07 de Diciembre de 2017

El último lector
Rael Salvador

Ensenada, B.C.

A través de un ángulo de luz fascinante, el fotógrafo Héctor García Mejía fortaleció la aventura editorial de las dos últimas décadas del siglo XX (y lo sigue haciendo en el creciente XXI); su aportación resume años de  ilustración y peregrinaje, de ritual y reconstrucción, un insospechado mundo que ofrece su testificación en portadas e interiores de algunos libros fundacionales y revistas emblemáticas del sur de Estados Unidos y el norte de México.

Lector impasible, a Héctor García Mejía le debo, en un cálido Pacific Design Center, la conferencia, el diálogo y la tarde con Eduardo Galeano –imágenes precisas, que se barajan con las de Ernesto Cardenal, Subcomandante Marcos, Gavino Palomares y muchos otros intelectuales y artistas), así como su compañía profesional en las noches de bar después de los conciertos con Facundo Cabral –o en El lugar de Macondo, en Los Ángeles, CA, “Puenteando Macrópolis”, con León Chávez Teixeiro y Raymundo Reynoso, Ricardo Castillo y Gerardo Enciso, Gabriela Miranda, Frida Hartz y Blanche Petrich, o Felipe Ehrenberg, prologuista de su fotolibro, o al lado de la eficacia del maestro Ricardo Magaña y los amigos entrañables: Rodrigo Pedrín, Cony Singüenza, Enrique Botello, Alfonso Cardona, Tomás Castelazo, Hugo Vidaña, Octavio Meillón…–, los diversos proyectos editoriales –en Baja Estipe Ediciones y Aula sin muros–, donde sus fotografías compartieron la cándida temeridad de mi antipoesía (Pandemónium, 1990, editado por Víctor Fernández) o cuando sus registros se dejaron acompañar por mis aforismos (Ciudad abierta, 1991) o su revelación puntual fue la oportunidad para refrendar el testimonio (“Obituarios intempestivos. Vida y muerte de Albert Camus, Anna Politkóvskaya y Facundo Cabral”, 2014).

Páginas y paredes, mesas (Café-Café) y muros legitiman su estatus, persistencia que trasciende la personalidad del tiempo y fija la imagen como espacio habitable para la multiplicidad de las mirada, la reflexión puntual y el consecuente crecimiento de las ideas.

Años de periodismo al filo de calle (Regeneración, de un aguerrido Javier Cruz), de revistas culturales (La Baja Estirpe, con Luis Pavía, Óscar Villarino y Carlos Mongar; El Hombre Rebelde, diseñado por Antonio Carbajal, quien ya había glorificado La Baja Estirpe –con logo de Gerardo Yépiz, Acamonchi– y, posteriormente, recompuesto la imagen de El Vigía; XYZ, Documentos en Resistencia; Untitled, de Richard Romero, etcétera), suplementos literarios: El Muro (Regeneración), Inventario (Diario 29), Confabulario (El Universal), Palabra (El Vigía) y de atesorar las protestas ciudadanas en contra de las guerras, las injusticias y el absurdo de las leyes antiinmigrantes.     

Sus proyectos –ilustrar “El Túnel”, de Ernesto Sábato, su film “Freeway” rodado en California, o sus inscripciones cifradas en “Alto Golfo de Baja California y Delta del Río Colorado– han contribuido a vitalizar las artes visuales, que es lo mismo que decir que su cámara ha luchado con franqueza para contrarrestar los horrores humanos de este mundo, partiendo de Ensenada.

Comprender aquello que se ofrece como percepción o alegoría: múltiples escenarios reconstruidos en abecedarios cromáticos (los diez mandamientos del color y sus matices), donde temáticas y volúmenes, formas y planos, capas –a veces de una válida superposición de negativos– y posiciones, luminiscencias y profundidades, texturas y nebulizaciones, resultan de un contacto y una intuición, de un objetivo al ojo fijo o un silencio más paralizante todavía –una ceguera insonora (con música de Pink Floyd, la sangre del cosmos como ruido de fondo), un parpadeo de alas bajo las aguas del sueño–, y muy poco de lo que hablan y hablan y hablan aquellos que, al precio de la razón y su juego de espejos –apiadados en la ridiculez asociativa de una interpretación vigorosa, pocas veces escrita con propiedad profesional (cuando se escribe, cuando se publica)–, desean entenderse con las fotografías como un hecho aparte de la naturaleza y quienes la registran.

Hace falta una dosis de escepticismo, muchas horas de admiración y recorrido vivo, ser un trashumante sideral, un apátrida del confort, pata de perro, paparazzi de caprichos personalísimos, voyeur de ventanales universales, gitano de la Kodak, Cortázar con una cámara como corbata, hombre (Man) rayando a lo Ray,  Kubrick en el abismo del visor…

En los años 80 estuve en Venice Beach con mi amigo Héctor García Mejía, quien venía de la presentación editorial de “Rider on the Storm”, libro biográfico de John Densmore (baterista de The Doors), y recorrimos las huellas poéticas dejadas a la luz de la Luna por Jim Morrison, pasos de un principio y un final encomiable, hasta llegar al mítico London Fog, para luego pasarnos a emborrachar en el Whisky a Go Go.

Años de sumergirme en la puntualización de sus exploraciones, apuntes en mano –sus pecaminosas justificaciones con la sombra, sus hermosos diálogos con la luz, sus meticulosos argumentos en contra de cualquier escombro visual–, comprobé que de sus urgencias con la imagen hacía meditadas realidades fotográficas.

raelart@hotmail.com