11 de Octubre de 2017

Donde cruzan las brujas
Meritxell Calderón Vargas

La corrupción también es contagiosa, entre más acostumbradas están las personas a abusar de su poder y tomar lo que no es suyo, se normalizará y más personas lo harán. Así la violencia de género, la discriminación y en general, las conductas humanas que impliquen que una persona o más abusen de otra u otras. Entre más actitudes violentas y corruptas se generen habrá mayor inseguridad y más problemas y no habrá proyecto comunitario ni de mediación o de paz que logre “reconstruir el tejido social”.

Las buenas costumbres, como la amabilidad, la limpieza, el respeto y el convivir sin prácticas abusivas, también se aprenden. Las buenas prácticas de gobiernos, las buenas sociedades también se pueden aprender.

Acá en el norte del país ha sido muy poca la educación que se nos ha brindado para aprender a defendernos de las injusticias, se ha practicado en exceso la pedagogía de la sanción, de la censura, del “no decir, para no causar problemas”. Todavía he visto cómo muchas familias educan a sus hijos e hijas bajo estas normas de callar, aguantarse y no reclamar cuando se les castiga, si no, el castigo será peor. Las y los jóvenes están aprendiendo de la vida y el “sistema” en escuelas donde no hay quien pare a los maestros acosadores, donde es evidente que existe corrupción en los sindicatos de maestros, donde las sanciones a las alumnas y alumnos son incuestionables porque son escasos los espacios donde se les da voz a la juventud o a la infancia, siempre es la sanción y esperar que se obedezca ciegamente y se cumpla el castigo.

No existe la costumbre de cuestionar, de preguntar y repreguntar hasta que quede claro por qué se nos está sancionando, incluso cuando esto nos llega a costar el patrimonio o la libertad. Conozco gente que está en prisión que no sabe por qué está ahí ni cómo fue que se le procesó o si se llevó a cabo un proceso para juzgarle.

La pedagogía de la libertad ha sido nula en nuestra sociedad, nos enseñan a recibir castigos, a salir adelante incluso a costa de los demás y no se nos muestran formas de lograr objetivos comunes, el trabajo en equipo es obligado en la escuela pero no muchas veces es vigilado de manera que funcione eficientemente para todas las y los alumnos.

En la Universidad, cuando tenemos la posibilidad de estudiar, nos enseñan que hay que sobresalir que hay que estar siempre arriba y que para ganar dinero no se necesitan la ética ni la moral, solo ganas de ganar.

En estudios del comportamiento se ha comprobado que cuando las personas observan que otras personas actúan “indebidamente”, por ejemplo, que se pasan un semáforo en rojo o que no hacen un alto en una zona escolar, los demás lo van repetir, que si ven que una persona roba y no tiene consecuencias se aumenta la posibilidad que más personas roben. Lo mismo pasa con la corrupción, lo mismo pasa con los feminicidios.

En esta sociedad bajacaliforniana no se ha enseñado a la población que asesinar mujeres debe ser y será gravemente castigado, tampoco se ha enseñado que la sociedad no va a tolerar a los y las políticas que practican sus malas mañas y que siguen impunes y felices brincando de puesto en puesto.

No nos han enseñado tampoco que defendernos es posible y como pocas personas nos defendemos, es muy escasa la práctica de la dignidad.

Es cierto que Baja California es un lugar donde las personas somos, por lo general, muy amables y compartidas, pero es cierto también que muchas personas acá estamos muy enojadas de que los gobiernos no estén funcionando, habemos quienes nos dedicamos al monitoreo, evaluación y señalamiento de algunos temas relativos a los Derechos Humanos, pero somos los menos, son pocas las personas que están generando indicadores de seguimiento a la política pública y gubernamental que se genera y son mucho menos quienes se preocupan por hacerlo sin generarle costo extra al Estado.

Ha sido muy necesaria la educación para la democracia en esta región y las estrategias de hacer eventos carísimos por parte del Instituto Estatal Electoral o del Instituto de Participación Ciudadana en los municipios ha sido insuficiente. Hace falta imaginación y buena fe para trabajar en proyectos donde se espere generar confianza y actitudes ciudadanas que no se han visto en años en nuestro estado.

Las mujeres en México estamos muy desanimadas de participar en política porque se siguen viendo las reuniones de los líderes de partidos donde se sientan puros hombres a la mesa con sus costumbres “varoniles” como gritar, azotar la mesa, menospreciar el trabajo de los demás, porque tampoco les han enseñado a hacer política en un espacio democrático donde el respeto entre las personas es lo que debe imperar ante todo.

No seremos nosotras las que lleguemos a “arreglarles el tejido social”, hay puntadas que por más que le bordemos las orillas no vamos a poder reconstruir, pero sí podemos hacer nuevas formas de política donde los acuerdos se hagan en espacios públicos con una minuta y acuerdos claros y transparentes y no en bares y restaurantes a deshoras de la noche entre música el alcohol, no en bares donde mujeres trabajan con sus cuerpos para poder comer y muchas veces son obligadas a hacerlo.

Las y los jóvenes que están en política y que se involucran están aprendiendo y saben que las tecnologías son una de las soluciones que habrán de rescatar la democracia si eso es lo que se busca pero también habremos de llevar esa información a espacios donde “normalmente” no llega, de nada nos sirve que un grupo de tencócratas jóvenes hagan Milagros sistematizando políticas pública si nadie más entiende esos resultados.

La buena fe, la transparencia, la rendición de cuentas, la democracia directa también se aprende, la igualdad, la inclusión y la no discriminación son prácticas sociales que se adquieren poco a poco como cambios culturales y sí es posible ir modificando las malas mañas, pero hay que empezar pronto, hay que empezar ya.