11 de Junio de 2019

Columna
Javier Flores

La semana pasada se dieron a conocer los nombres de las ganadoras del Premio Princesa de Asturias 2019 en la categoría de investigación científica y técnica, el cual será entregado en octubre a las doctoras Sandra Myrna Díaz, del Instituto Multidisciplinario de Biología Vegetal de la Universidad de Córdoba, Argentina, y a Joanna Chory, del Instituto Médico Howard Hughes en Maryland, Estados Unidos. El comité de premiación eligió a estas investigadoras pues, aunque trabajan de manera independiente, tienen en común enfrentar con sus indagaciones el reto que representa para la humanidad el calentamiento global. Díaz creando métodos para la cuantificación de los efectos de la biodiversidad de plantas y su aprovechamiento humano, y Chory estudiando la genética de plantas sometidas a estrés. En este artículo me voy a referir al trabajo de la segunda, pues aborda un tema novedoso y de gran actualidad, la modificación genética de plantas para enfrentar el cambio climático, además de que aporta algunas lecciones para las actuales políticas de ciencia en nuestro país. 

Es importante destacar primero la relevancia que tiene este reconocimiento y los aspectos que consideró el jurado al otorgarlo a Chory este año. El Premio Princesa de Asturias (antes Príncipe de Asturias) es considerado el “Nobel Iberoamericano”, y en la categoría de ciencia y técnica ha sido entregado a algunas de las mentes más brillantes de la región y del mundo, como Luc Montagnier y Robert Gallo (2000), Craig Venter y Francis Collins (2001), y Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna (2015), para citar sólo algunos ejemplos del talento mundial. También lo han recibido científicos mexicanos de la talla de Emilio Rosenblueth (1985), Marcos Moshinsky (1988), Guido Münch (1989), Pablo Rudomín (1987), Francisco Bolívar Zapata (1991), Ricardo Miledi (1999) y Arturo Álvarez-Buylla Roces (2011). 

Joanne Chory forma parte del grupo que lidera la Iniciativa de Aprovechamiento de Plantas, del Instituto Salk, en la Jolla, California, donde, de acuerdo con el comité de premiación, estudia el desarrollo de plantas capaces de absorber hasta 20 veces más dióxido de carbono del aire: “Se trata de un proyecto de investigación que lucha contra el calentamiento global y, por tanto, el cambio climático, a través de la optimización de la capacidad natural de las plantas para capturar y almacenar el dióxido de carbono y adaptarse a distintas condiciones climáticas, utilizando para ello las técnicas de edición genética más innovadoras, como la Crispr”, anotó el jurado. 

Con ello, el comité que examinó las candidaturas y la propia Fundación Princesa de Asturias, que encabeza el rey de España, ante la mirada de la comunidad científica internacional, otorgan un importante aval a las técnicas de modificación genética como una estrategia válida para enfrentar el calentamiento global… Ante la noticia, algunos funcionarios del actual gobierno de México se mueven incómodos en sus sillones. 

El proyecto en el que participa Joanna Chory consiste en aumentar la capacidad natural que tienen las plantas para captar bióxido de carbono (CO2). Su punto de partida es el convencimiento de que el cambio climático representa uno de los problemas más serios que enfrenta la humanidad y ha puesto su experiencia de más de 30 años como científica en tratar de resolverlo. En condiciones normales las plantas toman el CO2 de la atmósfera y mediante la fotosíntesis lo transforman en azúcares. Gracias a los avances en la genética en las tres décadas pasadas ha sido posible conocer las funciones de gran número de genes en plantas, trasladar las propiedades de unas a otras (transgénicos), o modificar genes mediante herramientas como la edición genética (con el complejo conocido como Crispr-cas9, por ejemplo). 

El aumento de CO2 atmosférico producto de la actividad humana es el origen del calentamiento del planeta. Normalmente las plantas lo capturan en las raíces gracias a la presencia de suberina, molécula grande (polímero) a la que se conoce también como corcho. La idea es que es posible aumentar, mediante la modificación genética, el tamaño y la profundidad de las raíces, contando así con una superficie rica en suberina, lo que se traduce en mayor captación de CO2 en la tierra y su eliminación del ambiente. Todo lo anterior ha ocurrido hasta ahora a escala experimental en una planta modelo, la Arabidopsis thaliana, pero se estima que en unos 10 años pudiera concretarse en diversos cultivos a gran escala. 

El premio a Joanna Chory es más que merecido, pues muestra el valor que tiene la investigación genética para enfrentar el calentamiento global. Mientras tanto, en México algunos funcionarios del gobierno que actúan de manera sectaria (en el sentido de secta) han satanizado la investigación en transgénicos y el empleo de la edición genética a las que consideran una amenaza al medio ambiente, e intentan por todos los medios impedir el desarrollo de la investigación científica en este campo.