cultura | 18 de Marzo de 2019

Hace quince años, años Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947) incluyó “Notas de un cuaderno de ejercicios” en Collected Poems (Nueva York, The Overlook Press, 2004). Escrito en 1967 —cuando el escritor, traductor y cineasta tenía veinte años de edad—, se trata de uno de sus primeros textos. Foto La Jornada

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Alejandro García Abreu

En los inicios de lo que después sería una de las carreras literarias más brillantes, no sólo en la literatura en lengua inglesa, Paul Auster tradujo a poetas franceses como André du Bouchet, André Breton, René Char, Robert Desnos, Jacques Dupin, Paul Éluard, Philippe Soupault y Tristan Tzara; se sumergió en las obras de Maurice Merleau-Ponty, Charles Olson y Ludwig Wittgenstein. Fue influido por la tesis de que la percepción es el origen de todo conocimiento. Escribió poesía y comenzó a trabajar en las primeras versiones de El país de las últimas cosas y El Palacio de la Luna. Los pensamientos plasmados en “Notas de un cuaderno de ejercicios” operan en su obra poética, escrita entre 1970 y 1979, y en gran parte de su prosa. Traducir la experiencia en lenguaje resulta una de sus obsesiones.

En 2017 –cincuenta años después de la escritura de las “Notas”– otros cuatro periodistas y yo fuimos invitados a conversar con Auster en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde recibió la Medalla Carlos Fuentes de manos de Silvia Lemus, viuda del escritor mexicano, e inauguró el Salón Literario. Durante la entrevista colectiva le pregunté sobre las “Notas”. Las recordó emocionado. Tras emitir su respuesta nos despedimos afablemente.

 –¿Cómo percibes “Notas de un cuaderno de ejercicios”, texto escrito en 1967 que ahora cumple medio siglo, en función de tu vasta obra, desde la poesía hasta tu novela más reciente, 4 3 2 1?

–Es verdad. Pasó medio siglo. El transcurrir del tiempo es una maravilla; resulta increíble que menciones el origen de todo: “Notas de un cuaderno de ejercicios.” Escribí ese texto hace cincuenta años exactamente. Puedo recordar cuándo y dónde escribí las trece proposiciones que lo componen. Estaba sentado a la mesa de trabajo en la biblioteca de la Universidad de Columbia. Tenía un pequeño cuaderno. Comencé a escribir breves enunciados sobre arte, vida, realidad y percepción. No he releído el texto en años. Lo recuerdo como el trazo de mi posición estética sobre la escritura y sobre cómo vive uno en el mundo. No he cambiado de opinión. La primera proposición posiblemente es lo más interesante que he escrito en toda mi vida, esos dos primeros enunciados que encapsulan todo lo que he escrito hasta hoy: “El mundo está en mi cabeza. Mi cuerpo está en el mundo.” Intentaba capturar la esencia doble de la existencia humana. Todos percibimos el mundo de manera distinta. Todos tenemos una visión de la realidad, sin embargo somos parte de un mismo mundo, juntos. Aunque nuestros cerebros funcionan de maneras distintas. Somos seres dobles.

Notas de un cuaderno de ejercicios

 Hace quince años, años Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947) incluyó “Notas de un cuaderno de ejercicios” en Collected Poems (Nueva York, The Overlook Press, 2004). Escrito en 1967 —cuando el escritor, traductor y cineasta tenía veinte años de edad—, se trata de uno de sus primeros textos.

La siguiente traducción de “Notas de un cuaderno de ejercicios” data de 2007 y fue realizada para conmemorar el cuarenta aniversario de la escritura de las trece proposiciones que lo componen:

I

El mundo está en mi cabeza. Mi cuerpo está en el mundo.

II

El mundo es mi idea. Soy el mundo. El mundo es tu idea. Eres el mundo. Mi mundo y tu mundo no son el mismo.

III

No hay ningún mundo excepto el mundo humano. (Por humano me refiero a todo lo que puede ser visto, sentido, oído, pensado e imaginado.)

IV

El mundo no tiene existencia objetiva. Existe sólo en la medida en que somos capaces de percibirlo. Y nuestras percepciones son limitadas necesariamente. Lo que significa que el mundo tiene un límite, que se detiene en alguna parte. Pero donde se detiene para mí no es necesariamente donde se detiene para ti.

V

Ninguna teoría del arte (si es posible) puede ser separada de una teoría de la percepción humana.

VI

Pero no sólo nuestras percepciones son limitadas, el lenguaje (nuestro medio para expresar estas percepciones) también es limitado.

VII

El lenguaje no es experiencia. Es un medio para organizar la experiencia.

VIII

¿Cuál es, entonces, la experiencia del lenguaje? Nos da el mundo y nos lo arrebata. En un mismo aliento.

IX

La caída del hombre no es una cuestión de pecado, de transgresión, ni de infamia moral. Es una cuestión del lenguaje conquistando la experiencia: la caída del mundo en la palabra, la experiencia que desciende del ojo a la boca. Una distancia de aproximadamente tres pulgadas.

X

El ojo mira el mundo en flujo. La palabra es una tentativa de detener el flujo, de estabilizarlo. Y, sin embargo, persistimos en el intento de traducir la experiencia en lenguaje. De ahí la poesía, de ahí las expresiones de la vida cotidiana. Esta es la fe que previene la desesperación universal –y también la produce.

XI

El arte es el espejo del ingenio del hombre (Marlowe). El reflejo es acertado –y quebradizo–. Destroza el espejo y reorganiza los pedazos. El resultado será todavía un reflejo de algo. Cualquier combinación es posible, cualquier número de pedazos puede quedar fuera. El único requisito es que por lo menos un fragmento permanezca. En Hamlet, sostener el espejo ante la naturaleza equivale a lo mismo que la formulación de Marlowe –una vez que los argumentos previos han sido entendidos–. Pues todas las cosas en la naturaleza son humanas, aun cuando la naturaleza misma no lo sea. (No podríamos existir si el mundo no fuese nuestra idea.) Es decir, sin importar las circunstancias (antiguas o modernas, clásicas o románticas), el arte es un producto de la mente humana. (Lo humano imitado.)

XII

La fe en la palabra es lo que yo llamo clásico. La duda en la palabra es lo que yo llamo romántico. El clasicista cree en el futuro. El romántico sabe que será decepcionado, que sus deseos nunca serán cumplidos. Pues él cree que el mundo es inefable, fuera del alcance de las palabras.

XIII

Sentirse alienado del lenguaje es perder tu propio cuerpo. Cuando las palabras te fallan, te disuelves en una imagen de la nada. Desapareces.

 Traducción de Alejandro García Abreu.

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