10 de Enero de 2019

El último lector
Rael Salvador

Cada cierto tiempo, vuelvo a Van Gogh.

 

Cuando el clima emocional se mezcla con la educación sentimental de la lluvia, los muchos libros y la miseria del vino, la indagación serpentea entre algún instinto, la elaboración y su expresión.

Acabo de leer, de Pierre Michon, “Vida de Joseph Roulin”, el cartero formidable, ese barbado animal rojo de otro periodo, que bien podría pasar por el nebuloso territorio de todos las épocas sin cambiar su corona azul Prusia: ¡el sello de sus cuadros en el tiempo, su gorra de trabajo!  

Sostenidas por la lectura, la añoranza demora en su caída… Aparece la emblemática silueta de Adolphe Joseph Thomas Monticelli, el señorial y arrogante de Monticelli, pintorzuelo de Marsella, vagabundo campestre de predicciones cósmicas, precedente del Impresionismo, maestro espiritual y de brocha recargada de un joven Vincent Van Gogh, donde podemos encontrar el origen de la peregrinación dispensadora de una obra inusual, así como la noble afición brutal del ajenjo en el pelirrojo, fiesta decimonónica de amigos donde está por igual Gauguin que Roulin.

Del natural de Marsella, un dato curioso: en 2005, en el The Guardian, el director general de las National Galleries of Scotland, Edimburgo, un tal Sir Timothy Clifford, escogió la obra de Monticelli “A Garden Fete” como la peor pintura del Reino Unido, escupiendo el siguiente gargajo de prostituta: «Han legado ocho pinturas de Monticelli, cada una más espantosa que la anterior. En mis 21 años aquí, no se ha colgado ninguna porque creo que Monticelli produce un arte terriblemente malo. Yo llamo a esta obra “Una Fiesta peor que la muerte”».

Sí, el arte es un juego misterioso. La única manera de ganarlo es rendirse, vencerse a uno mismo. De nuevo me zumba, como un grillo loco, el comentario de Jan H. Weissenbruch a Vincent, cuando este último le pide apoyo: “La felicidad es animal: es buena para las vacas y los comerciantes –esgrime el amigo galerista, rico maestro pintor–. Los artistas florecen en el dolor. Dios es misericordioso contigo si te da pobreza, disgustos y penas...” Lo de las vacas y los comerciantes es lindo, lo demás deja ver una exageración tacaña.

Cada palabra de Pierre Michon es un lágrimas de pintura que gravita con electrones de oro persa y fragmentos de sirvientes diamantes...

En el hoy ilegible idioma arameo –la lengua de Jesús–, cuenta el autor de “Rimbaud el hijo”, Vincent santificó su amarillo en el altar del Sol: cuervos, Gauguin, una puta cómica y la oreja descabezada, 25 de diciembre; fin de siglo, la ignorancia de sus contemporáneos, la barranca de los bebedores del rey y el estallido de una pistola… ¡Bang!

En espiral hacia la muerte, la agonía entre la pipa y el ascenso, y un siglo XX que, desde Manhattan, abre sus feroces mandíbulas para triturarlo entre fortunas inimaginables, cuando en vida hasta las putas buenas lo abandonaron por falta de pan y por carecer del entusiasmo necesaria para dejar de pintar –¡aunque sea una docena de cuadros, Vincent!– y atender lo que para otros era importante: comer, vestir, escuchar, obtener techo…

Ya pasó todo. Ahora hay paz. El cartero Roulin, toda amabilidad –cuando le quieren comprar, en una suma millonaria, uno de los retratos que le hizo su querido amigo Vincent Van Gogh, igual de borracho que él y yo y tú–, regala la pintura… ¡Piensa en Vincent y, a su memoria, obsequia el cuadro! ¡Rechaza el dinero en nombre de un recuerdo de ternura! “Llévatelo”, dice al marchante, “y habla de que Van Gogh tiene todavía a su amigo Roulin”.

Una feliz tristeza lo invade todo, y un fueguito multicolor que brinda consuelo en la lectura (“Señores y sirvientes”, de Pierre Michon) ofrece esta comprensión maravillosa de la vida de un artista, de un perro locuaz de tintes religiosos, similar a las mareas del trigo cuando la joven muerte se levanta el vestido y ese hombre dulce como el iris de los pelirrojos espera, la espera…

“Quién decidirá qué cosas son hermosas y por ello valen mucho entre los hombres o no valen nada”, sentencia Michon ante el sagrario de los dólares, y ese será, hasta ahora, nuestro mejor fajo de palabras.

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