cultura | 17 de Marzo de 2019

Evaristo leía cuidadosamente los obituarios y los recortaba. Cuando el difunto había tenido una vida breve –injustamente breve– él le inventaba una biografía, con toda clase de pormenores, que iba mucho más allá de la trágica fecha. Foto La Jornada / Archivo

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Cristina Pacheco

EVARISTO

Ema cuenta los manteles que acaba de entregarle Celso, el empleado de la lavandería. Le paga el costo del servicio y al despedirlo le hace una broma: Mañana llega la nueva empleada. A ver si no me la alborotas, como a Rosa. El muchacho, halagado por la advertencia, hace el comentario de siempre: No es mi culpa ser tan guapo. Las meseras, que en esos momentos distribuyen los servilleteros, lo ven alejarse y hacen comentarios maliciosos en voz baja. Ema les recuerda que no es hora de perder el tiempo en tonterías, no tardan en llegar los comensales. Más vale que se apuren.

Por la puerta de la cocina se asoma Rosa y le pregunta a su jefa si quiere que de una vez le sirva el desayuno; después, con tanto movimiento, no tendrá tiempo ni siquiera de tomar un bocado. Ema agradece la atención y se dirige a la última mesa, junto a la ventana. Desde hace años la ocupa don Evaristo. Por lo general llega a la una y media de la tarde. Mientras come lee las noticias del periódico, algo de la sección de ciencia, el horóscopo y siempre, al final, el obituario. Lo recorta con unas tijeritas que lleva en el bolsillo y allí mismo lo guarda.

II

Desde su primera aparición, las meseras lo tomaron por un tipo raro, tal vez algo loco. Ema intentó reprimir la inquietud de sus empleadas, pero en el fondo tenía las mismas sospechas y, sobre todo, una gran curiosidad por el nuevo asistente. Logró saciarla un martes que empezó mal: una mesera, temprano, se reportó enferma; la galopina dijo que no iría a trabajar porque su vivienda estaba inundada. Debido a las lluvias torrenciales llegaron al restaurante menos clientes que de costumbre y el billetero, con su sonrisa de buena suerte, no apareció.

Dadas las circunstancias, Ema tuvo que sustituir a la galopina y atender las mesas. Cuando se acercó a la de don Evaristo –entonces ella aún ignoraba su nombre– y vio la comida casi intacta en el plato le preguntó si no le había gustado la ternera.

–Sí, desde luego. Lo que sucede es que de pronto se me quitaron las ganas de comer.

El tono de voz, pero sobre todo la tristeza reflejada en los ojos del anciano, conmovieron a Ema y despertaron un interés que llevaba tiempo de no sentir por ninguno de sus clientes: –Si está enfermo, vaya para que lo revise el médico. Aquí arriba tiene su consultorio.

–No es necesario, gracias.

Ema comprendió que estaba excediéndose en sus funciones y las retomó como la profesional que era: –¿Quiere que le ponga la comida en un domo para que se la lleve, señor..?

–Evaristo Márquez, para servirle –respondió el interrogado sin énfasis, como quien ha repetido las mismas palabras infinidad de veces: –Y no se moleste en ponerme la ternera. No creo que vaya a comerla. Las malas noticias siempre me vuelven inapetente.

–¿Malas noticias? –repitió Ema temerosa y cauta.

En vez de contestar, Evaristo levantó de la mesa el trozo de periódico que había recortado y se lo mostró:

–La peor: una criatura de apenas año y medio murió ayer. A estas horas ya lo habrán enterrado. Una fosa pequeña, un ataúd blanco, flores, llanto, desconsuelo. Tendré que hacerle una vida larga y feliz.

–¿Cómo? –preguntó Ema sin comprender.

La repuesta que escuchó fue la más extraña de cuantas había oído hasta ese momento: Evaristo leía cuidadosamente los obituarios y los recortaba. Cuando el difunto había tenido una vida breve –injustamente breve– él le inventaba una biografía, con toda clase de pormenores, que iba mucho más allá de la trágica fecha. Por lo general realizaba esa tarea en las noches de insomnio. El esfuerzo requerido para fraguar historias lo dejaba exhausto, sin fuerzas para hacer aun los trabajos más sencillos. A cambio de tan severo agotamiento tenía la satisfacción de verse como un justiciero capaz de cambiar la realidad y, de esa manera, vencer a la muerte.

El desconcierto dejó a Ema anonadada y sin palabras. Evaristo encontró comprensible esa reacción y se lo hizo saber:

–No la culpo si piensa que estoy loco. Yo mismo me califico de esa forma. Sin embargo, no creo que pueda renunciar a la tarea que me he impuesto: construir una vida donde ya no queda. La primera vez que lo hice fue por simple juego y sin imaginarme que se convertiría en más que una necesidad o una costumbre: una obligación quienes se fueron llevándose su vida truncada entre las manos.

Ema nunca les ha contado a sus empleadas lo que aquella tarde lluviosa le reveló don Evaristo.

Si lo hubiera hecho ellas tendrían muchos más motivos para considerar loco al señor de la mesa junto a la ventana y le jugarían bromas por su extraña forma de regalar una vida a los muertos.

III

Es rara la ocasión en que don Evaristo no llega a la fonda. Verlo aparecer con su periódico bajo el brazo despierta en Ema una grata sensación de paz y alegría; compartir su secreto la enorgullece, la une estrechamente a él y la vuelve distinta a las otras mujeres.

Cuando va a despedirlo hasta la puerta prolonga unos segundos la presión en la mano de don Evaristo y le dice sonriendo, con el énfasis de una orden:

–Acuérdese de que lo esperamos mañana. No vaya a dejarnos plantadas.

Como no sabe dónde vive ni dónde trabaja, los días en que don Evaristo se ausenta, Ema imagina lo peor y, a su manera, reza para que no le haya sucedido nada malo a un hombre que, de una forma callada y muy extraña, logra vengarse de la muerte.