cultura | 14 de Abril de 2019

María Luisa Puga fue una escritora y ensayista mexicana. Foto La Jornada Semanal

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Jéssica Levín y Gerardo Villegas / La Jornada Semanal
Elena, ¿cómo sucedió tu primer encuentro con María Luisa? 

—Fue porque la entrevisté para el periódico Novedades, pues en aquel entonces, en los años setenta, yo escribía a diario en el periódico. Ella estaba con un rumano que se llamaba Ándras Biro, alto, alto, guapísimo. Él, por alguna razón, le daba clases a un hijo mío que se llama Felipe Haro, quien conoció muy bien y quiso mucho a María Luisa; mi otra hija, Paula, también la quería mucho. María Luisa inclusive vivió un tiempo en nuestra casa. 

¿Qué impresión tuviste al conocerla en persona? 

—Bueno, yo vi una mujer que me impactó muchísimo, sobre todo sus manos, porque tenía unos dedos larguísimos, muy finos y muy bellos; me llamaron mucho la atención sus manos y su manera de ser. También me llamaba mucho su pelo, ella ponía mucho esmero a cómo le cortaban el fleco y yo le decía: “con que te pongas tú misma una tinaja en la cabeza sería suficiente”, pero ella tenía una fijación con el corte de pelo, no le gustaba que le creciera demasiado. 

La primera vez que la vi, creo que se había tomado demasiados tequilas y todo el tiempo me decía: “Te voy a dedicar Las posibilidades del odio”, y agarró una pluma, y por su estado reventó el papel del libro, lo perforó. Recuerdo también que le gustaba mucho sentarse en el piso, y allí nos sentábamos las dos con las piernas cruzadas como hindúes a platicar. Me acuerdo que ella daba unas fiestas divertidísimas, también de sentarse en el suelo y con ríos de tequila; en esa época no había mezcal, una que otra botanita, pero no mucha, se trataba más bien de beber, ya al final cuando los galanes se iban y se despedían, al que le gustaba, le decía: “tú te quedas”. 

¿Así comenzó su amistad? 

—La amistad comenzó a través de la editorial Siglo xxi, porque antes de cambiarse a Cerro del Agua en Coyoacán, la editorial estuvo en la que fuera mi casa en la calle de Morena 430, esquina con Gabriel Mancera; allí fue cuando ya nos hicimos amigas. A esa casa venían muchos escritores, como Pablo González Casanova, personas que estaban muy interesadas en abrir una editorial. 

¿Entonces su relación se convirtió en un trato cotidiano a partir de la editorial? 

—Cotidiano no tanto, pero sí más frecuente, a partir de la simpatía entre las dos. Recuerdo que fuimos juntas a un congreso de escritoras y siempre me decía que ella me cargaba el suéter, que me cargaba la bufanda, y también otro suéter, que porque yo siempre dejaba todo perdido en todas partes, y me decía: “Aquí viene tu cargadora, aquí viene tu secre, aquí viene tu nana”; se burlaba mucho de mí. 

Su actitud hacia mí siempre fue muy cariñosa, casi maternal, y no sé por qué, pues sucede que yo era mucho mayor que ella. Recuerdo una vez que fuimos a Coyoacán porque las dos íbamos a participar en un encuentro de escritores; ella ya estaba en silla de ruedas y yo iba empujando la silla porque su pareja Isaac Levín se había ido a estacionar el coche; a nuestro paso había muchas tienditas de regalos y vestidos, y yo le decía: “Mira qué bonito vestido, está padre”. Y ella contestaba: “Yo te lo compro.” Así era ella conmigo, muy generosa; siempre ese afán de cariño, yo te quiero dar esto, te quiero dar lo otro. Era muy linda. Entonces nos reuníamos mucho; inclusive en esta casa hicimos un taller con Silvia Molina y cada una leía cada ocho días sus textos y nos los criticábamos, y también lo hicimos en la casa donde ella vivió, que era en Cerrada del Pedregal 79; hacíamos talleres y leíamos. 

Entonces, cuando ella decidió irse a vivir a Zirahuén, Michoacán, para mí fue un golpe muy grande, porque ella era la escritora que yo más admiraba, pero también la persona con quien mejor me llevaba, la que sentía más cercana a mi corazón. Y también mis hijos y un nieto que se llama Lucas, que cuando era pequeño, tomaba un libro y lo tiraba, agarraba un vaso de agua y se le caía, se atoraba con los cables de la luz y se iba de boca, tiraba la lámpara; bueno, todo le pasaba; entonces ella hizo un libro sobre Lucas, un cuento para niños que se publicó creo que de inmediato después de su muerte, o unos días antes: A Lucas todo le sale mal. 

Ella ya no estuvo en Ciudad de México cuando el terremoto del ’85, entonces me decía: “¡Ay Elena! tu siempre estás en todo, y yo siempre estoy fuera de todo”, porque ella no había estado tampoco en el ’68 por estar en África, que fue cuando escribió esa maravillosa novela fuera de serie que se llama Pánico o peligro con la cual ganó el Premio Villaurrutia. Ese libro fue para mí una revelación. Cuando regresó a México después de África, escribió Cuando el aire es azul. 

Entonces su amistad fue tanto personal como literaria… 

—Sí, era una amistad sobre todo de cariño, de apoyo, pero como ella se fue a vivir a Zirahuén con su pareja Isaac, era muy difícil; así que nos leíamos; ella leía lo que yo escribía y yo lo de ella. 

¿Mantuvieron contacto epistolar? 

—La verdad no, hablábamos por teléfono, aunque sí fui a verla, y fui muy feliz en Zirahuén; fue muy bonito porque salíamos a caminar; ella estaba muy bien de salud. Recuerdo que hacía un pollo que duraba toda la semana, al final te tenías que comer hasta el culo del pollo porque ya no quedaba nada y de eso se trataba; le echaba papas, zanahorias, verduras, apio y eso mismo se servía hasta que se acababa el pinche pollo. Gracias a Dios, Isaac traía tortillas, tlacoyos y frijoles; otras cosas para comer, aparte del pollo. 

María Luisa no tuvo hijos. Amaba Zirahuén porque podía tener a sus animales en libertad. Eran perros y gatos de la calle a los que les ponía nombres ortográficos, como Punto, Coma, Guion, Paréntesis y así. Yo la admiré mucho; me llamaba mucho la atención porque era un ser humano muy libre y muy dueña de sus actos y de sus decisiones, había poca gente así. 

¿Recuerdas alguna anécdota en relación con su escritura? 

—Sí, claro; a la Puga –porque yo así le decía:  
la Puga, Puga, Puguita– sólo le gustaba escribir con pluma fuente y tinta color café. En una ocasión que fui a Alemania me pidió que le trajera tinta para su Montblanc, porque ella tenía obsesión con las plumas y me decía: “¿Cómo es posible que escribas con plumas baratas?”. Pues yo odio las plumas finas porque me aterra perderlas, entonces agarro cualquier pluma, además de que casi nunca compro, porque cuando me piden que dedique un libro, no sé por qué siempre me dejan su pluma, entonces yo tengo puras porquerías de plumas. Ella me pidió que le trajera su tinta color sepia, tres frascos bien sellados, pero no sé por qué horror se me abrió uno de ellos en la maleta y se me echó a perder toda mi ropa, pero eso sí, con una tinta café Sheaffer elegantísima. 

María Luisa tenía también una manía con las bolsas, siempre las tenía muy organizadas. En un lado la libreta, en el otro la pluma, allá el encendedor, allí los cigarros. Después ella dejó de fumar, comenzó a llevar una vida muy sana, hasta que ocurrió lo del secuestro [que sufrió y plasmó en su libro Nueve madrugadas y media, de 1983]. 

Ese fue un evento aterrador y una cosa de la que no le gustaba hablar, pero la echó para abajo, porque todo lo que había ganado en bien de su salud, lo perdió porque fue un suceso muy contradictorio en su vida, ya que ella tenía mucha conciencia social, un sentido de justicia muy arraigado, le preocupaba que la gente comiera, no era alguien que estuviera al margen de los problemas; entonces, el hecho de que la eligieran para secuestrarla le pareció una injusticia doblemente aterradora. 

¿Cómo definirías el género literario de María Luisa Puga? 

—Puga era una escritora multifacética, era cuentista, novelista, ensayista. Escribía cuentos extraordinarios. Es una escritora con géneros muy definidos, lo que no se puede decir de ella es que fuera periodista. 

Hablando del aspecto literario y de su obra, ¿cuál es para Elena Poniatowska la obra más importante de María Luisa Puga? 

—Las Posibilidades del odio, sin duda. 

¿Y el Diario del dolor, su réquiem, escrito estando ya desahuciada? 

—Es un libro maravilloso, pero es una obra muy difícil de leer; yo la tengo dos veces, quizás una la compré y la otro me la dio. Trae el cedé con la lectura en voz alta de María Luisa. Tengo muy marcado el recuerdo de cuando cuenta cómo hace la cama con su bastón; cómo alisa las sábanas con su bastón. Puedo verla haciéndolo… es un libro terrible, pero muy bueno. 

¿Cómo percibes a María Luisa Puga en el escenario de las escritoras mexicanas del siglo XX? 

—Para mí siempre fue la mejor, la que yo leía con verdadero gusto, a veces incluso con envidia; pensaba: qué buena es, qué bien le salió esto, yo quisiera poder escribir y describir así. Era tan prolífica, tiene muchísimos escritos, no solamente sus obras más reconocidas que son Pánico o peligro, Las posibilidades del odio o Cuando el aire es azul; tiene textos de una gran profundidad, ensayos académicos, cuentos, era muy versátil. Para mí, María Luisa era La Escritora, no había otra. Ella vivía para escribir, se levantaba a las 4 de la mañana con el frío más espantoso y se ponía a escribir en sus famosos cuadernos (Los diarios). 

— Si tuviéramos que ubicarla en algún lugar especial dentro del universo de la literatura mexicana, ¿dónde la podríamos situar? 

—A la altura de Rosario Castellanos, de Elena Garro, claro que sí, además tiene muchísima más obra que cada una de ellas. Sin duda, la crítica literaria actual le debe una reconsideración. 

 

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