méxico | 18 de Mayo de 2019

En el albergue Jesús El Buen Pastor, en Tapachula, las mujeres son el motor de la ayuda. Foto Luis Castillo

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Hermann Bellinghausen / La Jornada
Tapachula, 18 de mayo.- ¿Qué mueve a estas mujeres (sí, en su mayoría son féminas) para dedicarse al auxilio y la protección de los migrantes que cruzan nuestras tierras camino al norte? Un caso paradigmático es el de Olga Sánchez Martínez. En 1990 comenzó a recoger viajeros mutilados de las vías del tren para llevarlos a los hospitales. Pronto rentó una casa de tres recámaras y un baño para alojar a los heridos en recuperación, y se dio a la tarea de gestionar y conseguir muletas, sillas de ruedas y excepcionalmente prótesis para esos “nadie” centroamericanos que cruzaban la frontera sur y se subían a “La Bestia”. 

Como puede verse en decenas de fotos pegadas en un muro –auténtica galería de cercenados– fueron personas sin una pierna, una mano, un brazo, quienes construyeron el actual albergue Jesús el Buen Pastor del Pobre y el Migrante sobre un terreno adquirido con el apoyo de Canadá. En su puerta se lee: “Albergue para enfermos en recuperación, no es del gobierno”. 

Nueva realidad 

El escenario ha cambiado. El tren ya no sale de aquí y la marea de exilados creció drásticamente después de octubre cuando la primera gran caravana, procedente de Honduras, ensanchó las puertas de nuestro país fuera de cualquier control institucional y las dejó abiertas. Desde entonces el flujo no cesa, y son miles las personas varadas aquí, además de los detenidos en operativos que se siguen realizando “a gran escala” en parques y hoteles, comenta Brenda Ochoa, directora del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova (otro espacio a cargo de mujeres y también volcado a asistir, en lo legal y en materia de salud, a personas de 19 países y tres continentes). 

Doña Olga, cuya capacidad de compasión parece ilimitada, confiesa que lo que más le conmueve son los niños. “Son tantos”. Al menos ya vienen con familias, reconoce, todavía el año pasado viajaban solos. Pero ahora son muchos más, y de edades tempranas, hasta bebés. “Aquí nació un angoleño”, recuerda. “Le decíamos El Chocolatito”. 

Con cupo para 150 personas, viven aquí más de 300. “Eso no es nada, en meses pasados tuvimos hasta 800”, comenta Rosibel, encargada del albergue, “todóloga” que no se explica cómo logran alimentar al gran número de albergados, si desde enero “la bodega la tenemos vacía”. 

En el patio central, una enérgica religiosa que canta con niños y sus madres les dice mientras los forma en semicírculo: “Si aquí, donde las cosas son tan peligrosas y hay tanta pobreza, ustedes están mejor que en sus casas, puedo imaginar cómo es la vida allá”. Pertenece a un grupo de Hermanas Catequistas de Cristo Crucificado que juegan lotería con temas ecológicos y semillas de maíz criollo como fichas, o entretienen con historias a los niños. Son voluntarias, como todos. Los propios refugiados realizan trabajo voluntario. Actualmente hay un médico cubano que da hasta 40 consultas diarias, casi todas a infantes y mujeres, mientras espera del gobierno mexicano un permiso de estancia legal. Argumenta ser perseguido en la isla. “Mi familia está muy comprometida con los derechos humanos”. Su periplo fue notable: de La Habana viajó a la isla de Aruba, y luego a Guyana. De allí a Brasil, Perú, Bolivia, Chile… ¿Tanto así? lo interrumpo. “Buscando un permiso o visa”, justifica. Finalmente llegó a Colombia, y desde una playa turística navegó al inhóspito Darién, lo cruzó y se sumó al éxodo centroamericano. 

Jorge Meléndez llegó de Nicaragua hace cinco meses y decidió quedarse en el albergue para apoyar en la administración y el registro de personas. Espera ser admitido como refugiado en México, pero confiesa que permanecer en el albergue dio un nuevo sentido a su vida. 

Así, los ayudados ayudan. Esta mañana, cubanas y hondureñas limpian los dormitorios y lavan el patio. Otras cocinan, tratando de satisfacer los gustos regionales, mientras una veintena de varones mezclan cemento y construyen nuevas habitaciones. Doña Olga y sus voluntarios saben que el río de migrantes no decrecerá en el futuro inmediato.

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