11 de Enero de 2019

Editorial
La Jornada

En una visita a la localidad texana de McAllen, fronteriza con México, el presidente estadunidense, Donald Trump, volvió a la carga con su obsesiva idea de construir un muro infranqueable en la línea de demarcación entre su país y el nuestro. Con el telón de fondo de una parálisis gubernamental que lleva ya tres semanas por la negativa de la Casa Blanca a firmar el presupuesto acordado en el Capitolio y que ha dejado sin sus salarios a cientos de miles de empleados públicos, el mandatario republicano parece dispuesto a tensar la cuerda hasta límites inéditos en su afán por conseguir que el Legislativo le apruebe una partida de más de 5 mil millones de dólares para la construcción del referido muro, una idea que muchos congresistas de ambos partidos –demócratas y republicanos– consideran insensata, dispendiosa y, en última instancia, irrealizable.

A estas alturas del pulso entre el presidente y el Congreso es evidente que la exigencia trumpiana es, más que un instrumento de política migratoria, policial o fronteriza, una pieza en el duelo político ante la opinión pública de Estados Unidos: más que la muralla en sí, lo que quiere Trump es consolidar su respaldo electoral de cara a la elección presidencial del año entrante en la cual se juega la relección. Para el magnate neoyorquino resulta fundamental presentarse como un hombre consecuente y firme ante los ojos de los sectores más cavernarios, xenófobos y racistas del país vecino que constituyen su base social dura. En ese afán, ha coqueteado incluso con la idea de provocar una confrontación institucional de gran escala con el Legislativo mediante la declaración de emergencia nacional para arrogarse poderes extraordinarios y pasar por encima del Congreso. Pero incluso en ese escenario, la oposición demócrata podría demandar a Trump por extralimitación presidencial y bloquear de esa forma los fondos para el blindaje físico de la frontera.

Independientemente del curso que tomen los acontecimientos políticos en Washington, a estas alturas, cuando ha transcurrido ya la mitad del mandato del presidente estadunidense , no parece posible que el gobierno fuera capaz de llevar a cabo el levantamiento del muro en los dos años que le restan a su cuatrienio. Incluso en el caso de que lograra relegirse, esa obra resultaría ya, desde un punto de vista de discurso electorero, del todo innecesaria. En materia de acciones concretas, parece ser que este despropósito no podría traducirse más que en un tramo de barda fortificada en la demarcación entre ambas naciones y en un dispendio de miles de millones de dólares.

En tanto, es previsible que conforme se acerquen los comicios previstos para noviembre del año entrante el gobernante republicano irá retomando las virulentas posturas chovinistas y xenófobas que lo caracterizaron en la campaña presidencial de 2016, y con ello que vuelva a las expresiones ofensivas y altaneras en contra de México y de los mexicanos y que intensifique las atrocidades policiales en contra de nuestros connacionales y de los latinoamericanos que intentan adentrarse en territorio estadunidense en busca de trabajo y seguridad.

Para nuestro país, para su gobierno y para la sociedad mexicana se configura, pues, el riesgo de un desafío de gran calado y cabe esperar que, de concretarse, México sea capaz de reaccionar con mayor entereza, dignidad y unidad que en el pasado reciente.