10 de Octubre de 2018

Columna
José Steinsleger

A las izquierdas y derechas seduce una sentencia que no figura en la Biblia, pero conlleva resonancia celestial: vox populi, vox Dei. Siempre y cuando, claro, triunfen sus ideologías. De lo contrario, se trepan a la lámpara. Que es el lugar donde nos encontramos ahorita, luego de que el capitán Jair Messias (sic) Bolsonaro ganó la primera vuelta de los comicios presidenciales de Brasil, con 46 por ciento de los votos (49.2 millones).

Conclusión tentativa uno: definitivamente, hay que tomar con pinzas las encuestas electorales, junto con los análisis científicos que tratan de probar tal o cual cosa. Conclusión dos: al parecer, no queda más que reflexionar colgados de la lámpara, procurando no rompernos la cresta en caso de que la cadena se rompa con el peso y balanceo. Dios nos ama y Él decidirá si sobrevivimos o no.

El insólito resultado nos hizo pensar en Lula da Silva. Porque si el 28 de octubre Bolsonaro se alza con la presidencia, el mayor estadista en la historia de Brasil difícilmente podrá librarse de los 13 años de cárcel que le impuso el despreciable juez Sergio Moro. Pero antes de llorar sobre la leche derramada, vayamos contra la corriente, tratando de ser políticamente incorrectos: o sea, racionales.

El 11 de mayo de 2016 el pastor brasileño Everaldo Pereira sumergió la cabeza del capitán Jair Messias Bolsonaro en las aguas del río Jordán (norte de Israel) y, mágicamente, el entonces diputado nacional y líder del minúsculo Partido Social Cristiano (PSC, católico) se hizo evangélico. Luego, lleno de dicha, marcó su celular, y a través de las redes antisociales envió un mensaje inequívoco a sus seguidores: Mar de Galilea/Israel, Bolsonaro felicita a todos los brasileños que han luchado por este momento. Y es que aquel día, el Congreso de Brasil empezaba el infame proceso de destitución de la presidenta Dilma Rou­sseff. Los pocos analistas de izquierda y derecha que registraron la ceremonia, coincidieron en restar importancia al hecho, que prácticamente pasó desapercibido en los grandes medios.

Año y medio después (enero de 2018), Bolsonaro se afilió al Partido Social Liberal (PSL), agrupación más irrelevante que el PSC. No obstante, y a pesar de su ideología anticomunista, el ala Livres del PSL abandonó sus filas, en protesta por las ideas ultraconservadoras del recién llegado. El PSL fue el noveno partido de la carrera política de Bolsonaro, desde que en 1989 fue elegido concejal por el Partido Demócrata Cristiano

En la segunda quincena de agosto, poco antes de que la justicia vetara la candidatura de Lula (siendo su lugar ocupado en septiembre por Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores (PT), las encuestas daban a Bolsonaro la mayor intención de voto (17 por ciento), por delante de la ecologista Marina Silva, ex ministra de Medio Ambiente de Lula (Rede, 13), Ciro Gomes (Partido Demócrata Trabalhista, PDT, 8), y Geraldo Alckmin (Partido de la Social Democracia Brasileña, PSDB, 6).

Simultáneamente, aterrizaba en Brasil el ultraderechista Steve Bannon (que ayudó a la victoria de Donald Trump), para asesorar a Bolsonaro. Con el tiempo en contra… ¿qué pudo haber sugerido Bannon al candidato? Conjeturando, es posible que le haya dicho algo así como: después de Lula y Dilma, las masas de tu país fueron sumergidas en la mierda. Exalta hasta el paroxismo toda la mierda que hay en la sociedad, y con ayuda de Wall Street, los grandes medios y el apoyo de Washington, ganarás.

Cosa que Bolsonaro practicaba desde niño. Sin embargo… ¿cómo hizo el odioso candidato para ganar la primera vuelta? Aquí es donde aparece la madre del cordero. O sea, el ejército de pastores de las iglesias pentecostales y neopentecostales, distribuidos en los 6 mil templos a lo largo y ancho de una extensión territorial similar a la del quinto continente, Oceanía.

La patria de Lula, Hélder Camara y de los grandes teólogos de la liberación, continúa teniendo la mayor población católica del mundo. Pero el Instituto Brasileño de Geografía y Estadistica (IGBE) dice que si en 1970 más de 92 por ciento de la población se declaraba católica, en 2010 cayó a 64.6 por ciento (123 millones). En cambio, en el mismo lapso, los protestantes tradicionales se mantuvieron estables (luterarnos, baptistas, metodistas) y los pentecostales y neopentecostales crecieron de un magro 5 por ciento a 22.2 por ciento (42.3 millones).

En el siglo VIII de nuestra era, el teólogo inglés Alcuino de York envió una carta a Carlomagno, advirtiendo: Y no debería escucharse a los que acostumbran decir que la voz del pueblo es la voz de Dios, pues el desenfreno del vulgo está siempre cercano a la locura. Y siete siglos más tarde, con igual temor, Maquiavelo se atrevió a contradecir al historiador romano Tito Livio: Nada más vano e inconstante que la multitud.

A veces, los políticos pecan de idealismo. A horas de la votación, desde la cárcel donde la justicia le impidió votar por falta de quórum, Lula envió una sentida carta al pueblo de Brasil: La esperanza vencerá al odio.