cultura | 15 de Septiembre de 2019

Durante más de medio siglo, el maestro Francisco Toledo fue creando un mundo distinto. Lentamente le fue ganando la partida al mundo utilitario, salvaje y discriminador. Foto archivo La Jornada Semanal

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Antonio Valle / La Jornada Semanal
En armonía con la madre Tierra

Durante más de medio siglo, el maestro Francisco Toledo fue creando un mundo distinto. Lentamente le fue ganando la partida al mundo utilitario, salvaje y discriminador. Tal vez por eso, además de los indígenas, fueron los poetas –esos personajes que escriben sus versos como en trance– quienes humildemente se acercaron para traducir sus trabajos y sus obras.

En su libro Los mitos en el tiempo, Joseph Campbell dice que “la participación mística entre la madre y el hijo y el hijo y la madre es la dicha definitiva”. Establecer la sintonía en el universo es el objetivo más alto de la mitología. La vida y la obra de Francisco Toledo parecen haberse dirigido a que él mismo, junto con nuestra sociedad irracional, volvieran a armonizarse con la madre Tierra y con el universo. Ya desde muy joven Toledo comenzó a actuar en consecuencia: justo cuando comienza a forjar su destino para hacer el sendero clásico del héroe, separándose de su familia y de su cultura madre, es decir de la cultura binizá o zapoteca, que tuvo una de sus expresiones políticas más sobresalientes en el Istmo de Tehuantepec. En una perspectiva simbólica, y como parte del imaginario popular, el maestro Toledo puede parecer un ser fantástico, como los que aparecen en sus bestiarios, en la portada de Las enseñanzas de don Juan, o como el último de los grandes chamanes mexicanos, figura mítica e histórica que, además de establecer una historia paralela y vasos comunicantes con la imagen de Emiliano Zapata, podría articularse con el canon espiritual de oaxaqueños ilustres como la sanadora María Sabina y los anarquistas Flores Magón, todos ellos héroes culturales nacidos en la mítica Huautla de Jiménez.

Didxazá, la lengua de los relámpagos

El filósofo Giambattista Vico (1668-1744) pensaba que la primera noción de lo divino surgió cuando el hombre experimentó la voz del trueno. Una tesis semejante es la que sostiene un artista binizá, quien ha dicho que la lengua zapoteca o didxazá puede traducirse como “la palabra inclinada”, metáfora que evocaría a los relámpagos, cuya fuerza esplendente y sonora serviría para iluminar los recintos oscuros de la ignorancia. Esta versión de la lengua zapoteca se articula y cobra sentido con el concepto de cultura o guendabianni, que sería algo así como el tona, nahual, doble o alma iluminada por el verbo fecundante. Justamente una de las primeras instituciones creadas y patrocinadas por Toledo fue la Casa de la Cultura de Juchitán (Lidxi Guendabianni) institución cultural de carácter indígena que puede traducirse como “la casa de la luz que ilumina el alma”.

Pocos años después de que Giambatistta explicara la metáfora de la lengua como un relámpago, hacia 1660 se sublevaron los indígenas de Tehuantepec, siguiendo a un indio llamado Gerónimo Flores, para después formar un cabildo zapoteco al que se integraron comunidades huaves, mixes, zoques y chontales. Sin embargo, tras irse con la finta, como parte de la política clásica utilizada por las autoridades coloniales, después de traicionar a los alzados terminaron descuartizando al rebelde Gerónimo (como a Tupac Amaru) mientras asesinaban, mutilaban y desterraban a una cantidad indeterminada de indios rebeldes. Historia que leímos en alguna de las inolvidables ediciones patrocinadas por Toledo.

El tlamantinime de Juchitán

Más allá de las vulgaridades diseminadas por los sectores racistas de México, la condición más importante para ser considerado indígena es hablar alguno de los sesenta y nueve idiomas originales. Sin embargo, la manera más poética y eficaz que Toledo encontró para transmitir y comunicar su cultura fue, tal y como lo hicieron los antiguos sabios tlamantinime, a través de la pintura. Tal vez esa sea la razón por la cual, desde la década de los años setenta, floreció un importante movimiento plástico en Juchitán. En aquel momento prevalecieron las artes visuales sobre los escritores zapotecos que estaban en proceso de formación, cuestión que no deja de ser importante porque al fin y al cabo los zapotecos, más allá de las expresiones de sus juglares y cantantes, pronto tuvieron un discurso propio sobre la política y la cultura.

En el ensayo La literatura de los binnizá. Zapotecas del Istmo -recuperando algunos de los planteamientos escritos por Víctor de la Cruz-, Irma Pineda señala que la literatura zapoteca que se sostuvo de manera oral al paso de los siglos fueron el Libana o discurso de ancianos, el Diidxagola, el proverbio o refrán, Riuunda: poemas y canciones, y el Diidxaguca’–diidxaxhiihui’: mentira y cuento, géneros que conservaron -e incluso renovaron- las poéticas y narrativas en las que Francisco Toledo abrevó para resignificarlas en algunas de las piezas más importantes de la plástica nacional e internacional. Algunas de esas obras forman parte del universo fantástico con el que interactuó con escritores de la talla de Jorge Luis Borges, Henry Miller, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis.

 Una brecha entre la Escuela Mexicana y la Ruptura

Como es sabido, Francisco Toledo nació al comenzar la década de los cuarenta, época en la que se desarrolló la segunda guerra mundial, a la que siguieron la postguerra y la llamada Guerra fría. Durante esos años, Gandhi dirigió con éxito el movimiento pacifista con el que India logró independizarse de Gran Bretaña. Justamente una de las figuras favoritas del maestro Toledo era el líder espiritual indio con cuya historia tenía algunas coincidencias, por ejemplo, los viajes de “iniciación” a Europa para posteriormente volver a sus respectivos países de origen con el objetivo de hacer valer la historia y la cultura propias. En el caso de Toledo, el logro fue tener una visión de la historia del arte occidental y sus vanguardias. Sin embargo, antes de volver a México se asoma a los mundos vecinos de dos grandes artistas oaxaqueños radicados en París: Rufino Tamayo y Rodolfo Nieto.

Al finalizar la década de los cincuenta y hasta mediados de los sesenta, como todos los artistas plásticos de México, Toledo se encuentra entre las tensiones generadas por la estética tradicional de la llamada Escuela Mexicana de Pintura y el movimiento de Ruptura. No obstante, las violentas tensiones conceptuales, políticas y estéticas, Toledo diseña, como Tamayo y Nieto, un sendero autónomo en el que echando mano de las técnicas aprendidas en Europa revitaliza al pasado mítico y plástico mesoamericano, pasado (y presente) cuya riqueza, profundidad y diversidad, los artistas de la época por lo general consideraban agotado. La controversia entre el estalinismo de Siqueiros y las veleidades trotskistas de Rivera –además del discurso nacionalista con que el oficialismo pretendía educar a las masas–, para una década convulsionada como la de los sesenta, resultaba ser anacrónica, rígida e inoperante.

Los artistas del movimiento de Ruptura, si bien lograron brincar la nacionalista “frontera de nopal” (José Luis Cuevas dixit), al mismo tiempo parecieron olvidarse del problema de la identidad cultural de un país enorme. Era la misma vieja controversia en torno a la esencia de “lo mexicano”, ese concepto cuestionado por Octavio Paz y por el grupo de intelectuales que simpatizaba con sus tesis sostenidas en El laberinto de la soledad. Sin embargo, la inédita lectura que Toledo hacía de la problemática cultural de los mexicanos, manifestada de manera expresa en sus obras de arte, además de su labor como activista y como un creador fuera de serie de una docena de instituciones culturales, rebasan, como se dice en el argot político, a tirios y a troyanos, es decir a la izquierda elemental y dogmática y a la derecha “modernizadora” que pretendía cerrar el gigantesco e inocultable capítulo de la historia nacional precolombina, eso sí, sin que ambas posturas dejaran de aprovechar las ruinas y despojos de ese pasado; unos para vender folclor y otros para vender turismo. Por supuesto, los indios de carne y hueso –como el mismo Toledo- estaban borrados de esos mapas filosóficos y existenciales.

Un chamán renacentista en Mesoamérica

Algunos pintores nacidos en Juchitán lograron liberarse de la inevitable influencia de Toledo, otros no corrieron con la misma suerte y sus propuestas se reducen a repetir temas y estilos fácilmente identificables con las obras del maestro juchiteco. Los menos, finalmente, no lograron mantenerse a la altura espiritual y ética que Toledo había hecho valer, como los usos y costumbres en Oaxaca.

La historia de Francisco Toledo documenta el éxito de un artista al que el largo período neoliberal le hizo “lo que el viento a Juárez”. Toledo ha dicho que buena parte de las fuentes que lo nutren provienen del cómic. Es interesante recordar que forma parte de una generación en la que una historieta podía alcanzar una tirada de 350 mil ejemplares; además, esta expresión de la cultura popular se emparienta (obviamente) con algunos códices precolombinos y con documentos de manufactura indígena del periodo colonial. No es gratuito que la fachada del Museo del Estanquillo fuera rotulada con personajes de Rius y de Gabriel Vargas, dos maestros de la historieta. Este pequeño museo alberga la colección de Carlos Monsiváis, cuyas piezas van de la fotografía a la miniatura pasando por maquetas, dibujos, caricaturas y grabados, además de La Gaturna, manufacturada por Toledo para conservar los restos del magnífico cronista.

No es una coincidencia que en Toledo ve, la última exposición del maestro, estén presentes una serie de objetos y artefactos con los que el maestro juchiteco termina por fundir sus propuestas con los objetos producidos por artesanos y artistas de diversas disciplinas. Así lleva hasta el final un largo proceso en el que termina por cuestionar radicalmente al arte y a los artistas que, durante el largo periodo neoliberal, acorde con su filosofía, hicieron todo lo posible por imponer una concepción individualista.

Por último, a estas alturas del deterioro ambiental, todo mundo sabe que son las comunidades indígenas quienes todavía pueden hacer una defensa efectiva de los recursos naturales. Acorde con el activismo ecologista del maestro Toledo, su labor se vincula con el destino de los pueblos de Oaxaca y su defensa cultural y política. Toledo es una especie de chamán renacentista mesoamericano que, no obstante su lealtad a la alta cultura precolombina que se hace tangible, por ejemplo, en la manufactura de su joyería, de sus máscaras y cerámicas, sostiene simultáneamente una lealtad absoluta con las expresiones del México profundo, por ejemplo en el arte político y conceptual de sus papalotes (los invencibles, los más baratos, los que no caben en la muerte, Silvio Rodríguez dixit), paráfrasis que funciona para explicar algo acerca de la relación perdurable, mística y juguetona del Maestro con la muerte, símbolo al que podía dotar incluso de erotismo; oxímoron fantástico de un hombre extraordinariamente sensual y amoroso, cuyo profundo sentido del humor logró cristalizar algunas de las máximas aspiraciones de Carlos Monsiváis: primero, que no existe postura más rebelde e irrebatible que el humor irrigando a la política; segundo, que la cultura solo podía avanzar en nuestro país cuando, a la manera de Mozart en La flauta mágica, la cultura popular irrumpiera de manera libre, democrática y festiva en todos los escenarios de la vida pública en México.

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