cultura | 11 de Abril de 2019

Decir que la Feria del Libro de Tijuana es popular es ambiguo. Si bien es el evento cultural de mayor convocatoria en el estado, el libro -su eje- no es objeto de consumo del grueso de la población tijuanense. Foto cortesía

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Vianett Medina

Tijuana, 10 de abril (MaremotoM).- Decir que la Feria del Libro de Tijuana es popular es ambiguo. Si bien es el evento cultural de mayor convocatoria en el estado, el libro -su eje- no es objeto de consumo del grueso de la población tijuanense. A su afluencia contribuye la presencia de otros elementos más llamativos como el programa artístico o bien, algunos de carácter colectivo, como las visitas escolares a los talleres pedagógicos. Quienes amamos los libros sabemos que la belleza de una Feria está en la lectura como intercambio de ideas y suspensión del sentido de la realidad. La mirada interior.

Al hablar de esta frontera no pienso en su aspecto, sede supuesta de la belleza: los edificios, las calles, la garita o los monumentos. En el imaginario nacional, el valor de la ciudad fronteriza reside en el abstracto construido de hibridación cultural y promesas. Tijuana es la quimera social y económica de un nuevo nacionalismo que admira el trabajo bendecido por los dólares. No obstante, el dinero no es el tema central de la Feria: si bien desde su origen es un evento de venta de libros, el valor del objeto se mide por su valor derivado de la conexión entre personas que buscan experiencias de lectura y el título perfecto. La oferta de libros durante la Feria es un matching-space carente del escenario romantizado por la expectativa inflada del encuentro; sin tarifas, sin intermediarios ni agenda.

Desde 1980, la Feria del Libro de Tijuana ha modificado mínimamente su aspecto. Se instaló en una gran carpa que agrupaba libreros divididos por sendos pasillos. A la fecha se han sumado locatarios diversos: desde 2008, libreros de ocasión y desde 2012, puestos diversos (artesanías, alimentos). El aspecto carpero y sencillo sigue siendo el mismo.

Al observar al interior del evento, comprendo el esfuerzo inmaterial de la promoción del proyecto intelectual y educativo de la Feria del Libro que en casi cuatro décadas ha marcado un ritmo de actualización cultural para sectores clave como el educativo. En el estado se cuentan 41 mil docentes en educación obligatoria que si bien no asisten en su totalidad a la Feria, sí se reconocen entre el público que acude por libros educativos y material didáctico. En los diez días del evento, las librerías de la ciudad venden en promedio 30 mil ejemplares a los que se suma la venta (sin registro) de los locatarios foráneos, mientras que la asistencia promedio en el último lustro ronda los 130 mil visitantes anualmente que incluye estudiantes de educación básica (15% en promedio) y público en general. Si bien la cifra de visitantes y número de docentes en el estado no son comparables per se, su presencia recurrente como compradores en la Feria hace de ésta un foco cultural estratégico para el profesorado regional que gusta formarse.

La socialización de la cultura y el aprendizaje a través de la interacción con libros y librerías manifiesta más que la obligatoriedad de la formación continua, el deseo de cubrir necesidades laborales vueltas existenciales. En el consumo general destacan la literatura, la psicología y las guías para emprender exitosamente. Pero en el mar de los libros la pesca es diversa e insondable de modo que los grandes pendientes del año de quienes compran organizadamente se desahogan en los mostradores de librerías, los mismos en que jóvenes preguntan por juegos de ajedrez, mitología, historias ocultas, técnicas diversas, best sellers de otra época o libros de películas recién estrenadas. El entramado de las aspiraciones personales y los títulos específicos conduce al visitante a las máquinas registradoras para cubrir esas necesidades invisibles en una compra-promesa sin garantía y con precios nunca equiparables al efecto que traerá el leer, experimentar y aplicar el nuevo aprendizaje.

El libro comprado en la revisión de la oferta ferial múltiple resulta un desafío similar al de una nueva amistad: hay que comprender al amigo para aprovecharlo al máximo, hay que hablarle y alternar sus palabras con la prueba de su práctica. La búsqueda del libro, más que pragmática, es un camino espiritual: se lee para construirse rumbo a la propia meta. A diferencia del seguro de vida que, paradójicamente se cobra en la muerte, el libro asegura una nueva vida en el plazo elegido, programado. Como en la prisa de un rally, en uno o diez días se elige lo que no llega durante el año a librerías; al menos no en tales cantidades ni en un solo sitio. La gente que quiere aprender, divertirse, formarse: intuye, elige y compra varios textos para sus lecturas de doce meses. Para el resto -para sus tareas, sus regalos, sus parientes- estará una docena de  librerías en algunas de las arterias urbanas que ayudarán al lector a calmar la nostalgia de aquella belleza escondida entre carpas.

(Artículo de opinión)

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