12 de Septiembre de 2017

Rafael Olivera Ávila

Asignatura primera. Allende estadista que murió por sus ideales.

El día de ayer, al parecer, ya no fue digno siquiera de mencionarse. Empero, con un poco de necedad, hay acontecimientos que no debemos olvidar, o como dijera el maestro del Periodismo, Don Julio Scherer García, “la terca memoria”, nos debe tener presentes hechos como el sucedido el 11 de septiembre de 1973. Un hecho ignominioso, vergonzante, emblemático de los regímenes militares, fascistas, que en América Latina se enseñorearon con la aquiescencia de los gobiernos estadunidenses, que desde siempre han abominado los regímenes democráticos con tendencia hacia el socialismo.

Inevitablemente lo menciono como referente histórico para entender por qué actualmente se ha gestado el enorme movimiento estudiantil, que paradójicamente otorga vigencia al pensamiento preclaro, como lo fue el de ese gran estadista chileno, Salvador Allende, quien defendió a su Patria, hasta los últimos minutos de su existencia cuando ya el Palacio de la Moneda estaba siendo bombardeado por las fuerzas castrenses golpistas, esas que se han coludido desde tiempo inmemorial, y lo siguen haciendo, con los grandes intereses del capital que no tiene nacionalidad, sólo la ambición que le prohíja.

Coincidentemente con la importancia que le he atribuido a este asunto, me encontré con un artículo excelente, en donde su autor, Marcos Roitman Rosenmann, se cuestiona: ¿Qué hay que conmemorar un 11 de septiembre? Y de entre sus respuestas, destaco ésta que me parece es muy significativa:

“…Los chilenos no pueden olvidar su 11 de septiembre. Hoy padecen sus consecuencias. Las fuerzas armadas lo consideraron la segunda independencia, la liberación del comunismo. Banderas en los balcones le dieron la bienvenida. Brindis con champán y vítores al ejército simbolizaban, ese martes sangriento, el reconocimiento de la burguesía, los terratenientes y la oligarquía a los alzados. Nunca dejaron de pensar que eran los legítimos dueños de Chile. Después de tres años de gobierno popular volvían a recuperar su poder. Sin embargo, para la mayoría del pueblo chileno, el bombardeo al palacio presidencial inauguró una era de asesinatos, torturas, exilio, desaparecidos y violación de los derechos humanos. Significó la pérdida de la democracia, de la libertad política conseguida con mucho esfuerzo. Ya nada sería igual, instaurándose un régimen de oprobio, muerte, corrupción y desigualdad…”

Luego evoco lo que la imprescindible escritora chilena Isabel Allende escribió en su libro El cuaderno de Maya como reminiscencia de uno de sus personajes:

“…Cuando ocurrió el golpe militar, martes 11 de septiembre de 1973, a los dos días se levantó el toque de queda, impuesto durante las primeras 48 horas, y Manuel encontró la universidad ocupada por soldados armados para la guerra, en uniformes de combate y con las caras tiznadas para no ser reconocidos, vio huecos de balas en los muros y sangre en la escalera y alguien le avisó de que habían detenido a los estudiantes y profesores que estaban en el edificio. Esa violencia resultaba tan inimaginable en Chile, que Manuel no supo medir la gravedad de lo sucedido y se fue a la comisaría más próxima a preguntar por sus compañeros. No volvió a salir a la calle. Se lo llevaron vendado al Estadio Nacional…Allí había miles de personas arrestadas, maltratadas y hambrientas, que dormían tiradas en el suelo de cemento…Se escuchaban los alaridos de las víctimas de tortura y las balas de las ejecuciones…”

En su espeluznante relato la autora continúa y describe descarnadamente lo que sufrieron quienes fueron víctimas del “pinochetazo”. Lo siguiente es abominable: Manuel Arias estuvo detenido catorce meses en una celda de un metro por dos, donde ponían varios prisioneros de pie, apretados, días, semanas, sólo los sacaban para torturarlos o al excusado. Evoca el personaje: No nos daban agua…era una caja sin ventilación, macerábamos en sudor, sangre, excremento. Y otras celdas eran nichos individuales, tumbas, perreras…los calambres, la sed… Cabían de rodillas, encogidos, en cuclillas, a oscuras, atrapados. Permanecían enterrados en vida por semanas, a veces meses. De ahí pocos salieron vivos y ésos quedaron locos. Esta fue la realidad que se vivió y sufrió en Chile merced al régimen fascista instaurado por los gorilas, comandados por el sicópata Augusto Pinochet, quienes propalaron cínicamente la versión del suicido del doctor Salvador Allende, durante el canallesco ataque al Palacio de la Moneda. Y es hasta hoy que se confirma lo que muchos ya sabíamos o sospechábamos, que fue arteramente asesinado con el tiro de gracia. Así lo confirma esta versión difundida recientemente:

“Dagoberto Palacios recuerda que cuando tenía 14 o 15 años su papá comenzó a llevarlo como acompañante a algunas de sus actividades. En su círculo de amigos destacaban el entonces coronel Sergio Badiola, el general Forestier y su primo el general Javier Palacios. Ellos gustaban de ver partidos de fútbol en el Estadio Nacional y, tras estos, ir a cenar. Uno de sus restoranes predilectos era uno ubicado en calle Cuevas (Santiago Centro) que era propiedad de Omar Palacios, hermano de Fernando. El 18 de febrero de 1977, tras un partido entre la selección de Chile y Flamengo (de Brasil), fueron a comer a ese restorán. Estaban los generales Palacios, Forestier y Badiola; su Papá y él. ‘Antes que trajeran la comida, mientras se servían un par de copas de vino, alguien le preguntó a mi tío el general Palacios ¿qué pasó con Allende el día del golpe en La Moneda? Entonces mi tío el general Palacios nos contó que él le dio un tiro de gracia a Salvador Allende’” (podemospress.blogspot.mx). Es cuanto

(asignaturaspendientes.olivera@gmail.com)