06 de Diciembre de 2018

El último lector
Rael Salvador

Dios sabe que la literatura es una broma y no le hace asco

En la constelada delicia de leer “Cuerpos del rey” –cada página un destello de fraternidad, un homenaje convocado– se advierte a su autor, con ese lujo de pocos –afán menesteroso de vivir despoblado de ideas, pero nutrido del regocijo de una pureza literaria especial–, instituir una colección de predilecciones autorales que bien podrían pasar por los momentos más sublimes en nuestro obstinado afán de reconocernos en la literatura.

Un breve repaso a la obra de Pierre Michon –“Vidas minúsculas”, “Rimbaud el hijo”, “Señores y sirvientes”, “Los once” o “El origen del mundo”, por citar las ediciones en Anagrama– nos obsequia del inclasificable y emotivo goce de las palabras en intimidad, así como de las verdades más demenciales que mariposean en el familiar mundo de los santos y los perdedores, encrucijada donde se ajusta la armonía de lo solemne y lo prosaico.

En fin, ese desenfreno que es la escritura cuando se deshiela del alma y se ofrece como “esa lujuria que es el conocimiento”.

Los maestros en el ramo, horda de facinerosos y renegados –que beben “la sangre negra de los muertos, como Michelet decía de Michelet”–, honran con su fascinación presente “Cuerpos del rey”: Samuel Beckett, William Faulkner, Gustave Flaubert, Víctor Hugo, Francis Villon, el maravilloso Cingria, así como el retrato imponderable de la humanidad del genio que es el robusto Balzac…

Yo no tenía idea –intuía– que, privilegiando el ardor que hay en el sentimiento personal y desechando la estupidez de la forma, se podían realizar profundos grabados en la carne de los ídolos, tomar de los charcos el sedimento de la inspiración, exaltando a la vez lo anecdótico en la turbia marejada de la paráfrasis poética y anteponiendo lo milagroso que hay en decir lo necesario, después de atender lo que se nos viene en gana, dejando sólo lo justo.

Y podría decir, quizás el destilado de heroína en la constelación cósmica de una comprensión nueva, pero Dios sabe que la literatura es una broma y no le hace asco.

Por un momento el bosquejo de Balzac me alucina (la guasonería de Budelaire atendiendo la recia afabilidad del gordo), pero cuando llego a Cingria, ese gran desconocido que me enamora al instante con sus payasadas ebrias (como la del oso, el leño y el pan), la cosa se pone peligrosa en la refinada tensión de mis emociones: Paulhan, director de la Nouvelle Revue Francaise, le pide a Cingria que reseñe el libro de Trotski “Historia de la Revolución Rusa”; entusiasmado primero, después hecho un lío, decide hacerlo a su manera; luego de tupir a Trotski y su “materialismo”, alegando, más que el pan, la sal de las ideas, cierra con lo siguiente: «“Las hortalizas llegan por añadidura, en silencio, de noche”.

No sin reservas, se publica. Gide se indigna y pide la cabeza del autor del documento. “¿Cómo amansar a Gide?”, se pregunta el redactor de la NRF. Y suelta: “¿Y no le gustan a usted las hortalizas, que llegan de noche”. Esa coma única –narra Pichon–, en la cima de la frase, deja suspenso a Gide: Paulhan ha cogido a una de las dos putillas, una ramera de hortelanos, y la hace bailar ante Gide. Paulhan es buen bailarín: Gide ve las carretas de las calabazas en la noche veneciana, ve a los hortelanos encandilados, el paso rítmico de las mujeres, la cadencia, la andanza, la danza. Se ríe. Se incorpora al minué. No insiste».

Les refiero, de una buena vez, lo de los autores de “Las flores del mal” y “La comedia humana”: «“Puedo contarle”, le escribe Prarond a Eugène Crépet en 1885, “cómo se presentó Baudelaire a Balzac sin intermediarios. Me lo refirió él personalmente al día siguiente del encuentro. Balzac y Baudelaire iban caminando en sentido contrario por unos de los muelles (de la orilla izquierda). Baudelaire se detuvo ante Balzac y se echó a reír como si lo conociera desde hacía diez años. Balzac se detuvo como ante un amigo recobrado. Y esas dos mentes, tras haberse reconocido con una sola ojeada y saludado, echaron a andar juntas, charlando, debatiendo, prendándose, sin conseguir asombrarse mutuamente”».

Cosas así logran renovar mi confianza en la literatura; y si eso es lo que me ofrece Michon, deseo los dos cuerpos de rey: Michon humano y Michón literario. Aunque en realidad “sólo queda la prosa, el texto que duele y con cuyo dolor se disfruta”.

Cuando murió su madre, sin saber el alma qué oración proferir, el hombre Pierre Michon recurrió al “Booz” de Víctor Hugo, sueño poético donde el viejo jerarca, encajado a la realidad por el lado comprensiva de la vida, enuncia sus actos en la bendición del recogimiento final… “El sueño de Booz”, escrito en 1859, se da en la amplitud terrestre de la abundancia y la frescura de los eucaliptos, luego se retoma en los perdidos rezos de un escritor y, llegada la hora, en la sabiduría profundamente ordinaria, bella y felizmente ordinaria de un libro que, a los pies de un cadáver (la dulce madre) y la llama de la joven belleza –enviada, erecta, siempre por Dios–, nos pone de cara ante el rostro de la luz y de la sombra, de la vida y de la muerte…

Si no leo “Cuerpos del rey”, la corona resplandeciente de comprensión y dicha que hoy me otorga la existencia… se encontraría ya en el yerro de otra desatención, donde al no ser leído se negaría a brotar el fuego de entre las cenizas del libro.

raelart@hotmail.com