cultura | 20 de Abril de 2019

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Eve Gil

Lorca en la sangre

Si partimos del hecho de que el poeta esloveno Aleš Šteger nació en 1973, en la antiquísima ciudad de Ptuj, y estudió literatura comparada y alemán en la Universidad Liubliana –de donde, dato curioso, es egresada la actual primera dama de EU–, es posible determinar que llevó a cabo sus estudios en el contexto de una de las más brutales guerras étnicas y fratricidas del siglo xx, la de los Balcanes. Creció en la Yugoslavia comunista y experimentó su desmembramiento como si fuera su propio cuerpo, mismo que originó el cambio de nombre de su alma máter que hasta 1990 llevó el nombre de Edvard Kardelj, líder comunista. Como a otros autores nacidos en aquella patria mutilada, pareciera que a Šteger le cuesta trabajo evocar aquellos hechos –¿a quién no– y recurre con frecuencia a metáforas para recobrar determinados recuerdos o ideologías que no lo abandonan del todo, logrando una poesía profundamente política que, envuelta en seda, contrarresta este o cualquier otra etiqueta mundana; que deja una sensación similar a la de soplar una diente de león: su belleza es efímera, no así el placentero cosquilleo que deja rastro en la memoria de la piel, “…Allá afuera, en las copas, he oído, he oído otra vez/ El rumor de mi mundo interior.”

Aunque reconocido con múltiples premios a nivel mundial, Chevalier dans le ordre des Arts et des Lettres, título concedido por el gobierno francés, y traducido al inglés, llega directamente a México, traducido al español por Tina Silc y Pablo Juan Fajdiga, a través de la editorial consagrada a la poesía, Círculo de poesía (2018) con una breve recopilación de sus libros previos bajo el título Nunca nadie en ningún lugar, acompañado de un gran prólogo del poeta chileno Raúl Zurita, que padeció una dictadura no menos enloquecida que la de Miloševic. En dicho prólogo se refiere a su amigo y colega con una admiración cargada de la empatía trémula de quien se dirige a otro que acarrea las mismas cicatrices, “…justo cuando la palabra va a tocar mis yemas sus letras se me deshacen como borradas por una tormenta de arena y sólo queda un campo cubierto de sangre”. Aunque suene exagerada la aseveración de que “la excepcionalidad de Šteger reside en el haber hecho una opción de lenguaje en una época en que el lenguaje agoniza”, comprendemos lo que realmente intenta decir cuando esta poesía empieza a crujir como hojas secas bajo nuestras botas: la reivindicación del acto de escribir poesía como explícita reacción del sufrimiento de la humanidad (“Con los ojos cerrados”), la voz de las mujeres ultrajadas en la guerra (“Uno”: “Me has roto y no sabías/ Que era vidrio en tu propia boca”), la exposición de la fatuidad contrapuesta a las temáticas recurrentes de la poesía (“Un jardín lleno de flores”), la reapropiación del lenguaje que nos es arrebatado en nombre de una patria o del materialismo (“Una y media”), la política misma, a través de una especie de genealogía del odio (“Europa”) y una extraordinaria oda a la cotidianidad recobrada (“Mondadiente”, “Limpiaparabrisas”), entre muchos otros hallazgos.

Aunque difícilmente catalogaría la poesía de Šteger como un lugar confortable donde tienen lugar la resignación, el perdón y la priorización del amor sobre el odio, estamos ante un lenguaje que traza una nueva geografía donde refundar temáticas propias de la expresión poética. Debajo de la “originalidad”, lo sabemos, es posible pisar la tierra humedecida de las tumbas sagradas. No por nada, a decir del propio poeta, nunca viaja sin Lorca en el bolsillo, “mi equipaje irrenunciable”.

Al tiempo que se manifiesta es una de las más antiguas expresiones artísticas, que es la poesía, Aleš Šteger lo hace también a través de una de las más nuevas, que es la instalación. Ensayista, además de poeta, es miembro de la Academia de las Artes de Berlín, así como cofundador y director del Festival Internacional de Poesía, “Días de Poesía y Vino”. Ha traducido al esloveno a César Vallejo, Olga Orozco, Pablo Neruda y Jaime Sabines.

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