cultura | 12 de Mayo de 2019

En la primera caravana migrante de 2018 viajaban más de mil niños de diversas edades, incluso recién nacidos. Foto Víctor Camacho

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Hermann Bellinghausen / La Jornada
Lo advirtió John Berger: el siglo XXI sería el de las grandes migraciones. Presenciamos la marcha forzada del sur hacia al norte. Por múltiples razones de peso, con los parias por delante, el mundo de las víctimas históricas, de las colonias cuyo saqueo y dominio cimentó la prosperidad de toda Europa y Norteamérica, hoy camina, navega, se cuela como puede al paraíso de la prosperidad ajena. Los condenados de la Tierra, sin expresarlo así, vienen a cobrar lo que les han venido robando y matando las metrópolis eurocéntricas desde fines del siglo XV. 

Desastres naturales atribuibles o no al cambio climático (una evidencia abrumadora estos días), miseria por la desigualdad y el despojo capitalista y mafioso, guerras civiles, represivas, antidrogas, criminales, mercenarias, imperiales, o con frecuencia todas juntas y sobrepuestas, tienen hirviendo y huyendo a millones de seres humanos del Oriente Medio, el subcontinente indio, el Asia del Pacífico, la África sahariana y el “continente negro”, el Caribe, Centro y Sudamérica. En este panorama, México es, con India, el país con más connacionales emigrados en el extranjero, pobres la mayoría y suficientes para poblar un país de tamaño medio. Pero mientras la “vocación” migratoria de los mexicanos se concentra en Estados Unidos, y en menor medida Canadá, India es un surtidor multidireccional que salta al África, Australia, Europa y Norteamérica. China es caso aparte. 

Nada de esto es novedad, viene ocurriendo desde el siglo XX, pero las mareas del sur y el oriente han puesto a la Europa blanca y colonial en la encrucijada y son un desafío humanitario mayor que desgraciadamente avanza por los caminos perversos de la xenofobia, la discriminación, la intolerancia religiosa y, finalmente, la generalización de un nuevo fascismo “justificado”. Este escenario se traslada a Estados Unidos, que cada vez más se imagina, a nivel nacional, que su país debe ser una fortaleza, el viejo fuerte para repeler a los apaches. Es aquí donde entra México en carácter único. Del cuerno de la abundancia que fuimos hoy tenemos la forma de un doble embudo. Nuestro sur-sureste capta una muchedumbre creciente de exiliados de la vecina Centroamérica, Cuba, Haití, y ahora ya de ultramar. En lo que va del año han ingresado al país unos 300 mil migrantes en caravanas, solos, en grupos, de manera cada vez más confusa y masiva. Un signo del desastre nacional que es Honduras, auténtico patio trasero del Tío Sam, es que hasta el 80 por ciento de las personas que ingresan ilegalmente a México por las fronteras chiapanecas proceden de esa nación. 

Alfredo Domínguez, curtido fotorreportero de La Jornada, ha cubierto el fenómeno humano en los distintos escenarios del territorio mexicano donde se manifiesta dramáticamente, desde 2006 hasta la fecha. Este mayo, los lectores de Ojarasca pueden conocer una muestra significativa de su registro fotográfico. El Suchiate y los caminos del sureste, el tren La Bestia, Las Patronas de Veracruz, el éxodo que recorre Chiapas, los abusos en el Estado de México y los estados del centro. Y finalmente las barreras del norte. Donde no es muro es mortal desierto a lo largo de todo el norte mexicano. 

Por más que se repiten y se repetirán estos dramas, no debemos acostumbrarnos. En un plazo no tan largo seríamos cómplices del conservadurismo racista que parece extenderse en reacción a “los centroamericanos” que transitan ciudades y despoblados a lo largo y ancho de México. En los mismos años que Domínguez lleva registrando las migraciones a través del país, nos fuimos convirtiendo en uno de los lugares más peligrosos del orbe. Hasta nos pusimos de moda con las fosas, las desapariciones, los feminicidios, el tráfico y la explotación sexual, la explotación laboral, los abusos y maltratos de servidores públicos, no pocas veces coludidos con bandas criminales. Si para muchos mexicanos su propio país es el infierno, cuánto más lo puede ser para los extranjeros pobres, criminalizados, imaginariamente degradados en su humanidad por el racismo vergonzante común en México. 

De octubre de 2018 a la fecha las cosas han cambiado drásticamente, y el Estado mexicano parece dispuesto a imponer una nueva frontera intermedia y confinar en el sureste (de Chiapas a la península de Yucatán) la marea del sur. Esto cumple claramente las exigencias de Donald Trump de mayor colaboración de México para frenar la “invasión” al Paraíso, mismo donde su retórica antimexicana ha encendido los ánimos xenofóbicos en Estados Unidos. 

Éste es el clima que retrata Alfredo Domínguez con atención, sin complacencia ni patetismo. Es justamente esa sobriedad lo que hace su galería tan admirable. De sur a norte es el trayecto de esta serie fotográfica en Ojarasca. Esto también es México hoy. No tenemos derecho a cerrar los ojos.