habían decidido retirar de un parque público la estatua del general Robert E. Lee, histórico conductor de los secesionistas defensores de la causa esclavista. Los quejosos, pocos pero vehementes, se reivindicaron como integrantes del Ku Klux Klan (KKK), la funesta coalición de organizaciones racistas que desde su fundación, en la segunda mitad del siglo XIX, ha sido punta de lanza del supremacismo blanco en Estados Unidos. Señalamos en esa ocasión que su reaparición pública resultaba inquietante pero no sorprendente, habida cuenta del discurso discriminatorio que impregna al conjunto de la administración Trump, con su presidente en primer lugar.

Ayer, en la misma localidad de Virginia, las huestes del KKK volvieron a salir a las calles, ahora más nutridas y beligerantes, agitando banderas confederadas (símbolo de quienes en la Guerra de Secesión estadunidense defendían la esclavitud) y gritando consignas nazis como Sangre y tierra, lema del Ministerio de Agricultura de Hitler, y terminemos con la inmigración. El tono de la demanda derechista fue subiendo en intensidad y se convirtió en abierta violencia física contra un grupo de contramanifestantes: el saldo provisional del episodio fue de al menos un muerto y alrededor de 30 heridos.

Como era previsible, no tardaron en producirse las expresiones oficiales de reprobación y condena a los disturbios en general, como si se tratara de un enfrentamiento entre facciones igualmente fanáticas e intolerantes, y no de una confrontación entre quienes propugnan la descabellada supremacía de una raza sobre las demás y quienes se oponen a ella en nombre de la razón.

Destacan, especialmente, las declaraciones del propio Donald Trump en torno a los hechos, porque ponen al desnudo –una vez más, por si hiciera falta– la incapacidad que tiene para relacionar los contenidos de su prédica diaria con los comportamientos que ésta fomenta. Parece ignorar que cada una de las observaciones ofensivas y descalificatorias que hace respecto de nacionalidades, etnias, minorías o personajes contra los cuales tiene arraigados prejuicios, estimula las peores pasiones de un cuerpo social que posee una larga historia en materia de excesos, arbitrariedades e injusticias raciales. Cuando se refiere a los hechos de Charlottesville como una exhibición indignante de odio, fanatismo y violencia olvida (o al menos eso parece) que esos son, precisamente, los ingredientes que su discurso distribuye a diario entre sus seguidores más recalcitrantes. Por eso cuando exhorta a sus compatriotas a estar unidos y condenar todo aquello que el odio representa, sus palabras suenan más a fórmula de compromiso que a convicción verdadera.

Porque conviene insistir en que Trump, en sus expresiones de censura, no señaló como responsables del enfrentamiento a los organizadores de la manifestación, sino que prefirió aludir a la división entre los estadunidenses, emparejando de ese modo nada menos que al Ku Klux Klan –añejo perpetrador de crímenes– con el puñado de jóvenes que se limitaban a estar parados cerca de la rotonda de la Universidad de Virginia sosteniendo pancartas en las que se leía Estudiantes de Virginia contra el supremacismo blanco.