10 de Septiembre de 2019

Columna
Vilma Fuentes

Francisco Toledo no afirmaba, prefería inquirir al silencio, descubrir un enigma, asistir a su revelación, ver aparecer el lado oculto de pronto visible un instante. Verlo dibujar era ver sus dedos hurgar en el papel como si escarbara en la tierra, arrancarle una forma viviente, cazar un escarabajo, un alacrán, una hormiga, acariciar el pelaje de un mono o un coyote extraviados entre los hilos de la tela donde pinta.

Invitados por Peter Bramsen a su casa en las afueras de París, donde nos quedaríamos a dormir después de la cena, Jacques Bellefroid y yo hicimos el viaje con Francisco. Era una de esas largas tardes que preceden una noche de verano. Los ojos de Francisco chispeaban de júbilo. Su amistad con Peter, profunda e inalterable, había comenzado medio siglo atrás cuando trabajaba en el taller de litografías de Bramsen.

De ahí saldría, con rumbo a la ciudad de Oaxaca hace apenas unos años, una de las antiguas imprentas regalada por Christian, hijo de Peter, a sus amigos pintores oaxaqueños. Durante un viaje a Dinamarca, su tierra natal, Bramsen presentó a la bella danesa Trini, gran amiga de su mujer Ingrid, con el pintor mexicano. Peter fue el padrino del primer hijo de Francisco y Trini.

La apariencia de fragilidad de Toledo contrastaba con la altura de casi dos metros de Peter. Se entendían a la perfección, a veces sin siquiera necesidad de palabras. La comunión entre ellos era visible, y contagiosa como su alegría.

Comenzaba al fin a oscurecer al terminar la cena en el jardín. Ingrid Bramsen nos invitó a tomar el café en el interior. A lo largo de una deliciosa noche en vela, antes de darnos cuenta, Francisco, extrañamente locuaz, y yo estábamos hablando en español, olvidados del francés, quizás porque hablábamos de Juan Rulfo, de Pedro Páramo, de las voces de los muertos. Preguntándonos por qué milagro Rulfo hizo hablar a los muertos, le conté que Juan me narró las largas horas durante las cuales jugó a las escondidillas, metido en un cofre por instrucciones de una parienta con la orden de no salir mientras no lo encontraran. Cómo escuchó que lo buscaban. Después el silencio, el hambre, el sueño, el despertar. Salir del baúl y ver a toda la gente dormida, tirada en el suelo, sin duda cansados de buscarlo. Luego, lo llevaron a un lugar donde vivían otros niños. ¿Escuela, orfelinato? El milagro de Rulfo, musitó Francisco casi en silencio, era ése: saber escuchar a los muertos.

Cuando Toledo dejó de venir a París, tal llegó a ser su terror de los aviones, se nos volvió una costumbre viajar a Oaxaca cuando íbamos a México. El placer era doble: visitar a Francisco y visitar Monte Albán. Una mañana, suerte de azar objetivo, tuve también el placer de encontrar, en el centro de fotografía creado por Toledo, el cual se inauguraría esa tarde, a mi entrañable amiga Graciela Iturbide. Su presencia ahí era un azar necesario: las fotos que hizo de Francisco revelan algunas de las facetas esenciales del pintor en un juego de disfraces imaginado por la fantasía nacida de su mutua comunión espiritual. Ella supo captar con su cámara el silencio de su voz.

Una tarde, al regresar de Monte Albán, Francisco quiso leer las notas que Jacques escribió sobre la vista del lugar. Desde lo alto de las ruinas que perduran en la cima de la montaña, en el centro mismo de la Tierra, la mirada se extiende hasta los límites de lo visible e impone el silencio de lo desaparecido. Sólo quedan algunas piedras semejantes a las que Jacques pisó en Elea, ahí donde nace el pensamiento griego. La ausencia, lo invisible, como las palabras de los muertos, se inscribe con profundidad en el espíritu que no olvida.

Bajo las piedras de las pirámides en ruinas de Monte Albán, una lagartija, un escarabajo, la vida que bulle, hormiguea, tenaz, presente. Esa vida que Francisco Toledo arrancó a la tierra con sus dedos y echó a volar en un papalote, en la estela brillante del cometa en su viaje silencioso.

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