cultura | 18 de Marzo de 2019

Entre los “defectos” que sus detractores encuentran en Haruki Murakami, está el de ser “presuntuoso” por ostentar sus lecturas “occidentales” y sus conocimientos musicales. Foto La Jornada / Archivo

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La Jornada / Eve Gil

El año que más cerca estuvo Haruki Murakami de obtener el Prermio Nobel de Literatura, según encuestas a nivel internacional, fue 2012. Pero si en algo no ha tenido suerte Murakami es en los grandes premios… ni siquiera el Akutagawa, ostentado por prácticamente todos los autores prestigiados de Japón. Poco antes de darse a conocer al ganador de aquel año, estalló el conflicto entre Japón y China por la posesión de tres de las islas Sensaku (Diayu, para los chinos), que por su ubicación geográfica corresponden a ambos países. Los chinos reaccionaron con inusitado enojo ante la resolución de sus vecinos de comprar dichos territorios, armónicamente habitados por chinos y japoneses, y su respuesta fue incendiar cuanto Toyota, Honda y Subaru le saliera al paso en las calles de Beijing. Aún caldeados los ánimos por la designación de Liu Xiabo como Nobel de la Paz en 2010, que produjo una fuerte crisis política, concretamente entre China y Noruega, con quien los chinos estuvieron a punto de romper relaciones comerciales, la veleidosa Academia Sueca se lo concedió al chino, políticamente correcto (no uno de tantos exiliados como Gao Xingjian, que radica en París y escribe en francés) ¡y desprevenido! Mo Yan. Radio Francia Internacional hizo público el secreto a voces de que aquel inesperado y estratégico canje de ganadores tenía la finalidad de apaciguar los ánimos de los chinos.

Y como si leyera la mente del lector: ¿qué más da si Murakami gana el Nobel o no? A Borges tampoco se lo dieron… y la lista es infinita, pero cito concretamente a Borges porque Murakami se ha reconocido admirador suyo, por mucho que insistan en compararlo con Gabriel García Márquez, cuyo único vínculo real es que mientras en Occidente el japonés cuenta con su más nutrido grupo de admiradores, sus paisanos lo son del colombiano.

Murakami recargado

Pero al grano: publicada por Tusquets recientemente, la más reciente obra de Haruki Murakami, dividida en dos tomos, La muerte del comendador no es, como afirman sus reseñistas, la mejor de sus novelas (por lo que a mí respecta, la mejor sigue siendo Kafka a la orilla, seguida de cerca por la también entregada en dos tomos 1Q84), pero nos presenta a un Murakami, por así decirlo, recargado, que si no fuera porque no luce resentido en lo absoluto, y ha proclamado a los cuatro vientos que el Nobel lo tiene sin cuidado, no así el Akutagawa, haría sospechar que se trata de su máximo acto de rebeldía. Los detractores del kiotense de setenta años (que tiene casi tantos detractores como admiradores, dentro y fuera de su país), la mayoría de los cuales carecen de nociones de literatura japonesa, no digamos de la cultura, pretende exhibir a Murakami como un autor “de fórmula”, reciclador del “realismo mágico”, pretencioso, indigno de representar a la cultura japonesa (un autor que aspire a representar a la cultura de su país, en estos tiempos, está perdido)…. ¡A Vargas Llosa no le gusta Murakami! (“Me parece frívolo y superficial”).

La muerte del comendador –que desde el título, tomado de la ópera Don Giovanni, de Mozart, puede incitar críticas por la “obsesión occidental” de Murakami, que es la misma de cualquier japonés– tiene un solo yerro: a diferencia de 1Q84, cuyo primer tomo nos deja anhelando la continuación, no sin dejar atados algunos cabos, el primer libro de La muerte…., que apareció en noviembre, tiene un cierre intempestivo, como cercenado en forma arbitraria. No me dejó “esperando más” como 1Q84; incluso llegué a preguntarme si los editores españoles habían optado por simplemente partirla a la mitad. Pero el libro 2 me hizo olvidar mi contrariedad, en particular porque el autor tiene la delicadeza de recordarnos, a través de flashbacks, varios deja-vu o reiteraciones, lo acontecido en el primero. El protagonista narrador sin nombre es un poco convencional retratista, pese a que el simple hecho de ser “pintor de retratos” en la era Instragram parece una extravagancia. Él requiere de profundizar en la psique de sus clientes antes de proceder a plasmarlos, de manera que los propios modelos reconocen no sólo sus facciones, sino también aspectos de su alma en los que no habían reparado. Al pintor le gusta su trabajo, pero lamenta no poder dedicarse a crear “verdadero arte”. En medio de esta crisis vocacional, su esposa, Yuzu, con quien lleva una buena relación en todo sentido, lo coge por completo desprevenido al confesarle que se ha enamorado de otro hombre. No quiere engañarlo y prefiere el divorcio. Al cabo de unos minutos, el joven pintor se encuentra conduciendo sin rumbo definido, pese a llegar a un acuerdo más que civilizado con Yuzu. Entonces su mejor amigo le hace una oferta imposible de desairar: instalarse por tiempo indefinido y sin pagar renta en la que fuera casa (o refugio) de su padre, el enigmático pintor Tomohiko Amada, de quien se cree que abandonó su oficio tras un traumático suceso familiar, y languidece en una residencia para ancianos. El pintor, hombre cauteloso, educado, prototipo del japonés promedio, solicita permiso de su amigo para disfrutar de la gran colección discográfica del otrora gran artista –la música: elemento omnipresente en la narrativa del Murakami melómano–, compuesta en su mayoría por óperas, género al que el joven pintor, no tan versado en el tema como el autor, empieza a aficionarse. Sucesos extraños, más atribuibles al destino que a la magia, no tardan en incorporarse al gran rompecabezas. La súbita aparición de un fascinante vecino, un hombre atractivo y elegante de cabello completamente blanco con un nombre extraño, incluso para los japoneses, Menshiki, aparece ante su puerta solicitando un retrato. El pintor, que en su esfuerzo de dejarlo todo atrás ha renunciado a continuar haciendo retratos para consagrarse a la enseñanza y a su propia pintura, termina aceptando no tanto gracias a la formidable cantidad que se le ofrece, sino a una irrefrenable curiosidad hacia ese hombre gentil que podría esconder tanto como la caja de Pandora. Es gracias a sus extensas charlas con su imprevisto modelo, que además de hablarle sobre sí mismo conoce al dedillo la historia atrapada en aquella casa, que el pintor comete su primera indiscreción al buscar en el sótano la obra maestra desconocida de Tomohiko Amada y se topa con una sangrienta recreación de la muerte de Don Giovanni, que involucra personajes con ropajes y peinados del período Asuka. Lejos está el pintor de suponer que, al instante de destapar aquel cuadro que yace en el último rincón de la lujosa casa, desencadenará una serie de sucesos curiosos –tratándose de japoneses me cuesta trabajo calificarlos como “paranormales”, porque si una cultura está familiarizada con los fantasmas es la nipona–, que incluyen el sonido de una campana que alguien hace sonar cada día, en punto de las dos de la madrugada; la aparición de seres pequeños que forman parte de la escena plasmada por Amada –y traen a la mente a las “personitas” de 1Q84–, y otra extraña solicitud de Menshiki con respecto a inmortalizar en un retrato a una jovencita de nombre Marie que, sospecha, es su hija biológica, y quien adquirirá gran relevancia en el Libro 2.

A japonizar Occidente

Entre los “defectos” que sus detractores encuentran en Haruki Murakami, está el de ser “presuntuoso” por ostentar sus lecturas “occidentales” y sus conocimientos musicales. Cualquier autor echa mano a temas que domina, y algo que caracteriza a literatos y mangakkas es introducir asuntos de carácteruniversal en sus obras. Quien critique a Murakami por poner a sus personajes a comentar sobre literatura rusa o estadunidense, no ha leído a Mishima (subyugado por la literatura francesa), ni a Oé, ni a la maravillosa Yoko Ogawa y su obsesión por Anna Frank. En La muerte del comendador se recurre a un libro de Akinari Ueda (1734-1809), Cuentos de lluvia de primavera, para encontrar una posible explicación a la campana de las dos de la mañana, y cuya localización reavivará, junto con la interpretación de la pintura, el doloroso pasado del gran pintor Tomohiko Amada.

Creo, en todo caso, que Murakami nos ha japonizado a varios occidentales.